viernes, abril 17, 2026

Relaciones 80/80



Hace poco escuché un podcast en el que se hablaba sobre el libro The 80/80 Marriage. Habla sobre un tema muy interesante, el de las relaciones y el reparto de tareas. Habla sobre todo del matrimonio, pero es algo que puede servir para las relaciones en general, de amistad, en el trabajo, entre hermanos, entre socios, entre compañeros de piso, etc. 

Vamos a imaginarnos un sábado cualquiera. Has hecho la compra, has recogido un poco la casa y ves que aún quedan cosas. Y te sale solo: “ya estoy yo otra vez”. No hace falta decirlo en voz alta. Lo piensas. Y ahí empieza todo.

Durante años hemos comprado el 50/50 como lo justo. El reparto equitativo en casa. Pero en la práctica eso se convierte en contabilidad emocional: medir, comparar, acumular. Yo hice esto, tú no hiciste lo otro. Y sin darnos cuenta, la relación deja de ser equipo y pasa a ser una negociación constante.

La propuesta del libro es sencilla, pero tiene más fondo del que parece. Ellos lo llaman “generosidad radical”. Y se concreta en esa idea del 80/80: no como número exacto, sino como forma de estar. Cada uno decide dar más de lo que le toca. Dejar de pensar en qué es justo y empezar a pensar en qué suma.

Ahora bien, aquí hay una trampa habitual. Muchas relaciones no están en un 50/50. Están en un 70/30… o incluso en un 90/10. Y cuando alguien siente que está en ese 90, lo que quiere es equilibrio. Llegar al 50/50. Es lógico. El problema es que, si ese pasa a ser el objetivo, volvemos al mismo sitio: medir, comparar, negociar. Cambia el número, pero no cambia la lógica.

Y aquí es donde el 80/80 aporta algo interesante de verdad, porque no solo sirve para uno. Sirve para los dos.

Al que está en el 10 le espabila. Le saca de la comodidad del “yo ya hago bastante” y le obliga a mirarse de verdad.

Y al que está en el 90 le cambia el foco. Le propone salir del rol de víctima, dejar de llevar la cuenta, y volver a entrar en lógica de equipo. No para que siga cargando sin límite, sino para que deje de vivir la relación como una balanza constante.

En el fondo, es un cambio doble: uno sube, el otro deja de medir.

Y creo que eso tiene más fuerza porque no viene de una teoría abstracta. El libro lo escribe un matrimonio, Nate y Kaley Klemp. Es decir, esto no está pensado desde fuera, sino desde dentro de la propia tensión de convivir, de equivocarse, de ajustar.

Y aquí está lo importante: no empieza con una conversación, empieza contigo. Decidir que dejas de medir. Hacer algo que no te tocaría sin apuntártelo. No guardar pequeñas “facturas” para sacarlas luego. Cambiar ese piloto automático que te lleva a comparar todo el rato.

Luego sí tiene sentido hablarlo, pero desde otro lugar. No desde el “tú no haces”, sino desde el “creo que a veces entramos en una dinámica de medir que nos desgasta, y me gustaría probar algo distinto”.

En el día a día es bastante concreto: menos marcador, más equipo. Menos justicia exacta, más implicación real.

¿El riesgo? Que el otro no responda. Y aquí tampoco se trata de ser ingenuo. Ni de volver al 50/50 en cuanto no compensa, ni de aguantar sin decir nada. Se trata de mantener ese enfoque y, cuando haga falta, saber expresar lo que necesitas sin convertirlo en reproche.

No es una técnica. Es una forma de estar.

Porque el problema nunca fue repartir mal.
Fue pensar que una relación funciona como una balanza.

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