sábado, febrero 28, 2026

Gratitud y esperanza: God is good all the time



Esta tarde, mientras corría, me ha venido un recuerdo de Kenia.

Sin buscarlo.

Sin estar pensando en nada especial.

De repente. Como un fogonazo.

Han pasado siete meses desde aquellos quince días allí, en julio. Estuve con 25 universitarios de Barcelona y otras ciudades de España haciendo un voluntariado en Mukuru, uno de los asentamientos informales más grandes de Nairobi, donde entre 500.000 y 700.000 personas viven hacinadas en apenas 2,5 km², en pequeñas chozas de chapa sin saneamiento adecuado, con acceso limitado a agua potable y expuestas a inundaciones, contaminación y graves riesgos sanitarios. En ese momento no hice grandes reflexiones. Viví lo que había delante: colegios en slums paupérrimos, centros de acogida, iglesias festivas, encuentros con niños huérfanos, profesores, voluntarios, familias. Fue intenso. No me dio demasiado tiempo para procesar. 

Pero hoy, corriendo, me ha vuelto con mucha claridad una escena que se repitió varias veces.

Cuando nos presentábamos por primera vez en los sitios, en un colegio, en un centro, en una iglesia hacíamos una pequeña ronda de presentaciones, para romper el hielo. 

Un niño pequeño se levantaba. O una chica adolescente. O un profesor. O alguien mayor. Y antes de decir su nombre, antes de explicar quién era o qué hacía, decía en voz alta:

— God is good all the time.

Y todos los demás —sus amigos, los otros niños, los huérfanos del centro, los profesores, la gente de la iglesia— respondían con naturalidad, con alegría:

— All the time, God is good.

Y entonces sí.

Después de eso, se presentaban. Decían su nombre.

Lo escuché en distintos lugares. No fue algo aislado. Era casi una manera cultural de empezar. Como si antes de hablar de uno mismo hubiera que afirmar algo más importante.

Primero, la bondad de Dios.

Luego, tu nombre.

En julio no lo analicé. Me impresionó, sí, pero no lo elaboré demasiado.

Hoy, corriendo, me ha venido el contraste.

Allí, en contextos objetivamente duros —pobreza real, historias de abandono, mucha precariedad— esa afirmación era el punto de partida.

Aquí, en cambio, vivimos con muchas más seguridades materiales, y sin embargo a veces se respira otra cosa: cansancio, queja, ansiedad, una especie de hastío difícil de explicar.

Uno podría pensar que repetir “Dios es bueno” es una forma fácil de consolarse. Un recurso psicológico. Una frase que ayuda a sobrellevar lo que duele.

Es posible. Sí.

Pero sinceramente, yo no lo viví como algo superficial. Hay sonrisas que no se pueden fingir. Hay miradas que no son impostadas. Hay una alegría que no parece autoengaño.

No vi ingenuidad. No vi desconexión del dolor. Vi personas muy conscientes de sus dificultades, pero apoyadas en algo más grande que sus circunstancias.

Y mientras hoy corría (¡lo que ayuda correr!) también me ha venido otra frase que escuché hace tiempo. Una persona le decía a otra:

“Si cuando llegas al final del día no encuentras nada que agradecer, es que te has equivocado. Has mirado mal. Vuelve a repasar el día.”

Me parece una idea buenísima.

Porque muchas veces no es que no existan motivos para agradecer. Es que estamos entrenados para fijarnos antes en lo que falta, en lo que salió mal, en lo que nos preocupa.

Quizá por eso aquella frase keniana me ha vuelto hoy con tanta fuerza.

No era solo creer en Dios.

Era creer en su bondad.

Afirmar que Dios es bueno incluso cuando pasan cosas durísimas. Incluso cuando no entiendes por qué sucede lo que sucede.

Cuando la esperanza depende solo de que todo salga bien —el trabajo, la salud, la economía, el entorno— cualquier grieta lo tambalea todo.

Cuando la esperanza está puesta en una bondad que no depende de las circunstancias, la interpretación cambia.

No desaparece el dolor.

Pero no lo ocupa todo.

Escribo esto porque me ayuda a ordenar lo que he sentido esta tarde. Porque a veces necesitamos poner palabras a los contrastes que llevamos dentro.

No tengo conclusiones cerradas.

Solo esta intuición sencilla: tal vez empezar diciendo “Dios es bueno siempre” cambia el lugar desde el que miramos el día.

Y quizá, si alguna noche no encontramos nada que agradecer, lo que necesitamos no es más cosas.

Es mirar otra vez.


lunes, febrero 23, 2026

Las redes sociales han muerto y ni nos dimos cuenta




Las redes sociales han muerto. Al menos, tal y como las conocimos. Las plataformas que un día prometieron acercarnos, crear comunidad y facilitar la conversación se han transformado en algo distinto: sistemas diseñados para capturar nuestra atención, retenernos el mayor tiempo posible y monetizar cada segundo de nuestra mirada.

Durante los primeros años de Facebook, Instagram o incluso MySpace, la lógica era clara: trasladar nuestras relaciones humanas al espacio digital. Compartíamos fotos de momentos especiales, actualizábamos nuestro estado, hacíamos comentarios y, en muchos casos, interactuábamos con personas que conocíamos en la vida real. Había un carácter social genuino, una circulación de atención basada en vínculos existentes.

Hoy, en cambio, esa lógica se ha diluido. Las plataformas han pasado de ser redes entre personas conocidas a motores algorítmicos de recomendación de contenido. El objetivo principal ya no es facilitar la conexión entre amigos o familiares, sino mantenernos dentro de la plataforma el mayor tiempo posible. Los algoritmos priorizan los vídeos virales, el contenido que genera interacción rápida y continua, y aquello que puede convertir minutos de atención en ingresos publicitarios. En este nuevo paradigma, la conexión humana deja de ser el centro y se convierte en un subproducto de dinámicas diseñadas para enganchar.

Esto ha cambiado radicalmente la experiencia en línea. La interacción real y significativa está migrando a espacios más privados, como chats individuales o grupos cerrados, mientras que en el espacio público de las plataformas dominan los flujos de entretenimiento y consumo pasivo. Ya no navegamos para ver lo que han publicado nuestros conocidos; navegamos para que el sistema nos ofrezca contenido optimizado para nuestra atención.

El resultado es una ilusión de comunidad sostenida por algoritmos y métricas, más que por relaciones sociales auténticas. Las redes sociales, en su sentido original, han dejado de existir. Ahora interactuamos con plataformas que observan, predicen y explotan nuestros patrones de atención, más que con personas reales.

Quizá la pregunta no sea si las redes sociales están “muertas” en un sentido literal, sino si ha muerto la promesa original que un día trajeron: un espacio digital que nos conectara auténticamente con otras personas. Si entendemos que esa promesa ya no se cumple, entonces sí, podemos decir que las redes sociales como las concebimos han dejado de existir. Lo que tenemos ahora es otra cosa, y quizá es momento de repensar qué tipo de espacios digitales queremos construir y habitar, y dónde realmente encontramos conversación, comunidad y significado.

lunes, febrero 16, 2026

Cuando la emoción secuestra la razón




Hay momentos en que la emoción secuestra la razón. No de forma violenta, sino silenciosa. Se instala en la conversación interior y empieza a dictar conclusiones que parecen lógicas, pero no lo son. 

Lo más sorprendente es que estos pensamientos no suelen presentarse como dudas, sino como certezas. 

Aparecen en forma de frases breves, automáticas, contundentes: 
— “No lo hago bien.” 
— “No soy capaz.” 
— “Siempre me pasa lo mismo.” 
— “Seguro que piensan mal de mí.” 

No pasan por el filtro de la lógica. No se someten a contraste. Simplemente aparecen… y se aceptan. A esto la psicología lo llama distorsiones cognitivas

No son mentiras conscientes. Son interpretaciones deformadas de la realidad, generadas por emociones negativas como el miedo, la inseguridad, la tristeza o la frustración. Y tienen una característica clave: parecen verdad. 

Existen muchos tipos de distorsiones cognitivas, pero todas comparten el mismo patrón: reducen la complejidad de la realidad y la sustituyen por una versión más simple… y más negativa. 

Una de las más frecuentes es el filtraje: la mente selecciona un detalle negativo e ignora todo lo positivo. Diez cosas han salido bien, una ha salido mal… y solo vemos esa una. 

Otra es el pensamiento polarizado: todo o nada. Blanco o negro. Éxito o fracaso. Sin matices. Sin términos medios. 

También está la sobregeneralización: un error puntual se convierte en una conclusión permanente. No es “esto no ha salido bien”. Es “nunca lo haré bien”. 

O la personalización, que nos hace creer que lo que ocurre a nuestro alrededor tiene que ver con nosotros, aunque no haya ninguna evidencia. 

Especialmente poderosa es el razonamiento emocional, que consiste en asumir que lo que sentimos es verdad simplemente porque lo sentimos. Si me siento inseguro, entonces debo ser inseguro. Si me siento incapaz, entonces debo ser incapaz. Pero sentir algo no lo convierte en verdad. Lo convierte en una experiencia. Y no es lo mismo. 

Otra distorsión frecuente es la interpretación del pensamiento. La mente cree saber lo que los demás piensan sin que hayan dicho nada. Una mirada, un silencio o un gesto se convierten en una conclusión negativa. No son hechos, son interpretaciones. Pero se viven como si fueran certezas.

Está también la culpabilidad, que hace que la persona se responsabilice de lo que no depende de ella, o que culpe a otros de su propio malestar. Se cargan pesos que no son propios, generando una sensación constante de deuda o injusticia.

Otra trampa es el “debería”. La mente impone normas rígidas sobre cómo uno mismo o los demás tendrían que actuar. Cuando la realidad no encaja con esas normas, aparece la frustración, el enfado o la culpa. El problema no es la realidad, sino la expectativa.

Las etiquetas globales reducen a la persona a un solo juicio negativo. Un error puntual deja de ser un hecho aislado y se convierte en una definición personal: “soy un fracaso”, “no valgo”. Se confunde lo que se hace con lo que se es.

También existe la necesidad constante de tener razón. La persona busca confirmar su punto de vista en lugar de comprender la realidad. Equivocarse se vive como una amenaza, no como una oportunidad de ajustar el propio juicio.

La falacia del cambio consiste en creer que el bienestar depende de que los demás cambien. Se deposita la propia paz en factores externos, fuera del propio control, generando frustración e impotencia.

Todos tenemos alguna vez alguno de estos pensamientos. Forman parte del funcionamiento normal de la mente. El problema no es que aparezcan. El problema es que se instalen. Que se conviertan en el tono habitual de nuestra conversación interior. Que operen sin ser cuestionados. Que pasen de ser pensamientos… a ser creencias. Porque cuando una persona cree algo, empieza a vivir como si fuera verdad. Y eso cambia todo. 

La madurez psicológica no consiste en no tener emociones negativas. Eso es imposible. Consiste en que la emoción no tenga la última palabra. La emoción informa. Pero no decide. La razón no elimina la emoción, pero la ordena. La pone en contexto. Le devuelve su proporción. Muchas veces el simple hecho de preguntarse: “¿Es esto objetivamente cierto, o es solo lo que siento ahora?” es suficiente para debilitar el hechizo. No se trata de negar lo que uno siente. Se trata de no confundirlo con la realidad. 

Descubrir estos mecanismos es profundamente liberador. Porque uno entiende que no todo lo que piensa es verdad. Que no todo lo que siente define quién es. Que no está obligado a obedecer cada pensamiento que aparece. A veces puede pasar que una tarde, una mañana, un día, una temporada, la guien ese tipo de distorsiones cognitivas, y eso enfada, o entristece, o paraliza. A mi me pasa. En ese momento hay que parar, analizar esos pensamientos y, si no acallarlos, sí neutralizarlos. Volver a la lógica. 

Es un ejercicio que, realizado una y otra vez, no nos hace personas más frías, sino más libres, personas que recuperan el gobierno sobre su vida interior, que dejan de reaccionar automáticamente a pensamientos que no han elegido conscientemente. Cuando la razón no está secuestrada por la emoción, decides mejor. Con más perspectiva. Con más verdad. Se reduce el ruido mental y la conversación interior deja de ser un lugar hostil.

lunes, febrero 09, 2026

25 maneras para ser una persona con clase



Hace años, un buen amigo me recomendó la web Art of manliness. Te va a gustar —me dijo—. Tiene cosas con sentido común, pero bien explicadas. La guardé. La leí a ratos. Y estos días me he suscrito. Después de 6 o 7 años. A veces las cosas tardan tiempo. Os la recomiendo. 

Esta semana me llegó un artículo de la web que me encantó: 25 Ways to Be a Class Act.  El texto arranca recordando una frase que un entrenador repetía una y otra vez a sus jugadores de fútbol americano en el instituto: “Actúa con clase.” Nada de vacilar. Nada de celebrar humillando. Ayuda al rival a levantarse aunque te haya intentado arrancar la cabeza. No grites al árbitro. No lances el casco. Si ganas, compórtate como si ya hubieras estado ahí antes. Si pierdes, no montes el numerito. 

Clase.

Durante siglos, la clase tuvo que ver con el dinero, la cuna o el apellido. Pero desde finales del siglo XIX empezó a significar otra cosa: manera de estar, no de nacer. Hoy, tener clase es moverte por el mundo con dignidad, respeto y una calidez tranquila. Hacer la vida agradable a los demás. Es hacer lo correcto incluso cuando nadie te obliga. Es elevar un poco los lugares y las conversaciones por donde pasas. Y eso —dice el artículo— se nota en pequeñas cosas. Muy pequeñas. Pero constantes. 

Aquí van las 25.

25 gestos pequeños que dicen mucho de una persona con clase:

1. Saluda tú primero. 
No esperes. Mira a los ojos. Un “hola” sincero puede cambiar un día entero.

2. Usa el nombre de las personas y recuérdalo. 
No hace falta forzar. Pero recordar un nombre es recordar a la persona.

3. Sujeta la puerta al que viene detrás.
No es caballerosidad antigua: es humanidad básica.

4. Deja pasar en el tráfico.
Llegar 12 segundos antes no es una victoria moral.

5. Escribe notas de agradecimiento a mano.
En un mundo digital, el papel tiene algo de gesto noble.

6. No hables mal de otros a sus espaldas.
Si no lo dirías a la cara, no lo digas cuando no está.

7. Habla bien de otros cuando no están delante.
Es de lo más elegante que se puede hacer.

8. Recoge basura que no es tuya.
Deja los sitios mejor de como los encontraste.

9. Vístete acorde al lugar.
No por aparentar, sino por respeto a la ocasión.

10. Llega puntual.
El tiempo de los demás también vale.

11. Sé generoso en la conversación.
Pregunta, escucha, deja espacio. No todo va de ti.

12. Devuelve las cosas mejor de como te las prestaron.
Limpias, llenas, arregladas si hace falta.

13. Di “perdón” y “disculpa” sin excusas.
Sin “pero”. Sin letra pequeña.

14. Da buenas propinas cuando toca.
La generosidad cotidiana también educa el carácter.

15. Guarda el móvil cuando hablas con alguien.
La atención plena es una forma de respeto.

16. Cumple tu palabra, incluso en lo pequeño.
Si dices que llamas, llama.

17. No lo cuentes todo.
La discreción también es una virtud.

18. Reconoce el mérito ajeno.
Dar crédito no te empequeñece; te engrandece.

19. Mantén la dignidad cuando las cosas van mal.
Perder sin hacer ruido es una lección de vida.

20. Da salidas elegantes.
No arrincones a nadie. Deja que salven la cara.

21. Trata a los trabajadores de servicios como personas.
Míralos, agradéceles, no los ignores.

22. Queja privada y proporcional.
Los problemas se arreglan hablando, no exhibiendo.

23. No corrijas por ego.
Tener razón no siempre es lo más importante.

24. No presumas.
La seguridad no necesita aplausos.

25. Compórtate como un anfitrión en cualquier sitio.
Haz sentir cómodos a los demás, incluso cuando no es tu casa.

Buenísimos consejos para seguir. Me pongo a ello :D

La clase no se compra, no se hereda y no se publica en redes. 

Se practica. Cada día. En silencio.


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lunes, febrero 02, 2026

Abraham Lincoln: decenas de fracasos antes de ser presidente de EEUU y cambiar el mundo





Abraham Lincoln (nacido en 1809) asumió la presidencia de Estados Unidos en 1861, a los 52 años. Lo asesinaron al cabo de cuatro años, tras acabar la guerra. Antes de eso, su vida estuvo marcada por numerosos fracasos y reveses en lo personal, empresarial y político, lo que se ha convertido en un ejemplo clásico de perseverancia. 

Antes de 1860, en 1831 perdió su empleo. En 1832, fue derrotado en su primera candidatura en el estado de Illinois, en 1833 su nuevo negocio quebró y quedó endeudado por años (pagó las deudas lentamente). En 1835 murió su prometida Ann Rutledge (un golpe emocional profundo). En 1836 sufrió un grave episodio de depresión y algunos amigos temieron por su vida. 

En 1838 fue derrotado al intentar ser elegido presidente de la Cámara de Illinois. En 1843 fue derrotado en la nominación para el Congreso de EEUU por el Partido Whig. En 1848 perdió la renominación para su propio escaño en el Congreso (después de haber sido elegido en 1846). En 1849 fue rechazado para un puesto como comisionado de tierras (Land Officer) en el gobierno federal. En 1854 fue derrotado en su candidatura al Senado de EEUU. En 1856 fue derrotado en la nominación para vicepresidente en la convención republicana. En 1858 fue derrotado nuevamente para el Senado de EEUU. A eso se suman otros reveses, como la pérdida de su madre a los 9 años (1818), o el desalojo del hogar de su familia en varias ocasiones por deudas. O el fracaso como granjero. O los problemas de salud mental recurrentes .

Lincoln no se rindió pese a los golpes: cada fracaso lo fortaleció, le dio experiencia y lo preparó para liderar en la crisis más grave de EEUU, su guerra civil. Así lo decía él mismo: "mi gran preocupación no es fallar, sino no levantarme cada vez que fallo". Como contaba aquí, los humanos somos antifrágiles: crecemos y mejoramos con el riesgo, los reveses, los fracasos (y empeoramos cuando todo es fácil).

Cuando llegó a la presidencia, Lincoln cambió el mundo, principalmente por tres razones fundamentales, que transformaron no solo a Estados Unidos, sino que influyeron en la idea de libertad, democracia y derechos humanos en todo el planeta. 

Preservó la Unión y evitó la fragmentación de Estados Unidos. Cuando varios estados del sur se separaron para formar la Confederación (principalmente por defender la esclavitud), él se negó a aceptar la secesión. Su victoria aseguró que Estados Unidos siguiera siendo una nación indivisible. Esto fortaleció enormemente al país que luego se convertiría en la superpotencia que es, con enormes repercusiones geopolíticas mundiales.

Abolió la esclavitud en Estados Unidos. Aunque inicialmente su prioridad era preservar la Unión, emitió la Proclamación de Emancipación el 1 de enero de 1863, que declaró libres a millones de esclavos en el sur. Esto cambió el carácter de la guerra: pasó de ser una lucha por la unión a una por la libertad. Su liderazgo impulsó la Decimotercera Enmienda (ratificada en 1865), que prohibió la esclavitud en todo el territorio estadounidense de forma definitiva. La esclavitud era una institución aceptada en gran parte del mundo; su fin en la nación más poderosa aceleró el movimiento abolicionista global.

Redefinió la democracia moderna con ideas universales. En su famoso Discurso de Gettysburg (1863), Lincoln resumió los ideales fundacionales de Estados Unidos con la frase: "que este gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la tierra". También enfatizó la igualdad ("todos los hombres son creados iguales") y la libertad como principios universales. Estas palabras se convirtieron en un símbolo mundial de democracia, inspirando movimientos por los derechos civiles, la descolonización, la igualdad racial y la democracia en muchos países durante los siglos XIX, XX y XXI.

En resumen, Lincoln no solo salvó a un país de la desintegración y acabó con la esclavitud en una de las naciones más influyentes del mundo, sino que también dejó un legado de ideas que trascendieron fronteras y siguen siendo citadas hoy en día como inspiración global. Es considerado como uno de los líderes que más cambió el rumbo de la historia moderna, comparable en impacto a figuras como Washington. Su asesinato en 1865, justo al acabar la guerra, lo convirtió además en un mártir de esas causas.

El líder que fue Lincoln, el líder que tanto influyó en el mundo, no surgió de la nada. De la noche a la mañana. Apareció tras mucho esfuerzo, fracaso y perseverancia. Es un buen ejemplo de tenacidad.