Hay momentos en que la emoción secuestra la razón. No de forma violenta, sino silenciosa. Se instala en la conversación interior y empieza a dictar conclusiones que parecen lógicas, pero no lo son.
Lo más sorprendente es que estos pensamientos no suelen presentarse como dudas, sino como certezas.
Aparecen en forma de frases breves, automáticas, contundentes:
— “No lo hago bien.”
— “No soy capaz.”
— “Siempre me pasa lo mismo.”
— “Seguro que piensan mal de mí.”
No pasan por el filtro de la lógica. No se someten a contraste. Simplemente aparecen… y se aceptan.
A esto la psicología lo llama distorsiones cognitivas.
No son mentiras conscientes. Son interpretaciones deformadas de la realidad, generadas por emociones negativas como el miedo, la inseguridad, la tristeza o la frustración.
Y tienen una característica clave: parecen verdad.
Existen muchos tipos de distorsiones cognitivas, pero todas comparten el mismo patrón: reducen la complejidad de la realidad y la sustituyen por una versión más simple… y más negativa.
Una de las más frecuentes es el filtraje: la mente selecciona un detalle negativo e ignora todo lo positivo. Diez cosas han salido bien, una ha salido mal… y solo vemos esa una.
Otra es el pensamiento polarizado: todo o nada. Blanco o negro. Éxito o fracaso. Sin matices. Sin términos medios.
También está la sobregeneralización: un error puntual se convierte en una conclusión permanente. No es “esto no ha salido bien”. Es “nunca lo haré bien”.
O la personalización, que nos hace creer que lo que ocurre a nuestro alrededor tiene que ver con nosotros, aunque no haya ninguna evidencia.
Especialmente poderosa es el razonamiento emocional, que consiste en asumir que lo que sentimos es verdad simplemente porque lo sentimos. Si me siento inseguro, entonces debo ser inseguro. Si me siento incapaz, entonces debo ser incapaz.
Pero sentir algo no lo convierte en verdad. Lo convierte en una experiencia.
Y no es lo mismo.
Otra distorsión frecuente es la interpretación del pensamiento. La mente cree saber lo que los demás piensan sin que hayan dicho nada. Una mirada, un silencio o un gesto se convierten en una conclusión negativa. No son hechos, son interpretaciones. Pero se viven como si fueran certezas.
Está también la culpabilidad, que hace que la persona se responsabilice de lo que no depende de ella, o que culpe a otros de su propio malestar. Se cargan pesos que no son propios, generando una sensación constante de deuda o injusticia.
Otra trampa es el “debería”. La mente impone normas rígidas sobre cómo uno mismo o los demás tendrían que actuar. Cuando la realidad no encaja con esas normas, aparece la frustración, el enfado o la culpa. El problema no es la realidad, sino la expectativa.
Las etiquetas globales reducen a la persona a un solo juicio negativo. Un error puntual deja de ser un hecho aislado y se convierte en una definición personal: “soy un fracaso”, “no valgo”. Se confunde lo que se hace con lo que se es.
También existe la necesidad constante de tener razón. La persona busca confirmar su punto de vista en lugar de comprender la realidad. Equivocarse se vive como una amenaza, no como una oportunidad de ajustar el propio juicio.
La falacia del cambio consiste en creer que el bienestar depende de que los demás cambien. Se deposita la propia paz en factores externos, fuera del propio control, generando frustración e impotencia.
Todos tenemos alguna vez alguno de estos pensamientos. Forman parte del funcionamiento normal de la mente.
El problema no es que aparezcan.
El problema es que se instalen.
Que se conviertan en el tono habitual de nuestra conversación interior. Que operen sin ser cuestionados. Que pasen de ser pensamientos… a ser creencias.
Porque cuando una persona cree algo, empieza a vivir como si fuera verdad.
Y eso cambia todo.
La madurez psicológica no consiste en no tener emociones negativas. Eso es imposible. Consiste en que la emoción no tenga la última palabra.
La emoción informa. Pero no decide.
La razón no elimina la emoción, pero la ordena. La pone en contexto. Le devuelve su proporción.
Muchas veces el simple hecho de preguntarse:
“¿Es esto objetivamente cierto, o es solo lo que siento ahora?”
es suficiente para debilitar el hechizo.
No se trata de negar lo que uno siente. Se trata de no confundirlo con la realidad.
Descubrir estos mecanismos es profundamente liberador.
Porque uno entiende que no todo lo que piensa es verdad. Que no todo lo que siente define quién es. Que no está obligado a obedecer cada pensamiento que aparece.
A veces puede pasar que una tarde, una mañana, un día, una temporada, la guien ese tipo de distorsiones cognitivas, y eso enfada, o entristece, o paraliza. A mi me pasa. En ese momento hay que parar, analizar esos pensamientos y, si no acallarlos, sí neutralizarlos. Volver a la lógica.
Es un ejercicio que, realizado una y otra vez, no nos hace personas más frías, sino más libres, personas que recuperan el gobierno sobre su vida interior, que dejan de reaccionar automáticamente a pensamientos que no han elegido conscientemente. Cuando la razón no está secuestrada por la emoción, decides mejor. Con más perspectiva. Con más verdad. Se reduce el ruido mental y la conversación interior deja de ser un lugar hostil.
1 comentario:
Muy cierto, Javi.😘
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