lunes, abril 20, 2026

La vida de Chuck: una celebración del poder de decidir



El sábado vi la película 'La vida de Chuck', recomendada en un canal de whatsapp que sigo. A mi enteneder, es una película que celebra algo muy simple y a la vez muy profundo: el poder de las decisiones como uno de los actos más humanos o el más humano que tenemos. 

Contada de forma onírica y original, la cinta muestra la vida de un hombre corriente de una manera especial y brillante. No recurre al dramatismo fácil ni al terror típico de Stephen King, autor de la novela en la que se inspira. En cambio, se convierte en una reflexión serena sobre cómo las pequeñas elecciones diarias van definiendo quiénes somos.

En la película, a parte del poder de las decisiones, hay dos temáticas que, en distintas conversaciones largas, aparecen recurrentemente y me he preguntado cómo suman a ese mensaje principal. El primer tema viene de Carl Sagan: si condensamos toda la historia del universo en un año, la especie humana aparece apenas veinte segundos antes de medianoche del 31 de diciembre. Somos casi nada en la escala del cosmos. El segundo es que el universo tiene una lógica, un lenguaje: las matemáticas explican los ritmos, las distancias, los movimientos, hasta la belleza de un baile. Todo parece medible, calculable, predecible. La película le da una vuelta magistral a esos dos temas: somos más que una insignificancia y más que matemáticas.  

Pensando sobre estos temas, y en la conexión que tienen con las decisiones, me acordé de una conversación que tuve con un amigo hace unos diez años. Hablábamos del cosmos, de la inmensidad de la vía láctea, de los millones de años de historia del universo. Y le dije, sin pensar: todo eso es real y es fascinante, pero no es lo que mueve el mundo. Lo que mueve el mundo es el amor. No estamos en manos de fórmulas, sino en manos del amor de Dios, que decide que es bueno que existamos. No por necesidad, no por lógica, sino porque nos ama. Y eso no cabe en ninguna ecuación. Ahí está: la decisión, de amor, en este caso de Dios. 

No somos insignificantes, porque Dios ha decidido que valemos la pena. Cada vida, por breve que sea en la escala del universo, es preciosa a sus ojos. Y si nos ama así, tiene sentido lo que sigue: que nos haya dejado en manos de nuestra propia decisión. Estamos hechos a su imagen y semejanza: él escoge querernos y crearnos y nosotros podemos volver a Él del mismo modo, escogiendo. Como dice la Escritura: "Elige la vida, para que vivas" (Dt 30,19). El amor no anula la libertad, la funda. Me gusta esa frase de San Agustín: "Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti". 

El catolicismo lo expresa con precisión: la libertad es el poder de disponer de nosotros mismos a través de la razón y la voluntad. No significa hacer lo que nos apetece, sino elegir el bien verdadero. Cada decisión libre nos hace responsables, nos permite colaborar con la gracia y nos va configurando poco a poco. Decisiones libres llenas de amor: eso es lo que nos hace más humanos, y más divinos.

La vida de Chuck no predica nada de esto, expresamente, pero lo celebra. Muestra que en cada persona hay un universo de momentos y conexiones, y que vale la pena habitarlo con intención. Al salir me quedé con una idea clara: es fácil enfocarnos en lo que no controlamos y olvidar lo único que sí depende de nosotros: nuestra respuesta diaria. Incluso cuando todo parece frágil, seguimos teniendo el poder más importante: la libertad de elegir la vida. Y cuanto más amor haya en esas decisiones, más plena será nuestra existencia.

No es una cinta perfecta, pero es honesta y tiene una belleza tranquila que se queda contigo. Si buscas una historia que invite a reflexionar sin imponer nada, esta cumple muy bien.

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viernes, abril 17, 2026

Relaciones 80/80



Hace poco escuché un podcast en el que se hablaba sobre el libro The 80/80 Marriage. Habla sobre un tema muy interesante, el de las relaciones y el reparto de tareas. Habla sobre todo del matrimonio, pero es algo que puede servir para las relaciones en general, de amistad, en el trabajo, entre hermanos, entre socios, entre compañeros de piso, etc. 

Vamos a imaginarnos un sábado cualquiera. Has hecho la compra, has recogido un poco la casa y ves que aún quedan cosas. Y te sale solo: “ya estoy yo otra vez”. No hace falta decirlo en voz alta. Lo piensas. Y ahí empieza todo.

Durante años hemos comprado el 50/50 como lo justo. El reparto equitativo en casa. Pero en la práctica eso se convierte en contabilidad emocional: medir, comparar, acumular. Yo hice esto, tú no hiciste lo otro. Y sin darnos cuenta, la relación deja de ser equipo y pasa a ser una negociación constante.

La propuesta del libro es sencilla, pero tiene más fondo del que parece. Ellos lo llaman “generosidad radical”. Y se concreta en esa idea del 80/80: no como número exacto, sino como forma de estar. Cada uno decide dar más de lo que le toca. Dejar de pensar en qué es justo y empezar a pensar en qué suma.

Ahora bien, aquí hay una trampa habitual. Muchas relaciones no están en un 50/50. Están en un 70/30… o incluso en un 90/10. Y cuando alguien siente que está en ese 90, lo que quiere es equilibrio. Llegar al 50/50. Es lógico. El problema es que, si ese pasa a ser el objetivo, volvemos al mismo sitio: medir, comparar, negociar. Cambia el número, pero no cambia la lógica.

Y aquí es donde el 80/80 aporta algo interesante de verdad, porque no solo sirve para uno. Sirve para los dos.

Al que está en el 10 le espabila. Le saca de la comodidad del “yo ya hago bastante” y le obliga a mirarse de verdad.

Y al que está en el 90 le cambia el foco. Le propone salir del rol de víctima, dejar de llevar la cuenta, y volver a entrar en lógica de equipo. No para que siga cargando sin límite, sino para que deje de vivir la relación como una balanza constante.

En el fondo, es un cambio doble: uno sube, el otro deja de medir.

Y creo que eso tiene más fuerza porque no viene de una teoría abstracta. El libro lo escribe un matrimonio, Nate y Kaley Klemp. Es decir, esto no está pensado desde fuera, sino desde dentro de la propia tensión de convivir, de equivocarse, de ajustar.

Y aquí está lo importante: no empieza con una conversación, empieza contigo. Decidir que dejas de medir. Hacer algo que no te tocaría sin apuntártelo. No guardar pequeñas “facturas” para sacarlas luego. Cambiar ese piloto automático que te lleva a comparar todo el rato.

Luego sí tiene sentido hablarlo, pero desde otro lugar. No desde el “tú no haces”, sino desde el “creo que a veces entramos en una dinámica de medir que nos desgasta, y me gustaría probar algo distinto”.

En el día a día es bastante concreto: menos marcador, más equipo. Menos justicia exacta, más implicación real.

¿El riesgo? Que el otro no responda. Y aquí tampoco se trata de ser ingenuo. Ni de volver al 50/50 en cuanto no compensa, ni de aguantar sin decir nada. Se trata de mantener ese enfoque y, cuando haga falta, saber expresar lo que necesitas sin convertirlo en reproche.

No es una técnica. Es una forma de estar.

Porque el problema nunca fue repartir mal.
Fue pensar que una relación funciona como una balanza.

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lunes, abril 06, 2026

El superpoder de estar


Hay una trampa en la que caemos más de lo que nos gustaría admitir. Miramos alrededor —en el trabajo, en el equipo, en una asociación, en una pandilla de amigos, en la familia— y nos comparamos. Vemos al que habla bien, al que siempre tiene algo interesante que decir, al que tira del grupo, al que parece tener un papel claro. Y entonces aparece esa pregunta que parece humilde, pero que muchas veces es el inicio de una retirada: ¿y yo qué pinto aquí?, ¿qué aporto yo?

Cuando esa pregunta no se encaja bien, no siempre lleva a una ruptura visible. A veces es algo mucho más sutil. Uno empieza a estar menos. Menos implicado, menos presente, menos dentro. Y ese hueco se rellena con otras cosas. Se alargan las jornadas laborales. Uno se queda más rato en el trabajo, casi con la excusa de que allí al menos está siendo útil. O se apunta a más cosas, o se queda más tiempo fuera. Y por debajo late un pensamiento que cuesta reconocer, pero que existe: total, en casa, para estar sin aportar nada, casi prefiero trabajar. Total, si no soy el más divertido, el que anima, el que levanta la conversación, ¿qué diferencia hay entre que esté o no?

El error está en pensar que aportar es sinónimo de brillar. Que solo cuenta lo visible: tener ideas, tener carisma, hacer reír, liderar, resolver. Pero la mayoría de los grupos, y una familia de manera muy especial, no se sostienen solo por eso. Se sostienen por algo mucho más sencillo y mucho más hondo: la presencia. El que está, sostiene. No siempre el que más destaca, sino muchas veces el que aparece. El que está cuando toca y cuando no toca. El que no desaparece porque ese día no tiene nada brillante que ofrecer.

Claro que estar no es simplemente ocupar una silla. No se trata de presencia física sin alma. Estar es mirar a los ojos. Es escuchar. Es acordarte de lo que te contaron la última vez. Es notar cuándo alguien no está bien. Es quedarte un poco más aunque no haya un plan espectacular. Es no vivir con la prisa constante de escaparte en cuanto termina lo obligatorio. Ese tipo de presencia parece pequeña, pero va creando algo decisivo: un clima, una seguridad, una sensación de hogar, de equipo, de pertenencia.

Hace poco leí un texto interesante. Hablaba de esa tentación de desistir que siente quien lleva tiempo estando sin saber muy bien si sirve de algo, sin ver resultados claros, sin recibir reconocimiento, casi dudando de si su presencia cambia algo. Y decía algo muy sencillo: una cerilla quizá no ilumina toda la habitación, pero todos en la habitación pueden verla. Me parece una imagen buenísima. Porque a veces uno piensa que, si no cambia el ambiente entero, si no transforma la situación, si no hace algo grande, entonces no está aportando nada. Y no es verdad. A veces la luz es pequeña, pero se ve. A veces la presencia parece modesta, pero llega. A veces uno no sostiene todo, pero sí señala algo importante: aquí hay alguien que no se ha ido, aquí hay alguien que sigue estando. Y eso, el dar ejemplo, es fundamental. 

Ese mismo texto añadía otra idea todavía más bonita: puede haber muchas personas que no se vean capaces de imitar del todo ese ejemplo, el de la pequeña cerilla que da luz, y además, seguro que la mayoría de las personas no le dirá nunca nada a esa lucecilla sobre lo inspiradora que es. Sin embargo, esas personas sí saben que querrían seguir su ejemplo en la medida en que puedan. Es decir, que la constancia silenciosa de una persona no solo acompaña: también tira de otros hacia arriba. No hace ruido, no presume, no arrastra desde el protagonismo. Pero eleva. Marca un camino. Da ejemplo sin casi saberlo.

En una familia esto es especialmente real. Porque estar en casa cuando uno siente que no tiene nada espectacular que aportar no es tiempo muerto. Es quizá una de las formas más hondas de educar. Estás enseñando, sin discursos, que las personas merecen tiempo. Que no todo en la vida depende del rendimiento. Que no hace falta ser el más ingenioso, el más simpático o el más interesante para tener valor. Que a veces querer a alguien consiste, sobre todo, en estar.

Habrá días en los que no tengas nada brillante que decir. Días en los que no estés fino. Días en los que no seas el que anima el ambiente ni el que tiene la gran conversación. Y, sin embargo, precisamente esos días tu presencia puede valer muchísimo. Porque tu presencia no es neutra. Sostiene, acompaña, da paz, da ejemplo. Muchas veces bastante más de lo que tú mismo alcanzas a ver.

Por eso quizá conviene cambiar la pregunta. No tanto preguntarse qué aporto, sino si estoy. Porque estar no es poca cosa. Muchas veces es lo más importante que puedes dar.

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miércoles, abril 01, 2026

Noelia Castillo y lo que el Estado no puede y sí puede dar



Noelia Castillo -descanse en paz- tenía 25 años cuando recibió la eutanasia en su habitación de la residencia sociosanitaria de Sant Pere de Ribes, el 26 de marzo de 2026. Era la paciente más joven en recibir este procedimiento en España. Su historia ha conmocionado al país. Y ha generado, como era previsible, una tormenta política. Unos aplauden. Otros se escandalizan. Todos, en el fondo, intuyen que algo ha fallado. Tienen razón. Pero quizás no están señalando el lugar correcto.

Noelia se crió en una familia desestructurada, lo que la llevó a pasar gran parte de su infancia y adolescencia en centros de menores. Según su propio testimonio, su infancia tuvo momentos de felicidad genuina, pero el cambio llegó en la adolescencia, cuando se encadenaron circunstancias que alteraron su entorno por completo. Entre los episodios más traumáticos que ella misma relató, hay dos agresiones sexuales que identificó como momentos clave en su historia personal: una en el ámbito de una relación de pareja, y otra de carácter múltiple que no llegó a denunciar. La acumulación de estas experiencias desembocó en varios intentos de suicidio. En uno de ellos, en 2022, se precipitó desde un quinto piso, y ese hecho la dejó en situación de paraplejia. 

Las secuelas fueron gravísimas. A eso se sumaba un trastorno mental severo que la hundía en depresiones profundas. Y, sobre todo, una soledad que ella misma describió con palabras que duelen: "Siempre me he sentido sola, nunca me he sentido comprendida y nunca han empatizado conmigo." 

Lo que el Estado puede dar, y lo que no

Mucha gente se ha escandalizado de que el Estado no haya puesto todos los remedios antes de llegar a este desenlace. Y tienen razón en hacerlo. El caso refleja un fracaso social: una joven con una lesión medular importante que podría vivir, pero que pide acabar con su vida por sufrimiento psíquico y existencial. Lo paradójico, dice, es que el Estado ayuda a esa persona a morir en vez de proporcionarle los recursos socioeconómicos y psicológicos para vivir. 

Es una crítica legítima. Pero conviene ir un paso más allá.

El Estado puede —y debe— dar justicia. Puede crear sistemas de protección, redes de apoyo, recursos psicológicos, leyes que protejan a los más vulnerables. Todo eso es importante, es el primer paso, es imprescindible. Pero la justicia, sola, no basta. Las personas no vivimos bien solo con justicia. Necesitamos algo más: necesitamos amor. Y el amor incondicional —ese que no depende de si estás sano, de si eres útil, de si estás en tu mejor momento— no lo puede legislar ningún parlamento ni administrar ninguna burocracia.

Esto no es una crítica al Estado como tal. Es reconocer sus límites estructurales. El Estado puede ser más o menos eficiente, más o menos generoso. Pero nunca podrá sustituir a un familiar o amigo que te abraza cuando estás roto, que se queda a tu lado cuando todo falla, a una familia que te dice "te quiero aunque no te entienda."

Million Dollar Baby y una lección de los primeros 2000

Hace veinte años vi Million Dollar Baby en un cinefórum con el catedrático de cine José María Caparrós. Al inicio del debate, después de ver la película, dijo que aquella historia era, en el fondo, una película sobre la familia. Yo lo escuché con escepticismo: "¿La familia? Esto es una película sobre la eutanasia", pensé. Tenía razón él, no yo. Porque la protagonista no quiere morir por su lesión. Quiere morir porque su familia no la quiere como ella necesita ser querida. Quiere morir porque descubre que para los suyos ella es prescindible. 

El caso de Noelia guarda ese mismo eco. No estoy juzgando a su familia: no sé lo que vivieron, no conozco sus circunstancias, no tengo derecho a condenarlos. Pero sí puedo decir lo que ella misma expresó: "Ya no puedo más con esta familia, no puedo más con los dolores, no puedo más con todo lo que me atormenta en la cabeza." El sufrimiento físico era real e irreversible. Pero la soledad existencial lo atravesaba todo.

El individualismo y sus víctimas

Vivimos en una época que ha elevado la autonomía individual a valor supremo. Cada uno es libre de elegir su camino, su identidad, su forma de vida, su muerte. Y esa libertad tiene un precio que raramente sale en los titulares: la soledad.

Recuerdo haber estado en el King's College de Londres hace unos años. La persona responsable de la experiencia estudiantil me dijo que el problema más grave que enfrentaban era la isolation: la soledad de los estudiantes en una ciudad de millones de personas. Tenían ciento treinta psicólogos en plantilla. Ciento treinta. En una de las mejores universidades del mundo, rodeados de oportunidades y estímulos, los jóvenes se morían de soledad.

Noelia Castillo también se murió de soledad. No solo de paraplejia.

Lo que sí podemos esperar del sistema

Dicho todo esto, sí hay cosas legítimas que podemos —y debemos— exigir al Estado. No amor, que no puede darnos. Pero sí condiciones para que el amor sea posible.

Podemos exigirle que proteja y facilite la estabilidad familiar. Que las leyes no debiliten el vínculo entre padres e hijos. Que haya tiempo real para la paternidad y la maternidad, no solo en el papel sino en la práctica económica y laboral. Que cuando un sistema de protección de menores acoge a un niño, ese niño esté realmente protegido, no simplemente custodiado.

Y también podemos preguntarnos, como sociedad, si hemos normalizado demasiado la ruptura. No se trata de juzgar a quienes se separan: las situaciones personales son complejas y a menudo dolorosas. Pero cuando una ley convierte en sencillo lo que debería ser difícil, cuando facilita resolver con rapidez lo que requeriría esfuerzo y acompañamiento, algo importante se pierde. Cuando una ley te dice que es bueno -y fácil- romper un vínculo, creo que tenemos un problema. Las leyes no son neutras, sino que tienen una vertiente educativa, y en tanto que algo se permite, la sociedad puede percibirlo como bueno, o al menos como normal. Es verdad que una ley no puede fortalecer los vínculos, pero legislar a favor del divorcio nos trajo vínculos débiles de inicio. Con el tiempo, socialmente, el matrimonio ha dejado de ser una institución fuerte, para siempre. Y, para las parejas que tienen hijos, eso es mortal, porque ser padre o madre no es un estado civil: es para siempre. Y digan lo que digan, la separación o incluso el odio entre los padres, como parecía ser el caso de Noelia, es debastador para los hijos. 

Del sistema, además, podemos esperar que no tire la toalla. Da la impresión de que, justamente como el Estado no puede entregar amor sino solo justicia, se limpia las manos ante la pandemia social de la soledad, frente a la cual no puede hacer mucho. El Estado suple donde no llega la familia, pero si no hay familia en absoluto, o está muy rota, o la soledad es una pandemia, el Estado poco puede hacer, porque tarde o temprano se quedará sin recursos. En ese contexto, la eutanasia, una ley reciente, es una patada adelante del sistema. "Si no lo puedo solucionar, al menos, que sea rápido", parece decir. Pero como he dicho antes, la ley tiene una vertiente educativa, y si se legisla con una ley como la eutanasia, el Estado está diciendo que es bueno matar, primero con muchas salvedades, y más adelante, con cualquier excusa, como en este caso: más que ante un caso de eutanasia nos encontramos ante un suicidio asistido. ¿En qué se diferencia la inyección letal de hace unos días del intento de suicidio que tuvo hace dos años Noelia? En que este último es legal, amparado por la ley. Claramente, esta no es una ley buena, aunque se haya vestido de "muerte digna". Lo digno, por parte del Estado, hubiese sido poner los medios para que Noelia tuviese una vida digna. La paradoja es evidente: un Estado que se define por proteger derechos acaba legislando el único derecho que, una vez ejercido, hace imposibles todos los demás. La vida no es uno más entre los derechos fundamentales: es la condición de todos ellos. Proteger el derecho a morir cuando nadie ha garantizado el derecho a vivir dignamente no es un avance. Es una rendición.

Un paso atrás para ver mejor

La historia de Noelia Castillo merece algo más que un debate político sobre la eutanasia. Merece que nos preguntemos qué tipo de sociedad estamos construyendo. Una en la que una joven de 25 años, con toda una vida por delante, puede llegar a sentir que nadie la necesita, que nadie la quiere incondicionalmente, que lo único que le queda es pedir que la dejen marchar.

No podemos interpelar solo al Estado, sino a cada uno de nosotros. Es verdad que las políticas y la cultura que el propio Estado ha promovido durante décadas han ido erosionando los espacios donde esa misericordia podría haber nacido. También lo es que depende de nosotros que no vaya a más. 

Primero, fortaleciendo los vínculos familiares, cuidando a los más vulnerables de nuestro entorno, estando presentes de verdad en la vida de quienes nos necesitan: eso no lo puede legislar ningún gobierno. Lo tenemos que hacer nosotros. 

Y segundo, intentando que se legisle de una manera distinta. La autonomía absoluta no es propia de nuestra especie. Somos dependientes: los hijos de los padres, los mayores de los menores, los unos de los otros. Vivimos en sociedad. Haríamos bien en parar un poco y repensar todas las leyes que se han dictado para aumentar el individualismo y la ruptura del vínculo. Más que progreso, nos han traído regresión e inhumanidad. 

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