He pasado quince días en África. Al volver, una idea no deja de darme vueltas en la cabeza: es muy fácil querer a los niños de África.
Es fácil porque ellos te quieren enseguida. Corren hacia ti, te abrazan, sonríen, te buscan con la mirada. Durante unos días eres para ellos como los Reyes Magos: todo magia. Cualquier pequeño gesto provoca una alegría inmensa.
Y no hablo solo de los niños más risueños o más fáciles de tratar. También pienso en los chicos con discapacidad a los que visitamos, algunos incapaces de controlar la saliva, otros que se abrazaban con fuerza, e incluso te hacían daño, que te seguían a todas partes o necesitaban que les dieras de comer. Pienso en los baños que hubo que limpiar, en las tareas menos agradables, en el cansancio, en el calor. Incluso todo eso resulta relativamente fácil cuando sabes que es algo pasajero y cuando, casi de inmediato, recibes una sonrisa, un abrazo o una mirada de agradecimiento.
Pero, cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que eso no tiene demasiado mérito.
El verdadero desafío empieza cuando vuelves a casa.
Es mucho más difícil querer a quien tienes al lado cada día. Querer a tu mujer o a tu marido con sus defectos. Querer a tus hijos cuando tienen un mal día. Al hermano o hermana. Querer al vecino que hace ruido, al compañero que tiene mil manías, al familiar con el que siempre acabas discutiendo. No se trata de querer sus defectos, sino de querer a la persona a pesar de ellos.
Ese amor no suele venir acompañado de aplausos ni de sonrisas constantes. A veces parece incluso que pasa desapercibido. Sin embargo, es precisamente ahí donde el amor se vuelve auténtico.
Las relaciones no se mantienen solas. Son como un fuego que necesita alimentarse cada día. Habrá jornadas en las que podremos echar un buen tronco a la hoguera. Otras veces solo tendremos fuerzas para añadir una ramita. Y habrá días en los que apenas podamos acercarnos al fuego. Lo importante es no dejar que se apague.
Quizá por eso esta experiencia en África me ha servido, sobre todo, para hacer examen. No tanto sobre cómo he querido allí, sino sobre cómo quiero aquí.
Porque amar es un ejercicio de creatividad. Cuando una relación se enfría, siempre es más fácil rendirse o alejarse. Lo difícil es buscar caminos nuevos para volver a encontrarse. El humor puede ser uno. Escuchar de verdad, otro. Hablar más. Preguntar cómo está el otro. Tener pequeños detalles. Pedir perdón. Cantar. Compartir tiempo. Hay mil maneras de decir "te quiero" sin pronunciar esas palabras.
Precisamente, durante esos días en África, también hablamos de los lenguajes del amor. Me hizo pensar que muchas veces queremos a los demás como a nosotros nos gustaría ser queridos, cuando el verdadero reto consiste en descubrir cómo se siente querido el otro. Amar no es ofrecer lo que a mí me gusta dar, sino aprender a regalar aquello que el otro necesita recibir.
Toda la vida es un aprendizaje para amar y dejarse amar. Y cuanto más profundas, reales y auténticas son nuestras relaciones, más plenamente vivimos.
Al regresar de África me llevo muchos recuerdos. Pero quizá el más importante no tiene que ver con África. Tiene que ver con mi casa.
Porque es muy fácil querer a los niños de África. Lo verdaderamente difícil —y también lo verdaderamente valioso— es querer bien a quienes Dios ha puesto a nuestro lado cada día. África me ha recordado —un meditarráneo más en la vida— que el amor tiene un orden. Los primeros destinatarios de nuestro cariño no son quienes están más lejos, sino quienes Dios ha puesto a nuestro lado cada día: nuestra familia, nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestros compañeros. Después vendrán todos los demás. A veces, sin darnos cuenta, hacemos justo lo contrario: ofrecemos nuestra mejor versión fuera de casa y dejamos las prisas, el cansancio o la impaciencia para los nuestros. Quizá el verdadero reto no sea aprender a querer más lejos, sino aprender a querer mejor más cerca. Porque la caridad empieza en casa y, cuando allí echa raíces, entonces sí puede llegar hasta los confines del mundo.
Como escribió san Juan de la Cruz: «Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor.» Quizá esa sea la misión de toda una vida: seguir poniendo amor, incluso cuando cuesta, incluso cuando parece que no da fruto inmediato. Porque el amor verdadero casi nunca es espectacular. Es cotidiano. Es paciente. Es fiel. Y, precisamente por eso, es el que acaba cambiando el mundo.
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