miércoles, abril 01, 2026

Noelia Castillo y lo que el Estado no puede y sí puede dar



Noelia Castillo -descanse en paz- tenía 25 años cuando recibió la eutanasia en su habitación de la residencia sociosanitaria de Sant Pere de Ribes, el 26 de marzo de 2026. Era la paciente más joven en recibir este procedimiento en España. Su historia ha conmocionado al país. Y ha generado, como era previsible, una tormenta política. Unos aplauden. Otros se escandalizan. Todos, en el fondo, intuyen que algo ha fallado. Tienen razón. Pero quizás no están señalando el lugar correcto.

Noelia se crió en una familia desestructurada, lo que la llevó a pasar gran parte de su infancia y adolescencia en centros de menores. Según su propio testimonio, su infancia tuvo momentos de felicidad genuina, pero el cambio llegó en la adolescencia, cuando se encadenaron circunstancias que alteraron su entorno por completo. Entre los episodios más traumáticos que ella misma relató, hay dos agresiones sexuales que identificó como momentos clave en su historia personal: una en el ámbito de una relación de pareja, y otra de carácter múltiple que no llegó a denunciar. La acumulación de estas experiencias desembocó en varios intentos de suicidio. En uno de ellos, en 2022, se precipitó desde un quinto piso, y ese hecho la dejó en situación de paraplejia. 

Las secuelas fueron gravísimas. A eso se sumaba un trastorno mental severo que la hundía en depresiones profundas. Y, sobre todo, una soledad que ella misma describió con palabras que duelen: "Siempre me he sentido sola, nunca me he sentido comprendida y nunca han empatizado conmigo." 

Lo que el Estado puede dar, y lo que no

Mucha gente se ha escandalizado de que el Estado no haya puesto todos los remedios antes de llegar a este desenlace. Y tienen razón en hacerlo. El caso refleja un fracaso social: una joven con una lesión medular importante que podría vivir, pero que pide acabar con su vida por sufrimiento psíquico y existencial. Lo paradójico, dice, es que el Estado ayuda a esa persona a morir en vez de proporcionarle los recursos socioeconómicos y psicológicos para vivir. 

Es una crítica legítima. Pero conviene ir un paso más allá.

El Estado puede —y debe— dar justicia. Puede crear sistemas de protección, redes de apoyo, recursos psicológicos, leyes que protejan a los más vulnerables. Todo eso es importante, es el primer paso, es imprescindible. Pero la justicia, sola, no basta. Las personas no vivimos bien solo con justicia. Necesitamos algo más: necesitamos amor. Y el amor incondicional —ese que no depende de si estás sano, de si eres útil, de si estás en tu mejor momento— no lo puede legislar ningún parlamento ni administrar ninguna burocracia.

Esto no es una crítica al Estado como tal. Es reconocer sus límites estructurales. El Estado puede ser más o menos eficiente, más o menos generoso. Pero nunca podrá sustituir a un familiar o amigo que te abraza cuando estás roto, que se queda a tu lado cuando todo falla, a una familia que te dice "te quiero aunque no te entienda."

Million Dollar Baby y una lección de los primeros 2000

Hace veinte años vi Million Dollar Baby en un cinefórum con el catedrático de cine José María Caparrós. Al inicio del debate, después de ver la película, dijo que aquella historia era, en el fondo, una película sobre la familia. Yo lo escuché con escepticismo: "¿La familia? Esto es una película sobre la eutanasia", pensé. Tenía razón él, no yo. Porque la protagonista no quiere morir por su lesión. Quiere morir porque su familia no la quiere como ella necesita ser querida. Quiere morir porque descubre que para los suyos ella es prescindible. 

El caso de Noelia guarda ese mismo eco. No estoy juzgando a su familia: no sé lo que vivieron, no conozco sus circunstancias, no tengo derecho a condenarlos. Pero sí puedo decir lo que ella misma expresó: "Ya no puedo más con esta familia, no puedo más con los dolores, no puedo más con todo lo que me atormenta en la cabeza." El sufrimiento físico era real e irreversible. Pero la soledad existencial lo atravesaba todo.

El individualismo y sus víctimas

Vivimos en una época que ha elevado la autonomía individual a valor supremo. Cada uno es libre de elegir su camino, su identidad, su forma de vida, su muerte. Y esa libertad tiene un precio que raramente sale en los titulares: la soledad.

Recuerdo haber estado en el King's College de Londres hace unos años. La persona responsable de la experiencia estudiantil me dijo que el problema más grave que enfrentaban era la isolation: la soledad de los estudiantes en una ciudad de millones de personas. Tenían ciento treinta psicólogos en plantilla. Ciento treinta. En una de las mejores universidades del mundo, rodeados de oportunidades y estímulos, los jóvenes se morían de soledad.

Noelia Castillo también se murió de soledad. No solo de paraplejia.

Lo que sí podemos esperar del sistema

Dicho todo esto, sí hay cosas legítimas que podemos —y debemos— exigir al Estado. No amor, que no puede darnos. Pero sí condiciones para que el amor sea posible.

Podemos exigirle que proteja y facilite la estabilidad familiar. Que las leyes no debiliten el vínculo entre padres e hijos. Que haya tiempo real para la paternidad y la maternidad, no solo en el papel sino en la práctica económica y laboral. Que cuando un sistema de protección de menores acoge a un niño, ese niño esté realmente protegido, no simplemente custodiado.

Y también podemos preguntarnos, como sociedad, si hemos normalizado demasiado la ruptura. No se trata de juzgar a quienes se separan: las situaciones personales son complejas y a menudo dolorosas. Pero cuando una ley convierte en sencillo lo que debería ser difícil, cuando facilita resolver con rapidez lo que requeriría esfuerzo y acompañamiento, algo importante se pierde. Cuando una ley te dice que es bueno -y fácil- romper un vínculo, creo que tenemos un problema. Las leyes no son neutras, sino que tienen una vertiente educativa, y en tanto que algo se permite, la sociedad puede percibirlo como bueno, o al menos como normal. Es verdad que una ley no puede fortalecer los vínculos, pero legislar a favor del divorcio nos trajo vínculos débiles de inicio. Con el tiempo, socialmente, el matrimonio ha dejado de ser una institución fuerte, para siempre. Y, para las parejas que tienen hijos, eso es mortal, porque ser padre o madre no es un estado civil: es para siempre. Y digan lo que digan, la separación o incluso el odio entre los padres, como parecía ser el caso de Noelia, es debastador para los hijos. 

Del sistema, además, podemos esperar que no tire la toalla. Da la impresión de que, justamente como el Estado no puede entregar amor sino solo justicia, se limpia las manos ante la pandemia social de la soledad, frente a la cual no puede hacer mucho. El Estado suple donde no llega la familia, pero si no hay familia en absoluto, o está muy rota, o la soledad es una pandemia, el Estado poco puede hacer, porque tarde o temprano se quedará sin recursos. En ese contexto, la eutanasia, una ley reciente, es una patada adelante del sistema. "Si no lo puedo solucionar, al menos, que sea rápido", parece decir. Pero como he dicho antes, la ley tiene una vertiente educativa, y si se legisla con una ley como la eutanasia, el Estado está diciendo que es bueno matar, primero con muchas salvedades, y más adelante, con cualquier excusa, como en este caso: más que ante un caso de eutanasia nos encontramos ante un suicidio asistido. ¿En qué se diferencia la inyección letal de hace unos días del intento de suicidio que tuvo hace dos años Noelia? En que este último es legal, amparado por la ley. Claramente, esta no es una ley buena, aunque se haya vestido de "muerte digna". Lo digno, por parte del Estado, hubiese sido poner los medios para que Noelia tuviese una vida digna. La paradoja es evidente: un Estado que se define por proteger derechos acaba legislando el único derecho que, una vez ejercido, hace imposibles todos los demás. La vida no es uno más entre los derechos fundamentales: es la condición de todos ellos. Proteger el derecho a morir cuando nadie ha garantizado el derecho a vivir dignamente no es un avance. Es una rendición.

Un paso atrás para ver mejor

La historia de Noelia Castillo merece algo más que un debate político sobre la eutanasia. Merece que nos preguntemos qué tipo de sociedad estamos construyendo. Una en la que una joven de 25 años, con toda una vida por delante, puede llegar a sentir que nadie la necesita, que nadie la quiere incondicionalmente, que lo único que le queda es pedir que la dejen marchar.

No podemos interpelar solo al Estado, sino a cada uno de nosotros. Es verdad que las políticas y la cultura que el propio Estado ha promovido durante décadas han ido erosionando los espacios donde esa misericordia podría haber nacido. También lo es que depende de nosotros que no vaya a más. 

Primero, fortaleciendo los vínculos familiares, cuidando a los más vulnerables de nuestro entorno, estando presentes de verdad en la vida de quienes nos necesitan: eso no lo puede legislar ningún gobierno. Lo tenemos que hacer nosotros. 

Y segundo, intentando que se legisle de una manera distinta. La autonomía absoluta no es propia de nuestra especie. Somos dependientes: los hijos de los padres, los mayores de los menores, los unos de los otros. Vivimos en sociedad. Haríamos bien en parar un poco y repensar todas las leyes que se han dictado para aumentar el individualismo y la ruptura del vínculo. Más que progreso, nos han traído regresión e inhumanidad. 

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