Hay una trampa en la que caemos más de lo que nos gustaría admitir. Miramos alrededor —en el trabajo, en el equipo, en una asociación, en una pandilla de amigos, en la familia— y nos comparamos. Vemos al que habla bien, al que siempre tiene algo interesante que decir, al que tira del grupo, al que parece tener un papel claro. Y entonces aparece esa pregunta que parece humilde, pero que muchas veces es el inicio de una retirada: ¿y yo qué pinto aquí?, ¿qué aporto yo?
Cuando esa pregunta no se encaja bien, no siempre lleva a una ruptura visible. A veces es algo mucho más sutil. Uno empieza a estar menos. Menos implicado, menos presente, menos dentro. Y ese hueco se rellena con otras cosas. Se alargan las jornadas laborales. Uno se queda más rato en el trabajo, casi con la excusa de que allí al menos está siendo útil. O se apunta a más cosas, o se queda más tiempo fuera. Y por debajo late un pensamiento que cuesta reconocer, pero que existe: total, en casa, para estar sin aportar nada, casi prefiero trabajar. Total, si no soy el más divertido, el que anima, el que levanta la conversación, ¿qué diferencia hay entre que esté o no?
El error está en pensar que aportar es sinónimo de brillar. Que solo cuenta lo visible: tener ideas, tener carisma, hacer reír, liderar, resolver. Pero la mayoría de los grupos, y una familia de manera muy especial, no se sostienen solo por eso. Se sostienen por algo mucho más sencillo y mucho más hondo: la presencia. El que está, sostiene. No siempre el que más destaca, sino muchas veces el que aparece. El que está cuando toca y cuando no toca. El que no desaparece porque ese día no tiene nada brillante que ofrecer.
Claro que estar no es simplemente ocupar una silla. No se trata de presencia física sin alma. Estar es mirar a los ojos. Es escuchar. Es acordarte de lo que te contaron la última vez. Es notar cuándo alguien no está bien. Es quedarte un poco más aunque no haya un plan espectacular. Es no vivir con la prisa constante de escaparte en cuanto termina lo obligatorio. Ese tipo de presencia parece pequeña, pero va creando algo decisivo: un clima, una seguridad, una sensación de hogar, de equipo, de pertenencia.
Hace poco leí un texto interesante. Hablaba de esa tentación de desistir que siente quien lleva tiempo estando sin saber muy bien si sirve de algo, sin ver resultados claros, sin recibir reconocimiento, casi dudando de si su presencia cambia algo. Y decía algo muy sencillo: una cerilla quizá no ilumina toda la habitación, pero todos en la habitación pueden verla. Me parece una imagen buenísima. Porque a veces uno piensa que, si no cambia el ambiente entero, si no transforma la situación, si no hace algo grande, entonces no está aportando nada. Y no es verdad. A veces la luz es pequeña, pero se ve. A veces la presencia parece modesta, pero llega. A veces uno no sostiene todo, pero sí señala algo importante: aquí hay alguien que no se ha ido, aquí hay alguien que sigue estando. Y eso, el dar ejemplo, es fundamental.
Ese mismo texto añadía otra idea todavía más bonita: puede haber muchas personas que no se vean capaces de imitar del todo ese ejemplo, el de la pequeña cerilla que da luz, y además, seguro que la mayoría de las personas no le dirá nunca nada a esa lucecilla sobre lo inspiradora que es. Sin embargo, esas personas sí saben que querrían seguir su ejemplo en la medida en que puedan. Es decir, que la constancia silenciosa de una persona no solo acompaña: también tira de otros hacia arriba. No hace ruido, no presume, no arrastra desde el protagonismo. Pero eleva. Marca un camino. Da ejemplo sin casi saberlo.
En una familia esto es especialmente real. Porque estar en casa cuando uno siente que no tiene nada espectacular que aportar no es tiempo muerto. Es quizá una de las formas más hondas de educar. Estás enseñando, sin discursos, que las personas merecen tiempo. Que no todo en la vida depende del rendimiento. Que no hace falta ser el más ingenioso, el más simpático o el más interesante para tener valor. Que a veces querer a alguien consiste, sobre todo, en estar.
Habrá días en los que no tengas nada brillante que decir. Días en los que no estés fino. Días en los que no seas el que anima el ambiente ni el que tiene la gran conversación. Y, sin embargo, precisamente esos días tu presencia puede valer muchísimo. Porque tu presencia no es neutra. Sostiene, acompaña, da paz, da ejemplo. Muchas veces bastante más de lo que tú mismo alcanzas a ver.
Por eso quizá conviene cambiar la pregunta. No tanto preguntarse qué aporto, sino si estoy. Porque estar no es poca cosa. Muchas veces es lo más importante que puedes dar.
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1 comentario:
Genial, Javi.Gracias.
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