lunes, abril 20, 2026

La vida de Chuck: una celebración del poder de decidir



El sábado vi la película 'La vida de Chuck', recomendada en un canal de whatsapp que sigo. A mi enteneder, es una película que celebra algo muy simple y a la vez muy profundo: el poder de las decisiones como uno de los actos más humanos o el más humano que tenemos. 

Contada de forma onírica y original, la cinta muestra la vida de un hombre corriente de una manera especial y brillante. No recurre al dramatismo fácil ni al terror típico de Stephen King, autor de la novela en la que se inspira. En cambio, se convierte en una reflexión serena sobre cómo las pequeñas elecciones diarias van definiendo quiénes somos.

En la película, a parte del poder de las decisiones, hay dos temáticas que, en distintas conversaciones largas, aparecen recurrentemente y me he preguntado cómo suman a ese mensaje principal. El primer tema viene de Carl Sagan: si condensamos toda la historia del universo en un año, la especie humana aparece apenas veinte segundos antes de medianoche del 31 de diciembre. Somos casi nada en la escala del cosmos. El segundo es que el universo tiene una lógica, un lenguaje: las matemáticas explican los ritmos, las distancias, los movimientos, hasta la belleza de un baile. Todo parece medible, calculable, predecible. La película le da una vuelta magistral a esos dos temas: somos más que una insignificancia y más que matemáticas.  

Pensando sobre estos temas, y en la conexión que tienen con las decisiones, me acordé de una conversación que tuve con un amigo hace unos diez años. Hablábamos del cosmos, de la inmensidad de la vía láctea, de los millones de años de historia del universo. Y le dije, sin pensar: todo eso es real y es fascinante, pero no es lo que mueve el mundo. Lo que mueve el mundo es el amor. No estamos en manos de fórmulas, sino en manos del amor de Dios, que decide que es bueno que existamos. No por necesidad, no por lógica, sino porque nos ama. Y eso no cabe en ninguna ecuación. Ahí está: la decisión, de amor, en este caso de Dios. 

No somos insignificantes, porque Dios ha decidido que valemos la pena. Cada vida, por breve que sea en la escala del universo, es preciosa a sus ojos. Y si nos ama así, tiene sentido lo que sigue: que nos haya dejado en manos de nuestra propia decisión. Estamos hechos a su imagen y semejanza: él escoge querernos y crearnos y nosotros podemos volver a Él del mismo modo, escogiendo. Como dice la Escritura: "Elige la vida, para que vivas" (Dt 30,19). El amor no anula la libertad, la funda. Me gusta esa frase de San Agustín: "Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti". 

El catolicismo lo expresa con precisión: la libertad es el poder de disponer de nosotros mismos a través de la razón y la voluntad. No significa hacer lo que nos apetece, sino elegir el bien verdadero. Cada decisión libre nos hace responsables, nos permite colaborar con la gracia y nos va configurando poco a poco. Decisiones libres llenas de amor: eso es lo que nos hace más humanos, y más divinos.

La vida de Chuck no predica nada de esto, expresamente, pero lo celebra. Muestra que en cada persona hay un universo de momentos y conexiones, y que vale la pena habitarlo con intención. Al salir me quedé con una idea clara: es fácil enfocarnos en lo que no controlamos y olvidar lo único que sí depende de nosotros: nuestra respuesta diaria. Incluso cuando todo parece frágil, seguimos teniendo el poder más importante: la libertad de elegir la vida. Y cuanto más amor haya en esas decisiones, más plena será nuestra existencia.

No es una cinta perfecta, pero es honesta y tiene una belleza tranquila que se queda contigo. Si buscas una historia que invite a reflexionar sin imponer nada, esta cumple muy bien.

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viernes, abril 17, 2026

Relaciones 80/80



Hace poco escuché un podcast en el que se hablaba sobre el libro The 80/80 Marriage. Habla sobre un tema muy interesante, el de las relaciones y el reparto de tareas. Habla sobre todo del matrimonio, pero es algo que puede servir para las relaciones en general, de amistad, en el trabajo, entre hermanos, entre socios, entre compañeros de piso, etc. 

Vamos a imaginarnos un sábado cualquiera. Has hecho la compra, has recogido un poco la casa y ves que aún quedan cosas. Y te sale solo: “ya estoy yo otra vez”. No hace falta decirlo en voz alta. Lo piensas. Y ahí empieza todo.

Durante años hemos comprado el 50/50 como lo justo. El reparto equitativo en casa. Pero en la práctica eso se convierte en contabilidad emocional: medir, comparar, acumular. Yo hice esto, tú no hiciste lo otro. Y sin darnos cuenta, la relación deja de ser equipo y pasa a ser una negociación constante.

La propuesta del libro es sencilla, pero tiene más fondo del que parece. Ellos lo llaman “generosidad radical”. Y se concreta en esa idea del 80/80: no como número exacto, sino como forma de estar. Cada uno decide dar más de lo que le toca. Dejar de pensar en qué es justo y empezar a pensar en qué suma.

Ahora bien, aquí hay una trampa habitual. Muchas relaciones no están en un 50/50. Están en un 70/30… o incluso en un 90/10. Y cuando alguien siente que está en ese 90, lo que quiere es equilibrio. Llegar al 50/50. Es lógico. El problema es que, si ese pasa a ser el objetivo, volvemos al mismo sitio: medir, comparar, negociar. Cambia el número, pero no cambia la lógica.

Y aquí es donde el 80/80 aporta algo interesante de verdad, porque no solo sirve para uno. Sirve para los dos.

Al que está en el 10 le espabila. Le saca de la comodidad del “yo ya hago bastante” y le obliga a mirarse de verdad.

Y al que está en el 90 le cambia el foco. Le propone salir del rol de víctima, dejar de llevar la cuenta, y volver a entrar en lógica de equipo. No para que siga cargando sin límite, sino para que deje de vivir la relación como una balanza constante.

En el fondo, es un cambio doble: uno sube, el otro deja de medir.

Y creo que eso tiene más fuerza porque no viene de una teoría abstracta. El libro lo escribe un matrimonio, Nate y Kaley Klemp. Es decir, esto no está pensado desde fuera, sino desde dentro de la propia tensión de convivir, de equivocarse, de ajustar.

Y aquí está lo importante: no empieza con una conversación, empieza contigo. Decidir que dejas de medir. Hacer algo que no te tocaría sin apuntártelo. No guardar pequeñas “facturas” para sacarlas luego. Cambiar ese piloto automático que te lleva a comparar todo el rato.

Luego sí tiene sentido hablarlo, pero desde otro lugar. No desde el “tú no haces”, sino desde el “creo que a veces entramos en una dinámica de medir que nos desgasta, y me gustaría probar algo distinto”.

En el día a día es bastante concreto: menos marcador, más equipo. Menos justicia exacta, más implicación real.

¿El riesgo? Que el otro no responda. Y aquí tampoco se trata de ser ingenuo. Ni de volver al 50/50 en cuanto no compensa, ni de aguantar sin decir nada. Se trata de mantener ese enfoque y, cuando haga falta, saber expresar lo que necesitas sin convertirlo en reproche.

No es una técnica. Es una forma de estar.

Porque el problema nunca fue repartir mal.
Fue pensar que una relación funciona como una balanza.

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lunes, abril 06, 2026

El superpoder de estar


Hay una trampa en la que caemos más de lo que nos gustaría admitir. Miramos alrededor —en el trabajo, en el equipo, en una asociación, en una pandilla de amigos, en la familia— y nos comparamos. Vemos al que habla bien, al que siempre tiene algo interesante que decir, al que tira del grupo, al que parece tener un papel claro. Y entonces aparece esa pregunta que parece humilde, pero que muchas veces es el inicio de una retirada: ¿y yo qué pinto aquí?, ¿qué aporto yo?

Cuando esa pregunta no se encaja bien, no siempre lleva a una ruptura visible. A veces es algo mucho más sutil. Uno empieza a estar menos. Menos implicado, menos presente, menos dentro. Y ese hueco se rellena con otras cosas. Se alargan las jornadas laborales. Uno se queda más rato en el trabajo, casi con la excusa de que allí al menos está siendo útil. O se apunta a más cosas, o se queda más tiempo fuera. Y por debajo late un pensamiento que cuesta reconocer, pero que existe: total, en casa, para estar sin aportar nada, casi prefiero trabajar. Total, si no soy el más divertido, el que anima, el que levanta la conversación, ¿qué diferencia hay entre que esté o no?

El error está en pensar que aportar es sinónimo de brillar. Que solo cuenta lo visible: tener ideas, tener carisma, hacer reír, liderar, resolver. Pero la mayoría de los grupos, y una familia de manera muy especial, no se sostienen solo por eso. Se sostienen por algo mucho más sencillo y mucho más hondo: la presencia. El que está, sostiene. No siempre el que más destaca, sino muchas veces el que aparece. El que está cuando toca y cuando no toca. El que no desaparece porque ese día no tiene nada brillante que ofrecer.

Claro que estar no es simplemente ocupar una silla. No se trata de presencia física sin alma. Estar es mirar a los ojos. Es escuchar. Es acordarte de lo que te contaron la última vez. Es notar cuándo alguien no está bien. Es quedarte un poco más aunque no haya un plan espectacular. Es no vivir con la prisa constante de escaparte en cuanto termina lo obligatorio. Ese tipo de presencia parece pequeña, pero va creando algo decisivo: un clima, una seguridad, una sensación de hogar, de equipo, de pertenencia.

Hace poco leí un texto interesante. Hablaba de esa tentación de desistir que siente quien lleva tiempo estando sin saber muy bien si sirve de algo, sin ver resultados claros, sin recibir reconocimiento, casi dudando de si su presencia cambia algo. Y decía algo muy sencillo: una cerilla quizá no ilumina toda la habitación, pero todos en la habitación pueden verla. Me parece una imagen buenísima. Porque a veces uno piensa que, si no cambia el ambiente entero, si no transforma la situación, si no hace algo grande, entonces no está aportando nada. Y no es verdad. A veces la luz es pequeña, pero se ve. A veces la presencia parece modesta, pero llega. A veces uno no sostiene todo, pero sí señala algo importante: aquí hay alguien que no se ha ido, aquí hay alguien que sigue estando. Y eso, el dar ejemplo, es fundamental. 

Ese mismo texto añadía otra idea todavía más bonita: puede haber muchas personas que no se vean capaces de imitar del todo ese ejemplo, el de la pequeña cerilla que da luz, y además, seguro que la mayoría de las personas no le dirá nunca nada a esa lucecilla sobre lo inspiradora que es. Sin embargo, esas personas sí saben que querrían seguir su ejemplo en la medida en que puedan. Es decir, que la constancia silenciosa de una persona no solo acompaña: también tira de otros hacia arriba. No hace ruido, no presume, no arrastra desde el protagonismo. Pero eleva. Marca un camino. Da ejemplo sin casi saberlo.

En una familia esto es especialmente real. Porque estar en casa cuando uno siente que no tiene nada espectacular que aportar no es tiempo muerto. Es quizá una de las formas más hondas de educar. Estás enseñando, sin discursos, que las personas merecen tiempo. Que no todo en la vida depende del rendimiento. Que no hace falta ser el más ingenioso, el más simpático o el más interesante para tener valor. Que a veces querer a alguien consiste, sobre todo, en estar.

Habrá días en los que no tengas nada brillante que decir. Días en los que no estés fino. Días en los que no seas el que anima el ambiente ni el que tiene la gran conversación. Y, sin embargo, precisamente esos días tu presencia puede valer muchísimo. Porque tu presencia no es neutra. Sostiene, acompaña, da paz, da ejemplo. Muchas veces bastante más de lo que tú mismo alcanzas a ver.

Por eso quizá conviene cambiar la pregunta. No tanto preguntarse qué aporto, sino si estoy. Porque estar no es poca cosa. Muchas veces es lo más importante que puedes dar.

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miércoles, abril 01, 2026

Noelia Castillo y lo que el Estado no puede y sí puede dar



Noelia Castillo -descanse en paz- tenía 25 años cuando recibió la eutanasia en su habitación de la residencia sociosanitaria de Sant Pere de Ribes, el 26 de marzo de 2026. Era la paciente más joven en recibir este procedimiento en España. Su historia ha conmocionado al país. Y ha generado, como era previsible, una tormenta política. Unos aplauden. Otros se escandalizan. Todos, en el fondo, intuyen que algo ha fallado. Tienen razón. Pero quizás no están señalando el lugar correcto.

Noelia se crió en una familia desestructurada, lo que la llevó a pasar gran parte de su infancia y adolescencia en centros de menores. Según su propio testimonio, su infancia tuvo momentos de felicidad genuina, pero el cambio llegó en la adolescencia, cuando se encadenaron circunstancias que alteraron su entorno por completo. Entre los episodios más traumáticos que ella misma relató, hay dos agresiones sexuales que identificó como momentos clave en su historia personal: una en el ámbito de una relación de pareja, y otra de carácter múltiple que no llegó a denunciar. La acumulación de estas experiencias desembocó en varios intentos de suicidio. En uno de ellos, en 2022, se precipitó desde un quinto piso, y ese hecho la dejó en situación de paraplejia. 

Las secuelas fueron gravísimas. A eso se sumaba un trastorno mental severo que la hundía en depresiones profundas. Y, sobre todo, una soledad que ella misma describió con palabras que duelen: "Siempre me he sentido sola, nunca me he sentido comprendida y nunca han empatizado conmigo." 

Lo que el Estado puede dar, y lo que no

Mucha gente se ha escandalizado de que el Estado no haya puesto todos los remedios antes de llegar a este desenlace. Y tienen razón en hacerlo. El caso refleja un fracaso social: una joven con una lesión medular importante que podría vivir, pero que pide acabar con su vida por sufrimiento psíquico y existencial. Lo paradójico, dice, es que el Estado ayuda a esa persona a morir en vez de proporcionarle los recursos socioeconómicos y psicológicos para vivir. 

Es una crítica legítima. Pero conviene ir un paso más allá.

El Estado puede —y debe— dar justicia. Puede crear sistemas de protección, redes de apoyo, recursos psicológicos, leyes que protejan a los más vulnerables. Todo eso es importante, es el primer paso, es imprescindible. Pero la justicia, sola, no basta. Las personas no vivimos bien solo con justicia. Necesitamos algo más: necesitamos amor. Y el amor incondicional —ese que no depende de si estás sano, de si eres útil, de si estás en tu mejor momento— no lo puede legislar ningún parlamento ni administrar ninguna burocracia.

Esto no es una crítica al Estado como tal. Es reconocer sus límites estructurales. El Estado puede ser más o menos eficiente, más o menos generoso. Pero nunca podrá sustituir a un familiar o amigo que te abraza cuando estás roto, que se queda a tu lado cuando todo falla, a una familia que te dice "te quiero aunque no te entienda."

Million Dollar Baby y una lección de los primeros 2000

Hace veinte años vi Million Dollar Baby en un cinefórum con el catedrático de cine José María Caparrós. Al inicio del debate, después de ver la película, dijo que aquella historia era, en el fondo, una película sobre la familia. Yo lo escuché con escepticismo: "¿La familia? Esto es una película sobre la eutanasia", pensé. Tenía razón él, no yo. Porque la protagonista no quiere morir por su lesión. Quiere morir porque su familia no la quiere como ella necesita ser querida. Quiere morir porque descubre que para los suyos ella es prescindible. 

El caso de Noelia guarda ese mismo eco. No estoy juzgando a su familia: no sé lo que vivieron, no conozco sus circunstancias, no tengo derecho a condenarlos. Pero sí puedo decir lo que ella misma expresó: "Ya no puedo más con esta familia, no puedo más con los dolores, no puedo más con todo lo que me atormenta en la cabeza." El sufrimiento físico era real e irreversible. Pero la soledad existencial lo atravesaba todo.

El individualismo y sus víctimas

Vivimos en una época que ha elevado la autonomía individual a valor supremo. Cada uno es libre de elegir su camino, su identidad, su forma de vida, su muerte. Y esa libertad tiene un precio que raramente sale en los titulares: la soledad.

Recuerdo haber estado en el King's College de Londres hace unos años. La persona responsable de la experiencia estudiantil me dijo que el problema más grave que enfrentaban era la isolation: la soledad de los estudiantes en una ciudad de millones de personas. Tenían ciento treinta psicólogos en plantilla. Ciento treinta. En una de las mejores universidades del mundo, rodeados de oportunidades y estímulos, los jóvenes se morían de soledad.

Noelia Castillo también se murió de soledad. No solo de paraplejia.

Lo que sí podemos esperar del sistema

Dicho todo esto, sí hay cosas legítimas que podemos —y debemos— exigir al Estado. No amor, que no puede darnos. Pero sí condiciones para que el amor sea posible.

Podemos exigirle que proteja y facilite la estabilidad familiar. Que las leyes no debiliten el vínculo entre padres e hijos. Que haya tiempo real para la paternidad y la maternidad, no solo en el papel sino en la práctica económica y laboral. Que cuando un sistema de protección de menores acoge a un niño, ese niño esté realmente protegido, no simplemente custodiado.

Y también podemos preguntarnos, como sociedad, si hemos normalizado demasiado la ruptura. No se trata de juzgar a quienes se separan: las situaciones personales son complejas y a menudo dolorosas. Pero cuando una ley convierte en sencillo lo que debería ser difícil, cuando facilita resolver con rapidez lo que requeriría esfuerzo y acompañamiento, algo importante se pierde. Cuando una ley te dice que es bueno -y fácil- romper un vínculo, creo que tenemos un problema. Las leyes no son neutras, sino que tienen una vertiente educativa, y en tanto que algo se permite, la sociedad puede percibirlo como bueno, o al menos como normal. Es verdad que una ley no puede fortalecer los vínculos, pero legislar a favor del divorcio nos trajo vínculos débiles de inicio. Con el tiempo, socialmente, el matrimonio ha dejado de ser una institución fuerte, para siempre. Y, para las parejas que tienen hijos, eso es mortal, porque ser padre o madre no es un estado civil: es para siempre. Y digan lo que digan, la separación o incluso el odio entre los padres, como parecía ser el caso de Noelia, es debastador para los hijos. 

Del sistema, además, podemos esperar que no tire la toalla. Da la impresión de que, justamente como el Estado no puede entregar amor sino solo justicia, se limpia las manos ante la pandemia social de la soledad, frente a la cual no puede hacer mucho. El Estado suple donde no llega la familia, pero si no hay familia en absoluto, o está muy rota, o la soledad es una pandemia, el Estado poco puede hacer, porque tarde o temprano se quedará sin recursos. En ese contexto, la eutanasia, una ley reciente, es una patada adelante del sistema. "Si no lo puedo solucionar, al menos, que sea rápido", parece decir. Pero como he dicho antes, la ley tiene una vertiente educativa, y si se legisla con una ley como la eutanasia, el Estado está diciendo que es bueno matar, primero con muchas salvedades, y más adelante, con cualquier excusa, como en este caso: más que ante un caso de eutanasia nos encontramos ante un suicidio asistido. ¿En qué se diferencia la inyección letal de hace unos días del intento de suicidio que tuvo hace dos años Noelia? En que este último es legal, amparado por la ley. Claramente, esta no es una ley buena, aunque se haya vestido de "muerte digna". Lo digno, por parte del Estado, hubiese sido poner los medios para que Noelia tuviese una vida digna. La paradoja es evidente: un Estado que se define por proteger derechos acaba legislando el único derecho que, una vez ejercido, hace imposibles todos los demás. La vida no es uno más entre los derechos fundamentales: es la condición de todos ellos. Proteger el derecho a morir cuando nadie ha garantizado el derecho a vivir dignamente no es un avance. Es una rendición.

Un paso atrás para ver mejor

La historia de Noelia Castillo merece algo más que un debate político sobre la eutanasia. Merece que nos preguntemos qué tipo de sociedad estamos construyendo. Una en la que una joven de 25 años, con toda una vida por delante, puede llegar a sentir que nadie la necesita, que nadie la quiere incondicionalmente, que lo único que le queda es pedir que la dejen marchar.

No podemos interpelar solo al Estado, sino a cada uno de nosotros. Es verdad que las políticas y la cultura que el propio Estado ha promovido durante décadas han ido erosionando los espacios donde esa misericordia podría haber nacido. También lo es que depende de nosotros que no vaya a más. 

Primero, fortaleciendo los vínculos familiares, cuidando a los más vulnerables de nuestro entorno, estando presentes de verdad en la vida de quienes nos necesitan: eso no lo puede legislar ningún gobierno. Lo tenemos que hacer nosotros. 

Y segundo, intentando que se legisle de una manera distinta. La autonomía absoluta no es propia de nuestra especie. Somos dependientes: los hijos de los padres, los mayores de los menores, los unos de los otros. Vivimos en sociedad. Haríamos bien en parar un poco y repensar todas las leyes que se han dictado para aumentar el individualismo y la ruptura del vínculo. Más que progreso, nos han traído regresión e inhumanidad. 

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lunes, marzo 23, 2026

Por qué los jóvenes vuelven a creer



Hace unos días, en la alfombra roja de los Goya, Silvia Abril expresó su incomprensión ante la idea de que los jóvenes puedan sentirse atraídos por el cristianismo. La película que generaba esa pregunta, Los domingos, ganó esa noche el Goya a Mejor película. 

Leyendo sobre otros temas di con un texto y una entrevista de Almudena Calvo Domper, periodista e investigadora sobre posmodernidad y cultura digital. Ya en noviembre, cuando Rosalía presentó su disco Lux,  titulado en latín, con imágenes que remiten al mundo conventual y referencias a pensadoras cristianas, Almudena hablaba sobre el motivo por el que los jóvenes se interesan por el cristianismo. 

La primera respuesta, para ella, tiene que ver con la lógica propia de cada generación. Los padres de los millennials y los Z se rebelaron activamente contra la religión. En España, la fe llevaba pegado el estigma del franquismo, y los hijos de la transición encontraron en el agnosticismo su forma de ser modernos y libres. El resultado es que muchos jóvenes de hoy han crecido sin ninguna referencia cristiana, en un ecosistema que ignoraba el tema por completo. Cuando algo desaparece del horizonte durante décadas, se convierte en territorio inexplorado. Y los jóvenes, por definición, se sienten atraídos por lo inexplorado. Lo revolucionario hoy, para un Z, puede ser perfectamente plantearse la trascendencia.

Pero hay algo más profundo que la rebeldía generacional. Calvo Domper lo enmarca en un hartazgo de la posmodernidad: la sociedad líquida de Bauman, donde todo cambia, todo es relativo, todo depende de lo que yo sienta ahora mismo. El yo como brújula, la emoción como verdad, lo efímero como modo de vida. Lo que durante décadas se vendió como liberación empieza a parecerse, para muchos, a una forma de intemperie.

El filósofo Eduardo Infante lo formula de manera más cruda: a esta generación le prometieron que podían ser todo, en todas partes, al mismo tiempo. Les adentraron en el mar de la libertad, pero sin brújula ni puerto. Y ese mar de opciones infinitas, lejos de emanciparlos, se volvió abismo. El resultado son identidades líquidas, vínculos efímeros y deseos que no se sacian. La quiebra de Mr. Wonderful —ese imperio de frases motivacionales— es, para Infante, el epitafio de esa época: la confesión cultural de que el yo no basta.

Ahí es donde entra Dios. No como nostalgia ni como herencia familiar, sino como respuesta a una necesidad concreta. Calvo Domper observa en los jóvenes una reivindicación creciente de verdades permanentes, de algo que no dependa del propio estado de ánimo. 

Justamente, Infante describe la trayectoria discográfica de Rosalía como el arco completo de una generación en búsqueda: de la emancipación radical del yo en 'El mal querer' y 'Motomami' a la rendición de 'Lux', donde una mujer que ha probado todos los dioses de la modernidad —el éxito, la independencia, la auto-adoración— se descubre perdida y busca otra cosa. No es un camino fácil ni cómodo: es, como él escribe, adentrarse en ese bosque del alma donde el mundo moderno ya no se atreve a poner un pie.

Calvo Domper advierte que el fenómeno no es exclusivamente cristiano, y eso es importante para entenderlo sin reducirlo. Los jóvenes buscan en muchos lugares, y también tiran del horóscopo, del New Age, de las cartas astrales. Sin embargo, lo que comparten todas estas búsquedas es el mismo punto de partida: el vacío existencial. Un vacío tan antiguo como la humanidad, pero que esta generación ha alcanzado sin las palabras para nombrarlo ni la tradición que le dé forma.

Lo que el catolicismo ofrece en ese contexto, apunta Infante, no son reliquias sino refugios: espacios donde el alma puede respirar, donde existe el silencio, la atención, el misterio compartido. Frente al "sé tú mismo" de la cultura digital, algo que diga "no soy yo quien vive, sino otro en mí". No es nostalgia. Es, según él, hambre de absoluto.

La sorpresa de Silvia Abril, en ese sentido, no es un punto de llegada sino de partida. El fenómeno que le resultaba incomprensible no ha nacido hace unas semanas o meses. Solo ha tardado en hacerse visible para quienes daban por resuelta una pregunta que, en realidad, nunca dejó de hacerse.

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lunes, marzo 16, 2026

Embrace discomfort. Abraza la incomodidad.




Embrace discomfort. Abraza la incomodidad. Desde hace unos días tengo esa frase de fondo de pantalla. Busqué la frase en internet y me bajé una imagen donde estaba escrita con trazos gruesos. Y al ponerla de fondo de pantalla, mi móvil, no sé cómo, la escaló mal. Sale pixelada, cortada, desplazada a la derecha.

Me dedico, entre otras cosas, al diseño gráfico. Me duele en el alma ver algo pixelado y descentrado.

Y lo he dejado así.

Porque cada vez que lo veo pienso: esto es discomfort, incomodidad real. Pequeña, cotidiana, la que no mata pero que si la ignoras te vas adormeciendo.

Es un recordatorio. Porque si no lo veo, me olvido. Y me olvido porque nuestro mundo está diseñado exactamente para eso: para que no te incomodes para nada. Para que no hagas esfuerzo. Para que siempre haya algo a mano que te distraiga antes de que tengas que enfrentarte a lo que toca. Nunca habíamos tenido tantas formas de distraernos de nosotros mismos. Abrir el móvil sin saber por qué. Y ver un vídeo, y otro, y un mensaje, y un texto muy interesante. Y una noticia... Y lo más curioso es que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta, ni siquiera es una decisión. Es automático. El móvil está en la mesa, la mano lo coge. Sin intención. Sin necesidad.

Y aquí está la trampa. Porque nada de eso, por sí solo, parece grave. Un minuto más en la pantalla no parece un drama. Pero de minuto en minuto se va la tarde. De comodidad en comodidad se va el año. Y un día miras atrás y ves que has estado entretenido, cómodo… pero no has avanzado. No has hecho lo que querías. No has sido quien querías ser.

Soy autónomo. Me construyo el horario de cero cada día. Sin jefe, sin estructura impuesta. Eso tiene una libertad enorme y también una trampa enorme. La tentación de aflojar está siempre ahí. Un minuto más. Esto luego. Mañana arranco.

Necesito recordatorios. Sin ellos es fácil dejarse ir. 

El discomfort, la incomodidad que me funciona no es dramática. Es responder ese mail ahora, que es un minuto. Es subir las escaleras a pie en el metro cuando todo el mundo coge la mecánica. Es quedarse de pie en vez de sentarse. Es trabajar un poco más aunque no apetezca. Es hacer la llamada que he estado evitando. Son gestos pequeños, pero que mantienen un nivel de fricción que te recuerda que puedes elegir. Que no todo tiene que ser lo más fácil.

Porque la comodidad es adictiva. Cuanto más tienes, más necesitas. Y cuanto más necesitas, más difícil es moverse. La comodidad no te paraliza de golpe, se va instalando despacio. Y desde ahí, desde ese sitio blando y cálido, se hace muy difícil querer construir algo. Querer cambiar algo. Querer ser algo distinto a lo que ya eres.

El fondo de pantalla pixelado -como podría haber sido cualquier recordatorio- me ayuda a tomar pequeñas decisiones antes de que el piloto automático las tome por mí. No se trata de sufrir. Se trata de no apoltrarse. De mantener una pequeña molestia en el día a día que te recuerde que estás vivo, que tienes el mando, que las cosas no pasan solas.

Porque cuando son las distracciones las que llenan el tiempo y la comodidad la que marca el ritmo, ya no eres tú quien lleva las riendas.

La imagen pixelada me lo recuerda cada vez que miro el móvil. Está mal encuadrada. Lo sé. Y está bien que esté mal.

Embrace discomfort. Ahí es donde empieza la vida consciente.


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lunes, marzo 09, 2026

La peculiar contabilidad de Benjamin Franklin




Hace poco leí algo sobre Benjamin Franklin que me impactó. A los veinte años se propuso alcanzar la perfección moral. Y para intentarlo diseñó un sistema. Un sistema concreto, con libreta y todo.

Primero un poco de contexto. En Estados Unidos Franklin es una figura enorme. No fue presidente, pero está en el billete de 100 dólares, el de mayor valor. Y eso dice mucho. Los americanos lo consideran la primera encarnación del sueño americano: un tipo que nació sin dinero, con dos años de educación formal, y que a base de trabajo, curiosidad y disciplina se convirtió en impresor, científico, inventor, músico, escritor y uno de los fundadores del país. El self-made man antes de que existiera esa expresión. Se le apoda "The First American" por su temprana defensa de la unión de las trece colonias y por dar forma a la identidad estadounidense, enfocada en la superación personal, el trabajo duro y la austeridad. Su papel como embajador en Francia fue vital, ya que consiguió el apoyo militar y financiero francés sin el cual, según muchos historiadores, la Revolución Americana habría fracasado.

Benjamin Franklin participó en la redacción o firmó cuatro documentos fundamentales para la creación de Estados Unidos: la Declaración de Independencia (1776), el Tratado de Alianza con Francia (1778), el Tratado de París que puso fin a la guerra con Gran Bretaña (1783) y la Constitución de los Estados Unidos (1787), siendo la única persona que firmó los cuatro.

A lo que íbamos: con veinte años Franklin se planteó un proyecto que él mismo llamó "audaz y exigente": dominar sus costumbres, su entorno, sus propias inclinaciones. 

Para hacerlo eligió trece virtudes. Nada abstracto, cada una con una descripción concreta y aplicable:

1. Templanza. Come sin llegar al embotamiento. Bebe sin llegar a la euforia.

2. Silencio. No hables si no es para beneficiar a otros o a ti mismo. Evita las conversaciones vacías.

3. Orden. Cada cosa en su sitio. Cada asunto en su momento.

4. Determinación. Haz lo que debes hacer. Sin excusas, sin aplazarlo.

5. Frugalidad. No gastes dinero en lo que no aporta nada a nadie. No desperdicies nada.

6. Trabajo. No pierdas el tiempo. Haz siempre algo útil. Elimina lo innecesario.

7. Sinceridad. No engañes. Piensa con limpieza y actúa en consecuencia.

8. Justicia. No hagas daño a nadie, ni por acción ni por omisión.

9. Moderación. Evita los extremos. No te tomes las ofensas más en serio de lo que merecen.

10. Limpieza. Cuida tu cuerpo, tu ropa y tu entorno.

11. Tranquilidad. No te alteres por tonterías ni por cosas inevitables.

12. Castidad. Usa el sexo con cabeza, sin que te perjudique a ti ni a otros.

13. Humildad. Imita a Jesús y a Sócrates.

Pero lo que más me impactó no fue la lista. Fue el método.

Franklin sabía que intentar mejorar todo a la vez no funciona. Así que diseñó algo muy simple. Llevaba una libreta pequeña con trece páginas, una por virtud. En cada página había dibujado una tabla: siete columnas, una por cada día de la semana, y trece filas, una por cada virtud, marcada con su inicial.

Cada noche se sentaba, repasaba el día y ponía un punto negro en cada casilla donde había fallado. Un punto en la T si había comido de más. Un punto en la S si había dicho algo inútil. Un punto en la O si había dejado algo sin orden.

El objetivo era simple: mantener la página lo más limpia posible.

Además, cada semana tenía una virtud protagonista. Esa semana le prestaba atención especial, la ponía arriba del todo en la tabla y se esforzaba especialmente en ella. Las demás las seguía observando, pero sin esa misma exigencia.

Trece semanas para pasar por todas las virtudes. Al terminar, volvía a empezar desde la primera. Un ciclo tras otro, durante años.

Con el tiempo los puntos fueron disminuyendo. No desaparecieron, pero el progreso era visible y real.

Nunca llegó a la perfección que buscaba. Él mismo lo reconoció sin problema. Pero escribió que gracias a ese intento se convirtió en una persona mejor y más feliz de lo que habría sido sin él. Y sin duda le ayudó a ser la persona que fue. 

Lo que me parece brillante del sistema es su honestidad. No es autoayuda vacía. No hay promesas grandes ni motivación artificial. Es simplemente observarte cada día, apuntar tus fallos sin excusas y repetir el proceso.

Como un comerciante que lleva sus cuentas. De hecho eso es exactamente lo que Franklin era: un comerciante. Y trató su carácter con la misma lógica que sus negocios.

Una libreta. Una tabla. Un punto negro cuando fallas.

Y vuelta a empezar.

Hay que decir que el examen de conciencia cristiano es muy parecido, pero no exactamente lo mismo. El examen de conciencia existe en el cristianismo desde muy antiguo, básicamente desde los primeros monjes del desierto en el siglo IV. La idea es la misma: al final del día, repasas tu conducta, identificas dónde has fallado y te propones mejorar. San Ignacio de Loyola lo sistematizó en el siglo XVI dentro de sus Ejercicios Espirituales. Su método, que llamó el Examen, tiene cinco pasos: Dar gracias por el día, Pedir luz para verse con claridad, Repasar el día momento a momento, Reconocer los fallos con pesar, Propósito de mejorar al día siguiente. 

La diferencia clave con Franklin es el enfoque. El examen ignaciano busca ver dónde has estado cerca o lejos de Dios. El modelo de conducta es Jesucristo, no una lista de cosas. Es espiritual y relacional. El de Franklin es puramente práctico y secular, sin dimensión religiosa. Franklin no se pregunta si ha ofendido a Dios, se pregunta si ha sido eficiente, honesto y moderado. Uno examina sobre el amor a Dios y a los demás. El otro, sobre la eficacia. 

En el fondo los dos parten de la misma intuición: que sin observación consciente, no hay mejora posible. Y eso sirve para creyentes y para no creyentes.






























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sábado, febrero 28, 2026

Gratitud y esperanza: God is good all the time



Esta tarde, mientras corría, me ha venido un recuerdo de Kenia.

Sin buscarlo.

Sin estar pensando en nada especial.

De repente. Como un fogonazo.

Han pasado siete meses desde aquellos quince días allí, en julio. Estuve con 25 universitarios de Barcelona y otras ciudades de España haciendo un voluntariado en Mukuru, uno de los asentamientos informales más grandes de Nairobi, donde entre 500.000 y 700.000 personas viven hacinadas en apenas 2,5 km², en pequeñas chozas de chapa sin saneamiento adecuado, con acceso limitado a agua potable y expuestas a inundaciones, contaminación y graves riesgos sanitarios. En ese momento no hice grandes reflexiones. Viví lo que había delante: colegios en slums paupérrimos, centros de acogida, iglesias festivas, encuentros con niños huérfanos, profesores, voluntarios, familias. Fue intenso. No me dio demasiado tiempo para procesar. 

Pero hoy, corriendo, me ha vuelto con mucha claridad una escena que se repitió varias veces.

Cuando nos presentábamos por primera vez en los sitios, en un colegio, en un centro, en una iglesia hacíamos una pequeña ronda de presentaciones, para romper el hielo. 

Un niño pequeño se levantaba. O una chica adolescente. O un profesor. O alguien mayor. Y antes de decir su nombre, antes de explicar quién era o qué hacía, decía en voz alta:

— God is good all the time.

Y todos los demás —sus amigos, los otros niños, los huérfanos del centro, los profesores, la gente de la iglesia— respondían con naturalidad, con alegría:

— All the time, God is good.

Y entonces sí.

Después de eso, se presentaban. Decían su nombre.

Lo escuché en distintos lugares. No fue algo aislado. Era casi una manera cultural de empezar. Como si antes de hablar de uno mismo hubiera que afirmar algo más importante.

Primero, la bondad de Dios.

Luego, tu nombre.

En julio no lo analicé. Me impresionó, sí, pero no lo elaboré demasiado.

Hoy, corriendo, me ha venido el contraste.

Allí, en contextos objetivamente duros —pobreza real, historias de abandono, mucha precariedad— esa afirmación era el punto de partida.

Aquí, en cambio, vivimos con muchas más seguridades materiales, y sin embargo a veces se respira otra cosa: cansancio, queja, ansiedad, una especie de hastío difícil de explicar.

Uno podría pensar que repetir “Dios es bueno” es una forma fácil de consolarse. Un recurso psicológico. Una frase que ayuda a sobrellevar lo que duele.

Es posible. Sí.

Pero sinceramente, yo no lo viví como algo superficial. Hay sonrisas que no se pueden fingir. Hay miradas que no son impostadas. Hay una alegría que no parece autoengaño.

No vi ingenuidad. No vi desconexión del dolor. Vi personas muy conscientes de sus dificultades, pero apoyadas en algo más grande que sus circunstancias.

Y mientras hoy corría (¡lo que ayuda correr!) también me ha venido otra frase que escuché hace tiempo. Una persona le decía a otra:

“Si cuando llegas al final del día no encuentras nada que agradecer, es que te has equivocado. Has mirado mal. Vuelve a repasar el día.”

Me parece una idea buenísima.

Porque muchas veces no es que no existan motivos para agradecer. Es que estamos entrenados para fijarnos antes en lo que falta, en lo que salió mal, en lo que nos preocupa.

Quizá por eso aquella frase keniana me ha vuelto hoy con tanta fuerza.

No era solo creer en Dios.

Era creer en su bondad.

Afirmar que Dios es bueno incluso cuando pasan cosas durísimas. Incluso cuando no entiendes por qué sucede lo que sucede.

Cuando la esperanza depende solo de que todo salga bien —el trabajo, la salud, la economía, el entorno— cualquier grieta lo tambalea todo.

Cuando la esperanza está puesta en una bondad que no depende de las circunstancias, la interpretación cambia.

No desaparece el dolor.

Pero no lo ocupa todo.

Escribo esto porque me ayuda a ordenar lo que he sentido esta tarde. Porque a veces necesitamos poner palabras a los contrastes que llevamos dentro.

No tengo conclusiones cerradas.

Solo esta intuición sencilla: tal vez empezar diciendo “Dios es bueno siempre” cambia el lugar desde el que miramos el día.

Y quizá, si alguna noche no encontramos nada que agradecer, lo que necesitamos no es más cosas.

Es mirar otra vez.

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lunes, febrero 23, 2026

Las redes sociales han muerto y ni nos dimos cuenta




Las redes sociales han muerto. Al menos, tal y como las conocimos. Las plataformas que un día prometieron acercarnos, crear comunidad y facilitar la conversación se han transformado en algo distinto: sistemas diseñados para capturar nuestra atención, retenernos el mayor tiempo posible y monetizar cada segundo de nuestra mirada.

Durante los primeros años de Facebook, Instagram o incluso MySpace, la lógica era clara: trasladar nuestras relaciones humanas al espacio digital. Compartíamos fotos de momentos especiales, actualizábamos nuestro estado, hacíamos comentarios y, en muchos casos, interactuábamos con personas que conocíamos en la vida real. Había un carácter social genuino, una circulación de atención basada en vínculos existentes.

Hoy, en cambio, esa lógica se ha diluido. Las plataformas han pasado de ser redes entre personas conocidas a motores algorítmicos de recomendación de contenido. El objetivo principal ya no es facilitar la conexión entre amigos o familiares, sino mantenernos dentro de la plataforma el mayor tiempo posible. Los algoritmos priorizan los vídeos virales, el contenido que genera interacción rápida y continua, y aquello que puede convertir minutos de atención en ingresos publicitarios. En este nuevo paradigma, la conexión humana deja de ser el centro y se convierte en un subproducto de dinámicas diseñadas para enganchar.

Esto ha cambiado radicalmente la experiencia en línea. La interacción real y significativa está migrando a espacios más privados, como chats individuales o grupos cerrados, mientras que en el espacio público de las plataformas dominan los flujos de entretenimiento y consumo pasivo. Ya no navegamos para ver lo que han publicado nuestros conocidos; navegamos para que el sistema nos ofrezca contenido optimizado para nuestra atención.

El resultado es una ilusión de comunidad sostenida por algoritmos y métricas, más que por relaciones sociales auténticas. Las redes sociales, en su sentido original, han dejado de existir. Ahora interactuamos con plataformas que observan, predicen y explotan nuestros patrones de atención, más que con personas reales.

Quizá la pregunta no sea si las redes sociales están “muertas” en un sentido literal, sino si ha muerto la promesa original que un día trajeron: un espacio digital que nos conectara auténticamente con otras personas. Si entendemos que esa promesa ya no se cumple, entonces sí, podemos decir que las redes sociales como las concebimos han dejado de existir. Lo que tenemos ahora es otra cosa, y quizá es momento de repensar qué tipo de espacios digitales queremos construir y habitar, y dónde realmente encontramos conversación, comunidad y significado.


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lunes, febrero 16, 2026

Cuando la emoción secuestra la razón




Hay momentos en que la emoción secuestra la razón. No de forma violenta, sino silenciosa. Se instala en la conversación interior y empieza a dictar conclusiones que parecen lógicas, pero no lo son. 

Lo más sorprendente es que estos pensamientos no suelen presentarse como dudas, sino como certezas. 

Aparecen en forma de frases breves, automáticas, contundentes: 
— “No lo hago bien.” 
— “No soy capaz.” 
— “Siempre me pasa lo mismo.” 
— “Seguro que piensan mal de mí.” 

No pasan por el filtro de la lógica. No se someten a contraste. Simplemente aparecen… y se aceptan. A esto la psicología lo llama distorsiones cognitivas

No son mentiras conscientes. Son interpretaciones deformadas de la realidad, generadas por emociones negativas como el miedo, la inseguridad, la tristeza o la frustración. Y tienen una característica clave: parecen verdad. 

Existen muchos tipos de distorsiones cognitivas, pero todas comparten el mismo patrón: reducen la complejidad de la realidad y la sustituyen por una versión más simple… y más negativa. 

Una de las más frecuentes es el filtraje: la mente selecciona un detalle negativo e ignora todo lo positivo. Diez cosas han salido bien, una ha salido mal… y solo vemos esa una. 

Otra es el pensamiento polarizado: todo o nada. Blanco o negro. Éxito o fracaso. Sin matices. Sin términos medios. 

También está la sobregeneralización: un error puntual se convierte en una conclusión permanente. No es “esto no ha salido bien”. Es “nunca lo haré bien”. 

O la personalización, que nos hace creer que lo que ocurre a nuestro alrededor tiene que ver con nosotros, aunque no haya ninguna evidencia. 

Especialmente poderosa es el razonamiento emocional, que consiste en asumir que lo que sentimos es verdad simplemente porque lo sentimos. Si me siento inseguro, entonces debo ser inseguro. Si me siento incapaz, entonces debo ser incapaz. Pero sentir algo no lo convierte en verdad. Lo convierte en una experiencia. Y no es lo mismo. 

Otra distorsión frecuente es la interpretación del pensamiento. La mente cree saber lo que los demás piensan sin que hayan dicho nada. Una mirada, un silencio o un gesto se convierten en una conclusión negativa. No son hechos, son interpretaciones. Pero se viven como si fueran certezas.

Está también la culpabilidad, que hace que la persona se responsabilice de lo que no depende de ella, o que culpe a otros de su propio malestar. Se cargan pesos que no son propios, generando una sensación constante de deuda o injusticia.

Otra trampa es el “debería”. La mente impone normas rígidas sobre cómo uno mismo o los demás tendrían que actuar. Cuando la realidad no encaja con esas normas, aparece la frustración, el enfado o la culpa. El problema no es la realidad, sino la expectativa.

Las etiquetas globales reducen a la persona a un solo juicio negativo. Un error puntual deja de ser un hecho aislado y se convierte en una definición personal: “soy un fracaso”, “no valgo”. Se confunde lo que se hace con lo que se es.

También existe la necesidad constante de tener razón. La persona busca confirmar su punto de vista en lugar de comprender la realidad. Equivocarse se vive como una amenaza, no como una oportunidad de ajustar el propio juicio.

La falacia del cambio consiste en creer que el bienestar depende de que los demás cambien. Se deposita la propia paz en factores externos, fuera del propio control, generando frustración e impotencia.

Todos tenemos alguna vez alguno de estos pensamientos. Forman parte del funcionamiento normal de la mente. El problema no es que aparezcan. El problema es que se instalen. Que se conviertan en el tono habitual de nuestra conversación interior. Que operen sin ser cuestionados. Que pasen de ser pensamientos… a ser creencias. Porque cuando una persona cree algo, empieza a vivir como si fuera verdad. Y eso cambia todo. 

La madurez psicológica no consiste en no tener emociones negativas. Eso es imposible. Consiste en que la emoción no tenga la última palabra. La emoción informa. Pero no decide. La razón no elimina la emoción, pero la ordena. La pone en contexto. Le devuelve su proporción. Muchas veces el simple hecho de preguntarse: “¿Es esto objetivamente cierto, o es solo lo que siento ahora?” es suficiente para debilitar el hechizo. No se trata de negar lo que uno siente. Se trata de no confundirlo con la realidad. 

Descubrir estos mecanismos es profundamente liberador. Porque uno entiende que no todo lo que piensa es verdad. Que no todo lo que siente define quién es. Que no está obligado a obedecer cada pensamiento que aparece. A veces puede pasar que una tarde, una mañana, un día, una temporada, la guien ese tipo de distorsiones cognitivas, y eso enfada, o entristece, o paraliza. A mi me pasa. En ese momento hay que parar, analizar esos pensamientos y, si no acallarlos, sí neutralizarlos. Volver a la lógica. 

Es un ejercicio que, realizado una y otra vez, no nos hace personas más frías, sino más libres, personas que recuperan el gobierno sobre su vida interior, que dejan de reaccionar automáticamente a pensamientos que no han elegido conscientemente. Cuando la razón no está secuestrada por la emoción, decides mejor. Con más perspectiva. Con más verdad. Se reduce el ruido mental y la conversación interior deja de ser un lugar hostil.

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lunes, febrero 09, 2026

25 maneras para ser una persona con clase



Hace años, un buen amigo me recomendó la web Art of manliness. Te va a gustar —me dijo—. Tiene cosas con sentido común, pero bien explicadas. La guardé. La leí a ratos. Y estos días me he suscrito. Después de 6 o 7 años. A veces las cosas tardan tiempo. Os la recomiendo. 

Esta semana me llegó un artículo de la web que me encantó: 25 Ways to Be a Class Act.  El texto arranca recordando una frase que un entrenador repetía una y otra vez a sus jugadores de fútbol americano en el instituto: “Actúa con clase.” Nada de vacilar. Nada de celebrar humillando. Ayuda al rival a levantarse aunque te haya intentado arrancar la cabeza. No grites al árbitro. No lances el casco. Si ganas, compórtate como si ya hubieras estado ahí antes. Si pierdes, no montes el numerito. 

Clase.

Durante siglos, la clase tuvo que ver con el dinero, la cuna o el apellido. Pero desde finales del siglo XIX empezó a significar otra cosa: manera de estar, no de nacer. Hoy, tener clase es moverte por el mundo con dignidad, respeto y una calidez tranquila. Hacer la vida agradable a los demás. Es hacer lo correcto incluso cuando nadie te obliga. Es elevar un poco los lugares y las conversaciones por donde pasas. Y eso —dice el artículo— se nota en pequeñas cosas. Muy pequeñas. Pero constantes. 

Aquí van las 25.

25 gestos pequeños que dicen mucho de una persona con clase:

1. Saluda tú primero. 
No esperes. Mira a los ojos. Un “hola” sincero puede cambiar un día entero.

2. Usa el nombre de las personas y recuérdalo. 
No hace falta forzar. Pero recordar un nombre es recordar a la persona.

3. Sujeta la puerta al que viene detrás.
No es caballerosidad antigua: es humanidad básica.

4. Deja pasar en el tráfico.
Llegar 12 segundos antes no es una victoria moral.

5. Escribe notas de agradecimiento a mano.
En un mundo digital, el papel tiene algo de gesto noble.

6. No hables mal de otros a sus espaldas.
Si no lo dirías a la cara, no lo digas cuando no está.

7. Habla bien de otros cuando no están delante.
Es de lo más elegante que se puede hacer.

8. Recoge basura que no es tuya.
Deja los sitios mejor de como los encontraste.

9. Vístete acorde al lugar.
No por aparentar, sino por respeto a la ocasión.

10. Llega puntual.
El tiempo de los demás también vale.

11. Sé generoso en la conversación.
Pregunta, escucha, deja espacio. No todo va de ti.

12. Devuelve las cosas mejor de como te las prestaron.
Limpias, llenas, arregladas si hace falta.

13. Di “perdón” y “disculpa” sin excusas.
Sin “pero”. Sin letra pequeña.

14. Da buenas propinas cuando toca.
La generosidad cotidiana también educa el carácter.

15. Guarda el móvil cuando hablas con alguien.
La atención plena es una forma de respeto.

16. Cumple tu palabra, incluso en lo pequeño.
Si dices que llamas, llama.

17. No lo cuentes todo.
La discreción también es una virtud.

18. Reconoce el mérito ajeno.
Dar crédito no te empequeñece; te engrandece.

19. Mantén la dignidad cuando las cosas van mal.
Perder sin hacer ruido es una lección de vida.

20. Da salidas elegantes.
No arrincones a nadie. Deja que salven la cara.

21. Trata a los trabajadores de servicios como personas.
Míralos, agradéceles, no los ignores.

22. Queja privada y proporcional.
Los problemas se arreglan hablando, no exhibiendo.

23. No corrijas por ego.
Tener razón no siempre es lo más importante.

24. No presumas.
La seguridad no necesita aplausos.

25. Compórtate como un anfitrión en cualquier sitio.
Haz sentir cómodos a los demás, incluso cuando no es tu casa.

Buenísimos consejos para seguir. Me pongo a ello :D

La clase no se compra, no se hereda y no se publica en redes. 

Se practica. Cada día. En silencio.


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lunes, febrero 02, 2026

Abraham Lincoln: decenas de fracasos antes de ser presidente de EEUU y cambiar el mundo





Abraham Lincoln (nacido en 1809) asumió la presidencia de Estados Unidos en 1861, a los 52 años. Lo asesinaron al cabo de cuatro años, tras acabar la guerra. Antes de eso, su vida estuvo marcada por numerosos fracasos y reveses en lo personal, empresarial y político, lo que se ha convertido en un ejemplo clásico de perseverancia. 

Antes de 1860, en 1831 perdió su empleo. En 1832, fue derrotado en su primera candidatura en el estado de Illinois, en 1833 su nuevo negocio quebró y quedó endeudado por años (pagó las deudas lentamente). En 1835 murió su prometida Ann Rutledge (un golpe emocional profundo). En 1836 sufrió un grave episodio de depresión y algunos amigos temieron por su vida. 

En 1838 fue derrotado al intentar ser elegido presidente de la Cámara de Illinois. En 1843 fue derrotado en la nominación para el Congreso de EEUU por el Partido Whig. En 1848 perdió la renominación para su propio escaño en el Congreso (después de haber sido elegido en 1846). En 1849 fue rechazado para un puesto como comisionado de tierras (Land Officer) en el gobierno federal. En 1854 fue derrotado en su candidatura al Senado de EEUU. En 1856 fue derrotado en la nominación para vicepresidente en la convención republicana. En 1858 fue derrotado nuevamente para el Senado de EEUU. A eso se suman otros reveses, como la pérdida de su madre a los 9 años (1818), o el desalojo del hogar de su familia en varias ocasiones por deudas. O el fracaso como granjero. O los problemas de salud mental recurrentes .

Lincoln no se rindió pese a los golpes: cada fracaso lo fortaleció, le dio experiencia y lo preparó para liderar en la crisis más grave de EEUU, su guerra civil. Así lo decía él mismo: "mi gran preocupación no es fallar, sino no levantarme cada vez que fallo". Como contaba aquí, los humanos somos antifrágiles: crecemos y mejoramos con el riesgo, los reveses, los fracasos (y empeoramos cuando todo es fácil).

Cuando llegó a la presidencia, Lincoln cambió el mundo, principalmente por tres razones fundamentales, que transformaron no solo a Estados Unidos, sino que influyeron en la idea de libertad, democracia y derechos humanos en todo el planeta. 

Preservó la Unión y evitó la fragmentación de Estados Unidos. Cuando varios estados del sur se separaron para formar la Confederación (principalmente por defender la esclavitud), él se negó a aceptar la secesión. Su victoria aseguró que Estados Unidos siguiera siendo una nación indivisible. Esto fortaleció enormemente al país que luego se convertiría en la superpotencia que es, con enormes repercusiones geopolíticas mundiales.

Abolió la esclavitud en Estados Unidos. Aunque inicialmente su prioridad era preservar la Unión, emitió la Proclamación de Emancipación el 1 de enero de 1863, que declaró libres a millones de esclavos en el sur. Esto cambió el carácter de la guerra: pasó de ser una lucha por la unión a una por la libertad. Su liderazgo impulsó la Decimotercera Enmienda (ratificada en 1865), que prohibió la esclavitud en todo el territorio estadounidense de forma definitiva. La esclavitud era una institución aceptada en gran parte del mundo; su fin en la nación más poderosa aceleró el movimiento abolicionista global.

Redefinió la democracia moderna con ideas universales. En su famoso Discurso de Gettysburg (1863), Lincoln resumió los ideales fundacionales de Estados Unidos con la frase: "que este gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la tierra". También enfatizó la igualdad ("todos los hombres son creados iguales") y la libertad como principios universales. Estas palabras se convirtieron en un símbolo mundial de democracia, inspirando movimientos por los derechos civiles, la descolonización, la igualdad racial y la democracia en muchos países durante los siglos XIX, XX y XXI.

En resumen, Lincoln no solo salvó a un país de la desintegración y acabó con la esclavitud en una de las naciones más influyentes del mundo, sino que también dejó un legado de ideas que trascendieron fronteras y siguen siendo citadas hoy en día como inspiración global. Es considerado como uno de los líderes que más cambió el rumbo de la historia moderna, comparable en impacto a figuras como Washington. Su asesinato en 1865, justo al acabar la guerra, lo convirtió además en un mártir de esas causas.

El líder que fue Lincoln, el líder que tanto influyó en el mundo, no surgió de la nada. De la noche a la mañana. Apareció tras mucho esfuerzo, fracaso y perseverancia. Es un buen ejemplo de tenacidad. 


jueves, enero 29, 2026

Quien tiene la visión, tiene la misión





Este verano escuché una frase que me apunté porque me gustó: "quien tiene la visión, tiene la misión". 

Muchas veces se nos ocurren cosas que habría que cambiar, que no funcionan como están, que serían mejor de otra manera. Y muchas veces, aunque nos parezca increíble, eso o aquello no funciona o no se cambia o está mal porque nadie lo ha visto, porque nadie ha caído en que podría hacerse de otra manera. Sencillamente, entre las personas, somos distintos, pensamos distinto, tenemos distintas experiencias, y muchas veces vemos cosas que nadie más ve. 

Otras muchas veces lo que vemos nosotros que no funciona, lo ve todo el mundo, y aun así, "nadie hace nada". Es normal: es barato y fácil opinar o destruir, y más complicado es construir. 

En todo caso, tanto si nadie lo ve como si todo el mundo lo ve, la frase es buena y válida: "quien tiene la visión, tiene la misión". Cuando vemos algo que creemos que debería ser de otro modo, nos lo podemos tomar como misión, y arremangarnos. Así, poco a poco, las cosas se van arreglando, y dejamos un mundo mejor a los que vienen detrás. 


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lunes, enero 26, 2026

Exterior, elección y resultados. Tres paradigmas que nos hacen menos felices





Hace unos días estuve en una sesión con Aniceto Masferrer, profesor de Derecho en la Universidad de Valencia y divulgador y conferenciante sobre temas como el carácter, la libertad y la gestión de la vida entre gente joven (aquí va un link de su instagram).

Una de las ideas que me gustó es que decía que vivimos atrapados en tres paradigmas, en tres primacías que damos por buenas, como sociedad, cuando en realidad lo que nos hace crecer es justo lo contrario.

El primer paradigma en el que estamos anclados, es la primacía del exterior. Prestamos una atención enorme a lo visible: el cuerpo, la actividad, los logros, el reconocimiento. Y, sin embargo, lo decisivo es el interior

En esa sesión el ponente contó un mito sugerente, que como todo mito, ilustra asuntos complejos de manera simple: Zeus, Poseidón y ¿Hades? se preguntaban dónde esconder el secreto de la felicidad, para que los humanos nunca la encontrasen. "En la montaña más alta", propuso uno. "En el fondo del mar", dijo Poseidón. A lo que Zeus concluyó. "No, son demasiado aventureros, allí lo encontrarán. Lo esconderemos en el fondo de su corazón. Allí casi nunca llegan."

Cultivar la interioridad no es huir del mundo, es aprender a habitarlo mejor.

El segundo, es la primacía de la elección. Nos obsesiona elegir bien: estudios, trabajo, pareja, opciones.


Pero quizá lo verdaderamente decisivo no es tanto elegir como acoger lo que nos viene dado. Ser —decía Aniceto— buenos donatarios y para ser luego buenos donantes. Aceptar lo recibido (familia, talentos, límites, circunstancias) y sacarle partido, ponerlo en juego. No empezar siempre desde cero, sino desde lo dado. Esa misma idea se la volví a escuchar antes de ayer a Ana Iris Simón, en una conferencia en el Palacio de Vistalegre.

El tercero, por último, es la primacía de los resultados. Vivimos pendientes de métricas, éxitos, cifras, finales felices. Pero la vida no se juega ahí. Contaba Aniceto que lo importante es el proceso. Sembrar bien, cuidar lo que depende de uno, hacer lo correcto… y aceptar que los frutos no siempre se ven enseguida.

Quizá seremos más felices si miramos más estas tres primacías o paradigmas que no están tan de moda: menos exterior, menos control, menos obsesión por el resultado. Más interioridad, más acogida, más fidelidad al proceso. 


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martes, enero 20, 2026

Audacia y magnanimidad: dos grandes virtudes para recuperar





No nos falta información, ni diagnósticos, ni debates. Lo que nos empieza a escasear (¡a mi el primero!) son virtudes básicas para sacar las cosas adelante: audacia para arriesgar y magnanimidad para pensar en grande. Sin ellas, una sociedad puede volverse correcta y ordenada… pero también estéril. 

Durante mucho tiempo, muchas personas hicieron cosas importantes sin cobrar mucho, o directamente sin cobrar nada, por el bien común. Sacaron adelante proyectos educativos, sociales, culturales o empresariales con riesgo, esfuerzo y una fuerte conciencia de responsabilidad. No lo hicieron por ideología ni por reconocimiento, sino porque alguien tenía que hacerlo.

Quizá hoy nos hemos vuelto un poco funcionarios de la vida. Quizá el facilismo del que hablábamos en este post, fruto de una avalancha de la tecnologia nos ha llevado a medirlo todo en términos de seguridad, esfuerzo mínimo y retorno inmediato. Y así se van debilitando la audacia y la magnanimidad, junto con otras virtudes igual de necesarias: la generosidad y la gratuidad, que nos lleva a hacer cosas sin esperar nada a cambio. 

En Cataluña fuimos especialmente buenos en esto. La sociedad civil fuerte y el mundo sin ánimo de lucro pusieron en marcha muchas realidades valiosas, al margen del signo político. Muchas de las cosas que hoy funcionan nacieron así: por empuje, por compromiso y por amor a lo común. Grandes instituciones educativas, santarias, musicales, religiosas... incluso barrios enteros. 

Hoy, en cambio, parece que objetivos como el dinero o el partidismo pueden estar envenenándolo todo, reduciendo los proyectos a intereses y las iniciativas a bandos. Cuando eso pasa, se encoge el horizonte y se enfría el compromiso.

Quizá no se trate de grandes discursos, sino de volver a salir cada día de uno mismo: arriesgar un poco más, pensar un poco más alto y dar sin calcular tanto. Porque una sociedad no se sostiene solo con normas o balances, sino con personas capaces de apostar por los demás, incluso cuando no hay nada garantizado a cambio.

¿Cómo crecer cada día en audacia y magnanimidad?  

Podemos ganar en audacia haciendo pequeñas cosas incómodas cada día. No heroísmos, sino incomodidades conscientes: llamar a esa persona que llevamos semanas evitando, decir lo que pensamos con respeto cuando normalmente callamos. Empezar tarea sin esperar a tenerlo todo claro. Exponernos un poco más (escribir, proponer, decidir). La audacia crece por acumulación, no por golpes épicos. 

Hay que dejar de negociar tanto con nosotros mismos. La falta de audacia suele hablar con frases muy reconocibles: “¿Es realmente necesario?”, “¿y si no hace falta hacerlo tan bien?”, “ya lo haré mañana…”. No suenan a cobardía, sino a prudencia razonable. Y precisamente por eso funcionan. Cuando aparece esa voz, no es el momento de discutir con ella. Discutir es darle tiempo. Lo eficaz es actuar rápido, antes de que nos convenza. Mel Robbins lo explica bien cuando habla de una ventana de oportunidad: ese breve instante en el que una idea buena —para cambiar algo, para mejorar, para dar un paso— todavía está viva. Son esos 5, 4, 3, 2, 1 segundos, como una cuenta atrás de la NASA. Si actúas, la aprovechas. Si dudas, se cierra.

Y sobre todo, hay que tener esta regla clara en mente: si no da nada de miedo, probablemente es demasiado pequeño para ti.

Magnanimidad significa, literalmente, “alma grande”. No tiene que ver con creerse superior, sino con no conformarse con una vida pequeña. El magnánimo no vive obsesionado con protegerse, sino con estar a la altura de lo que vale la pena. 

Por eso, la magnanimidad siempre mira más allá del propio interés inmediato. No niega la prudencia ni el realismo, pero se niega a convertirlos en excusas. La magnanimidad no es ambición desordenada, no es afán de poder ni de reconocimiento, no es ir de salvador ni de héroe. La magnanimidad es silenciosa. Muchas veces pasa desapercibida porque no busca aplauso.

Una persona magnánima asume responsabilidades grandes cuando podría quedarse al margen, piensa a largo plazo, incluso cuando el beneficio inmediato es menor; invierte tiempo, energía o dinero en otros, sin garantías de retorno; apuesta por proyectos frágiles que merecen la pena aunque puedan fracasar. 

El magnánimo no pregunta primero “¿qué gano yo?”, sino “¿qué hace falta aquí?”.

Ejemplos claros de magnanimidad hoy son tener hijos, sabiendo que no es cómodo, que no se controla todo y que no hay rentabilidad. Crear una empresa o un proyecto social, arriesgando patrimonio, reputación y años de vida. Sostener una asociación, una escuela o una entidad sin ánimo de lucro durante décadas, sin foco mediático ni recompensa económica. Quedarse, cuando sería más fácil irse: en un barrio, en una comunidad, en una iniciativa común. Formar a otros sabiendo que quizá te superen o se vayan.

En todos esos casos hay algo en común: se renuncia a vivir solo para uno mismo.

Sin magnanimidad no hay bien común. Solo hay suma de intereses.

Y cuando nadie piensa en grande ni a largo plazo, alguien acaba pagando el coste: los jóvenes, los débiles, los que vienen detrás. Por eso, recuperar la magnanimidad no es un lujo moral. Es una necesidad social.

Para ganar en magnanimidad, nos tenemos que preguntar con frecuencia: ¿Estoy eligiendo esto porque es lo mejor… o porque es lo menos exigente? Ganar en magnanimidad empieza cuando no te conformas con la opción correcta pero pequeña, y te atreves a mirar la opción más grande, aunque complique la vida.

Hay cosas que ensancha el alma si se repiten: elegir lo que cuesta un poco más, hacer una llamada incómoda en vez de enviar un WhatsApp rápido, explicar algo con calma a alguien que va más lento, preparar mejor algo aunque “con lo justo” valdría, dar tiempo de calidad sin rentabilizarlo, quedarnos diez minutos más con alguien que necesita hablar, escuchar sin interrumpir ni pensar en qué vas a responder. acompañar a alguien aunque no te aporte nada, hacer algo bien cuando nadie lo verá, dejar un trabajo bien hecho aunque no se vaya a reconocer, ordenar, preparar o revisar algo que facilita la vida a otros, cumplir un compromiso pequeño con exactitud, ser generoso con un agradecimiento, ser claro y justo al reconocer el mérito ajeno, no regatear cuando sabes que el otro lo necesita más que tú.

También, en el trabajo, formar a alguien aunque no sea “productivo”, enseñar lo que sabes en vez de guardarlo, dar oportunidades a quien aún no rinde, corregir con paciencia, no solo con eficacia, asumir el marrón que nadie quiere, hacer la tarea ingrata, resolver el problema que todos esquivan, dar la cara cuando algo falla, pensar a largo plazo, tomar decisiones que no te benefician hoy, pero sí al equipo, invertir en calidad aunque cueste más ahora, priorizar personas frente a resultados inmediatos.

Y en la vida personal y familiar, estar cuando sería fácil desaparecer, no delegar siempre lo pesado, mantener una presencia constante, no solo brillante, cumplir cuando ya no apetece, elegir compromiso frente a comodidad, decir “sí” a algo que te ata pero construye, no huir de relaciones o responsabilidades exigentes, apostar por lo estable en un mundo de descartes, hacer algo sin contarlo, ayudar sin publicarlo, dar sin explicarlo, resolver sin reclamar crédito.

Cada día o cada semana podemos hacer una cosa que no nos compense: ni en dinero, ni en imagen, ni en control.

Si beneficia a otros y te cuesta un poco, estás entrenando la magnanimidad.

Y la pregunta aquí sería: ¿Esto que hago hoy facilita o dificulta la vida de otros mañana? La magnanimidad siempre introduce una variable que el ego no contempla: el futuro de otros.

De todos modos, no todo es empezar. Mucha magnanimidad está en continuar, perseverar, no abandonar cuando ya no motiva. Sostener en el tiempo es más magnánimo que inaugurar.

Si lo que hago es cómodo, seguro y solo para mi, no es magnanimidad. Si me saca de mi, me obliga a dar más y beneficia a otros, probablemente sí.

De vez en cuando hay que preguntarse ¿Con los dones que tengo, qué podría iniciar, solo o con otros -cuando iniciamos con otros suele ser mejor, porque llegamos más lejos- que pueda mejorar la vida de los demás? Si me sobra algo de tiempo (o aunque no me sobre, de entrada), ¿qué problema social me gustaría arreglar, aunque sea con un granito de arena de mi tiempo, mi conocimiento, mi dinero o mis habilidades?

Escribo el post para mi, para animarme a ser más audaz y magnánimo, para seguir el ejemplo de montones de personas que tengo a mi alrededor o que me han precedido, y que sostienen, con su esfuerzo y su sonrisa callada, nuestro mundo, haciendo de él un lugar mejor para vivir. 


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jueves, enero 15, 2026

Cuando el lenguaje deja de ser puente y se convierte en arma







"Hoy en día, el significado de las palabras es cada vez más fluido y los conceptos que representan son cada vez más ambiguos. El lenguaje ya no es el medio preferido por los seres humanos para conocerse y relacionarse entre sí. Además, en las contorsiones de la ambigüedad semántica, el lenguaje se está convirtiendo cada vez más en un arma con la cual engañar, o golpear y ofender a los oponentes. Las palabras deben volver a expresar ciertas realidades de forma inequívoca. Sólo así podrá reanudarse el diálogo auténtico sin malentendidos. Esto debería ocurrir en nuestros hogares y espacios públicos, en la política, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Del mismo modo, debería ocurrir en el contexto de las relaciones internacionales y el multilateralismo, para que este último pueda recuperar la fuerza precisa para desempeñar su papel de encuentro y mediación."

Son palabras del Papa León del pasado 9 de enero a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (se puede leer el discurso entero aquí. Es muy interesante y ha sido muy comentado en los medios y distintos foros). 

En ese discurso, el Papa habla del lenguaje (entre otras cosas), pero en realidad está hablando de algo mucho más hondo: de la posibilidad misma de convivir. Dice que el multilateralismo —y podríamos decir también la vida social, la política, la familia o la amistad— solo funciona si existe un lugar donde encontrarnos y dialogar. Como el foro romano o la plaza medieval. Pero para dialogar hace falta algo previo: ponernos de acuerdo en el significado de las palabras.

Y ahí señala uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Las palabras se han vuelto líquidas, ambiguas, discutibles. Han perdido su anclaje en la realidad. Cuando eso ocurre, no solo se empobrece el lenguaje: se rompe la comunicación humana. Una palabra es “líquida” cuando ya no nombra una realidad estable, sino que cambia de significado según quién la use, el contexto ideológico o la conveniencia del momento. No es que una palabra tenga matices —eso siempre ha pasado—, sino que se desconecta de la realidad y deja de significar algo compartido. El Papa recuerda a san Agustín, que decía que dos personas sin un idioma común pueden vivir juntas sin entenderse, y que incluso un hombre puede sentirse más cerca de su perro que de otro ser humano con el que no puede comunicarse

Muchas veces el lenguaje se vuelve ambiguo a propósito, para poder imponer sin parecer que se impone. Si una palabra no significa algo claro, se puede usar como arma: para confundir, imponer, descalificar o excluir. En nombre de la ambigüedad o de una supuesta inclusión, las palabras dejan de decir algo claro. Y sin palabras claras no hay diálogo verdadero, solo enfrentamiento o imposición.

El Papa va más allá y apunta una paradoja inquietante. Este vaciamiento del lenguaje se suele justificar en nombre de la libertad de expresión. Pero sucede justo lo contrario: la libertad de expresión solo es posible cuando las palabras tienen un significado cierto, cuando están ancladas en la verdad. Si todo es interpretable, si todo depende del marco ideológico del momento, la libertad se estrecha. Aparece un nuevo lenguaje, casi orwelliano, que pretende incluir a todos pero acaba excluyendo a quienes no se ajustan a él.

Una palabra es verdadera cuando remite a algo real, reconocible, compartible, aunque sea complejo o discutido. La realidad precede al lenguaje. El lenguaje no crea la realidad, la describe, la interpreta, la cuida.

Y las consecuencias de no hablar con un ancla en la verdad no son solo culturales. Afectan directamente a los derechos humanos. Se cuestiona la libertad de conciencia, la posibilidad de decir “no” cuando una ley o una práctica choca con convicciones morales profundas.  La libertad de conciencia se basa en poder decir “esto está bien”, “esto está mal”, “esto no puedo hacerlo” sin traicionarme. Pero para poder decirlo necesitamos palabras que signifiquen algo claro. Si las palabras están vaciadas, deformadas o redefinidas desde fuera, ya no puedes expresar tu conciencia. No porque te callen, sino porque te cambian el significado de lo que dices. Si una ley, una institución o una cultura dominante decide que esto ya no se llama así, esto otro no puede nombrarse de ese modo, o que usar ciertas palabras te convierte automáticamente en “culpable”, entonces tu conciencia queda desarmada. No puedes explicar por qué dices “no”, porque el lenguaje que usas ya ha sido redefinido contra ti.

La objeción de conciencia, recuerda el Papa, no es rebeldía: es fidelidad a uno mismo. Es un equilibrio necesario entre el bien común y la dignidad personal. Sin ese espacio, las sociedades tienden a la uniformidad y al autoritarismo, aunque se presenten como democráticas.

Algo parecido ocurre con la libertad religiosa, que —como recordaba Benedicto XVI— es el primero de los derechos humanos, porque toca el núcleo más profundo de la persona. Y, sin embargo, los datos muestran que cada vez más personas en el mundo sufren graves vulneraciones de este derecho. El Papa recuerda que el 64% de la población mundial sufre graves violaciones de este derecho.

El mensaje de fondo es claro y exigente. Sin palabras verdaderas, no hay diálogo; sin diálogo, no hay convivencia; y sin convivencia, solo queda la fuerza.


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miércoles, enero 14, 2026

De Grisáceo a Lucernarias: el post número 100.






Hoy no iba a publicar, pero los hechos se han precipitado, y aquí estamos. Hoy, en un mismo día, cambio de nombre del blog que pasa de llamarse "Grisáceo" a llamarse "Lucernarias", estreno un nuevo canal de Whatsapp y celebro una cifra redonda: este es el post número 100. 

Lo que ha motivado este post, de todos modos, es solo el cambio de nombre del blog. 

Siguiendo el consejo de mi madre, que casi siempre por no decir siempre tiene razón, dejo atrás un nombre gris para cambiarlo por un nombre luminoso. "Cambia el nombre del blog, Javi. Grisáceo es muy gris, triste, plomizo. Lo que tú escribes es luminoso". Como este blog tiene ya 18 años, la mayoría de edad, se ha ganado el derecho a cambiarse el nombre. Y así se llamará desde ahora: LUCERNARIAS. 

Ya os imagináis que en el universo de internet uno no puede usar el dominio que le venga en gana, porque algunos nombres ya están usados. Así que buscando un poco, he encontrado un nombre que me convence lo mismo que lucernario, que ya estaba usado. La palabra lucernaria, en femenino (y su plural lucernarias, está claro) es casi lo mismo, pero incluso mejor. 

Lucernaria es un sustantivo femenino con tres acepciones. Las tres me gustan. La primera acepción es "Lámpara pequeña que se enciende frente a un altar o sepulcro". La segunda, "Oficio vespertino en la liturgia de las horas de la iglesia cristiana" (cuyo sinónimo es vísperas). La tercera acepción es "Ventana situada en el techo, empleada para iluminar una habitación o para ventilarla" (algunos sinónimos son claraboya, lucernario, tragaluz). 

Si este blog puede servir para iluminar y ventilar las cabezas y los corazones, si ayuda a meditar o rezar o sirve para honrar a quienes nos han precedido, grandes maestros o no tan grandes, estaré bien contento.

Y esta última línea va para mi santa madre: tenías razón, este nombre de blog o cualquiera que no sea Grisáceo es mejor. Y aunque ya lo sepas, te lo digo: te quiero mucho, y doy gracias a Dios todos los días (siempre que me acuerdo) por los padres que me ha dado.