Esta tarde, mientras corría, me ha venido un recuerdo de Kenia.
Sin buscarlo.
Sin estar pensando en nada especial.
De repente. Como un fogonazo.
Han pasado siete meses desde aquellos quince días allí, en julio. Estuve con 25 universitarios de Barcelona y otras ciudades de España haciendo un voluntariado en Mukuru, uno de los asentamientos informales más grandes de Nairobi, donde entre 500.000 y 700.000 personas viven hacinadas en apenas 2,5 km², en pequeñas chozas de chapa sin saneamiento adecuado, con acceso limitado a agua potable y expuestas a inundaciones, contaminación y graves riesgos sanitarios. En ese momento no hice grandes reflexiones. Viví lo que había delante: colegios en slums paupérrimos, centros de acogida, iglesias festivas, encuentros con niños huérfanos, profesores, voluntarios, familias. Fue intenso. No me dio demasiado tiempo para procesar.
Pero hoy, corriendo, me ha vuelto con mucha claridad una escena que se repitió varias veces.
Cuando nos presentábamos por primera vez en los sitios, en un colegio, en un centro, en una iglesia hacíamos una pequeña ronda de presentaciones, para romper el hielo.
Un niño pequeño se levantaba. O una chica adolescente. O un profesor. O alguien mayor. Y antes de decir su nombre, antes de explicar quién era o qué hacía, decía en voz alta:
— God is good all the time.
Y todos los demás —sus amigos, los otros niños, los huérfanos del centro, los profesores, la gente de la iglesia— respondían con naturalidad, con alegría:
— All the time, God is good.
Y entonces sí.
Después de eso, se presentaban. Decían su nombre.
Lo escuché en distintos lugares. No fue algo aislado. Era casi una manera cultural de empezar. Como si antes de hablar de uno mismo hubiera que afirmar algo más importante.
Primero, la bondad de Dios.
Luego, tu nombre.
En julio no lo analicé. Me impresionó, sí, pero no lo elaboré demasiado.
Hoy, corriendo, me ha venido el contraste.
Allí, en contextos objetivamente duros —pobreza real, historias de abandono, mucha precariedad— esa afirmación era el punto de partida.
Aquí, en cambio, vivimos con muchas más seguridades materiales, y sin embargo a veces se respira otra cosa: cansancio, queja, ansiedad, una especie de hastío difícil de explicar.
Uno podría pensar que repetir “Dios es bueno” es una forma fácil de consolarse. Un recurso psicológico. Una frase que ayuda a sobrellevar lo que duele.
Es posible. Sí.
Pero sinceramente, yo no lo viví como algo superficial. Hay sonrisas que no se pueden fingir. Hay miradas que no son impostadas. Hay una alegría que no parece autoengaño.
No vi ingenuidad. No vi desconexión del dolor. Vi personas muy conscientes de sus dificultades, pero apoyadas en algo más grande que sus circunstancias.
Y mientras hoy corría (¡lo que ayuda correr!) también me ha venido otra frase que escuché hace tiempo. Una persona le decía a otra:
“Si cuando llegas al final del día no encuentras nada que agradecer, es que te has equivocado. Has mirado mal. Vuelve a repasar el día.”
Me parece una idea buenísima.
Porque muchas veces no es que no existan motivos para agradecer. Es que estamos entrenados para fijarnos antes en lo que falta, en lo que salió mal, en lo que nos preocupa.
Quizá por eso aquella frase keniana me ha vuelto hoy con tanta fuerza.
No era solo creer en Dios.
Era creer en su bondad.
Afirmar que Dios es bueno incluso cuando pasan cosas durísimas. Incluso cuando no entiendes por qué sucede lo que sucede.
Cuando la esperanza depende solo de que todo salga bien —el trabajo, la salud, la economía, el entorno— cualquier grieta lo tambalea todo.
Cuando la esperanza está puesta en una bondad que no depende de las circunstancias, la interpretación cambia.
No desaparece el dolor.
Pero no lo ocupa todo.
Escribo esto porque me ayuda a ordenar lo que he sentido esta tarde. Porque a veces necesitamos poner palabras a los contrastes que llevamos dentro.
No tengo conclusiones cerradas.
Solo esta intuición sencilla: tal vez empezar diciendo “Dios es bueno siempre” cambia el lugar desde el que miramos el día.
Y quizá, si alguna noche no encontramos nada que agradecer, lo que necesitamos no es más cosas.
Es mirar otra vez.




