Tenemos un gran respeto por la vida privada de las personas: “cada cual haga lo que quiera –decimos- mientras en el ámbito público se comporte legalmente”. Tenemos un acuerdo tácito con esta especie de esquizofrenia, que es insostenible. Así lo hemos visto con la crisis que azota nuestros días: ya todo el mundo está de acuerdo con que, a parte de una crisis económica, pasamos por una crisis de valores. Ahora volvemos a saber, por contraposición con los corruptos desenmascarados, que los buenos profesionales, para serlo, tienen que ser también buenas personas. Por eso yo me opongo a respaldar un macrocomplejo como el Eurovegas en Barcelona, en mi casa. No puedo imaginar que las personas que frecuenten sus instalaciones puedan luego ser buenos profesionales. Es verdad que nos puede traer mucho dinero, mucho empleo, mucha alegría a corto plazo, pero ¿es esa la marca que queremos construir para Barcelona? ¿es así como contribuimos a apagar la crisis, poniendo las bases de otra nueva? Prefiero que los esfuerzos y la ilusión unánime que hemos mostrado para traer el Eurovegas los dirijamos hacia la construcción de la Barcelona de la cultura, la innovación, el talento y la familia. Quizá a corto plazo sea más costoso, pero nuestros hijos nos lo agradecerán.
(es una carta que envié el 4 de marzo al periódico, y que no publicaron, y ahora que cobra actualidad el tema, la publico)
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