lunes, marzo 23, 2026

Por qué los jóvenes vuelven a creer



Hace unos días, en la alfombra roja de los Goya, Silvia Abril expresó su incomprensión ante la idea de que los jóvenes puedan sentirse atraídos por el cristianismo. La película que generaba esa pregunta, Los domingos, ganó esa noche el Goya a Mejor película. 

Leyendo sobre otros temas di con un texto y una entrevista de Almudena Calvo Domper, periodista e investigadora sobre posmodernidad y cultura digital. Ya en noviembre, cuando Rosalía presentó su disco Lux,  titulado en latín, con imágenes que remiten al mundo conventual y referencias a pensadoras cristianas, Almudena hablaba sobre el motivo por el que los jóvenes se interesan por el cristianismo. 

La primera respuesta, para ella, tiene que ver con la lógica propia de cada generación. Los padres de los millennials y los Z se rebelaron activamente contra la religión. En España, la fe llevaba pegado el estigma del franquismo, y los hijos de la transición encontraron en el agnosticismo su forma de ser modernos y libres. El resultado es que muchos jóvenes de hoy han crecido sin ninguna referencia cristiana, en un ecosistema que ignoraba el tema por completo. Cuando algo desaparece del horizonte durante décadas, se convierte en territorio inexplorado. Y los jóvenes, por definición, se sienten atraídos por lo inexplorado. Lo revolucionario hoy, para un Z, puede ser perfectamente plantearse la trascendencia.

Pero hay algo más profundo que la rebeldía generacional. Calvo Domper lo enmarca en un hartazgo de la posmodernidad: la sociedad líquida de Bauman, donde todo cambia, todo es relativo, todo depende de lo que yo sienta ahora mismo. El yo como brújula, la emoción como verdad, lo efímero como modo de vida. Lo que durante décadas se vendió como liberación empieza a parecerse, para muchos, a una forma de intemperie.

El filósofo Eduardo Infante lo formula de manera más cruda: a esta generación le prometieron que podían ser todo, en todas partes, al mismo tiempo. Les adentraron en el mar de la libertad, pero sin brújula ni puerto. Y ese mar de opciones infinitas, lejos de emanciparlos, se volvió abismo. El resultado son identidades líquidas, vínculos efímeros y deseos que no se sacian. La quiebra de Mr. Wonderful —ese imperio de frases motivacionales— es, para Infante, el epitafio de esa época: la confesión cultural de que el yo no basta.

Ahí es donde entra Dios. No como nostalgia ni como herencia familiar, sino como respuesta a una necesidad concreta. Calvo Domper observa en los jóvenes una reivindicación creciente de verdades permanentes, de algo que no dependa del propio estado de ánimo. 

Justamente, Infante describe la trayectoria discográfica de Rosalía como el arco completo de una generación en búsqueda: de la emancipación radical del yo en 'El mal querer' y 'Motomami' a la rendición de 'Lux', donde una mujer que ha probado todos los dioses de la modernidad —el éxito, la independencia, la auto-adoración— se descubre perdida y busca otra cosa. No es un camino fácil ni cómodo: es, como él escribe, adentrarse en ese bosque del alma donde el mundo moderno ya no se atreve a poner un pie.

Calvo Domper advierte que el fenómeno no es exclusivamente cristiano, y eso es importante para entenderlo sin reducirlo. Los jóvenes buscan en muchos lugares, y también tiran del horóscopo, del New Age, de las cartas astrales. Sin embargo, lo que comparten todas estas búsquedas es el mismo punto de partida: el vacío existencial. Un vacío tan antiguo como la humanidad, pero que esta generación ha alcanzado sin las palabras para nombrarlo ni la tradición que le dé forma.

Lo que el catolicismo ofrece en ese contexto, apunta Infante, no son reliquias sino refugios: espacios donde el alma puede respirar, donde existe el silencio, la atención, el misterio compartido. Frente al "sé tú mismo" de la cultura digital, algo que diga "no soy yo quien vive, sino otro en mí". No es nostalgia. Es, según él, hambre de absoluto.

La sorpresa de Silvia Abril, en ese sentido, no es un punto de llegada sino de partida. El fenómeno que le resultaba incomprensible no ha nacido hace unas semanas o meses. Solo ha tardado en hacerse visible para quienes daban por resuelta una pregunta que, en realidad, nunca dejó de hacerse.

lunes, marzo 16, 2026

Embrace discomfort. Abraza la incomodidad.




Embrace discomfort. Abraza la incomodidad. Desde hace unos días tengo esa frase de fondo de pantalla. Busqué la frase en internet y me bajé una imagen donde estaba escrita con trazos gruesos. Y al ponerla de fondo de pantalla, mi móvil, no sé cómo, la escaló mal. Sale pixelada, cortada, desplazada a la derecha.

Me dedico, entre otras cosas, al diseño gráfico. Me duele en el alma ver algo pixelado y descentrado.

Y lo he dejado así.

Porque cada vez que lo veo pienso: esto es discomfort, incomodidad real. Pequeña, cotidiana, la que no mata pero que si la ignoras te vas adormeciendo.

Es un recordatorio. Porque si no lo veo, me olvido. Y me olvido porque nuestro mundo está diseñado exactamente para eso: para que no te incomodes para nada. Para que no hagas esfuerzo. Para que siempre haya algo a mano que te distraiga antes de que tengas que enfrentarte a lo que toca. Nunca habíamos tenido tantas formas de distraernos de nosotros mismos. Abrir el móvil sin saber por qué. Y ver un vídeo, y otro, y un mensaje, y un texto muy interesante. Y una noticia... Y lo más curioso es que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta, ni siquiera es una decisión. Es automático. El móvil está en la mesa, la mano lo coge. Sin intención. Sin necesidad.

Y aquí está la trampa. Porque nada de eso, por sí solo, parece grave. Un minuto más en la pantalla no parece un drama. Pero de minuto en minuto se va la tarde. De comodidad en comodidad se va el año. Y un día miras atrás y ves que has estado entretenido, cómodo… pero no has avanzado. No has hecho lo que querías. No has sido quien querías ser.

Soy autónomo. Me construyo el horario de cero cada día. Sin jefe, sin estructura impuesta. Eso tiene una libertad enorme y también una trampa enorme. La tentación de aflojar está siempre ahí. Un minuto más. Esto luego. Mañana arranco.

Necesito recordatorios. Sin ellos es fácil dejarse ir. 

El discomfort, la incomodidad que me funciona no es dramática. Es responder ese mail ahora, que es un minuto. Es subir las escaleras a pie en el metro cuando todo el mundo coge la mecánica. Es quedarse de pie en vez de sentarse. Es trabajar un poco más aunque no apetezca. Es hacer la llamada que he estado evitando. Son gestos pequeños, pero que mantienen un nivel de fricción que te recuerda que puedes elegir. Que no todo tiene que ser lo más fácil.

Porque la comodidad es adictiva. Cuanto más tienes, más necesitas. Y cuanto más necesitas, más difícil es moverse. La comodidad no te paraliza de golpe, se va instalando despacio. Y desde ahí, desde ese sitio blando y cálido, se hace muy difícil querer construir algo. Querer cambiar algo. Querer ser algo distinto a lo que ya eres.

El fondo de pantalla pixelado -como podría haber sido cualquier recordatorio- me ayuda a tomar pequeñas decisiones antes de que el piloto automático las tome por mí. No se trata de sufrir. Se trata de no apoltrarse. De mantener una pequeña molestia en el día a día que te recuerde que estás vivo, que tienes el mando, que las cosas no pasan solas.

Porque cuando son las distracciones las que llenan el tiempo y la comodidad la que marca el ritmo, ya no eres tú quien lleva las riendas.

La imagen pixelada me lo recuerda cada vez que miro el móvil. Está mal encuadrada. Lo sé. Y está bien que esté mal.

Embrace discomfort. Ahí es donde empieza la vida consciente.

lunes, marzo 09, 2026

La peculiar contabilidad de Benjamin Franklin




Hace poco leí algo sobre Benjamin Franklin que me impactó. A los veinte años se propuso alcanzar la perfección moral. Y para intentarlo diseñó un sistema. Un sistema concreto, con libreta y todo.

Primero un poco de contexto. En Estados Unidos Franklin es una figura enorme. No fue presidente, pero está en el billete de 100 dólares, el de mayor valor. Y eso dice mucho. Los americanos lo consideran la primera encarnación del sueño americano: un tipo que nació sin dinero, con dos años de educación formal, y que a base de trabajo, curiosidad y disciplina se convirtió en impresor, científico, inventor, músico, escritor y uno de los fundadores del país. El self-made man antes de que existiera esa expresión. Se le apoda "The First American" por su temprana defensa de la unión de las trece colonias y por dar forma a la identidad estadounidense, enfocada en la superación personal, el trabajo duro y la austeridad. Su papel como embajador en Francia fue vital, ya que consiguió el apoyo militar y financiero francés sin el cual, según muchos historiadores, la Revolución Americana habría fracasado.

Benjamin Franklin participó en la redacción o firmó cuatro documentos fundamentales para la creación de Estados Unidos: la Declaración de Independencia (1776), el Tratado de Alianza con Francia (1778), el Tratado de París que puso fin a la guerra con Gran Bretaña (1783) y la Constitución de los Estados Unidos (1787), siendo la única persona que firmó los cuatro.

A lo que íbamos: con veinte años Franklin se planteó un proyecto que él mismo llamó "audaz y exigente": dominar sus costumbres, su entorno, sus propias inclinaciones. 

Para hacerlo eligió trece virtudes. Nada abstracto, cada una con una descripción concreta y aplicable:

1. Templanza. Come sin llegar al embotamiento. Bebe sin llegar a la euforia.

2. Silencio. No hables si no es para beneficiar a otros o a ti mismo. Evita las conversaciones vacías.

3. Orden. Cada cosa en su sitio. Cada asunto en su momento.

4. Determinación. Haz lo que debes hacer. Sin excusas, sin aplazarlo.

5. Frugalidad. No gastes dinero en lo que no aporta nada a nadie. No desperdicies nada.

6. Trabajo. No pierdas el tiempo. Haz siempre algo útil. Elimina lo innecesario.

7. Sinceridad. No engañes. Piensa con limpieza y actúa en consecuencia.

8. Justicia. No hagas daño a nadie, ni por acción ni por omisión.

9. Moderación. Evita los extremos. No te tomes las ofensas más en serio de lo que merecen.

10. Limpieza. Cuida tu cuerpo, tu ropa y tu entorno.

11. Tranquilidad. No te alteres por tonterías ni por cosas inevitables.

12. Castidad. Usa el sexo con cabeza, sin que te perjudique a ti ni a otros.

13. Humildad. Imita a Jesús y a Sócrates.

Pero lo que más me impactó no fue la lista. Fue el método.

Franklin sabía que intentar mejorar todo a la vez no funciona. Así que diseñó algo muy simple. Llevaba una libreta pequeña con trece páginas, una por virtud. En cada página había dibujado una tabla: siete columnas, una por cada día de la semana, y trece filas, una por cada virtud, marcada con su inicial.

Cada noche se sentaba, repasaba el día y ponía un punto negro en cada casilla donde había fallado. Un punto en la T si había comido de más. Un punto en la S si había dicho algo inútil. Un punto en la O si había dejado algo sin orden.

El objetivo era simple: mantener la página lo más limpia posible.

Además, cada semana tenía una virtud protagonista. Esa semana le prestaba atención especial, la ponía arriba del todo en la tabla y se esforzaba especialmente en ella. Las demás las seguía observando, pero sin esa misma exigencia.

Trece semanas para pasar por todas las virtudes. Al terminar, volvía a empezar desde la primera. Un ciclo tras otro, durante años.

Con el tiempo los puntos fueron disminuyendo. No desaparecieron, pero el progreso era visible y real.

Nunca llegó a la perfección que buscaba. Él mismo lo reconoció sin problema. Pero escribió que gracias a ese intento se convirtió en una persona mejor y más feliz de lo que habría sido sin él. Y sin duda le ayudó a ser la persona que fue. 

Lo que me parece brillante del sistema es su honestidad. No es autoayuda vacía. No hay promesas grandes ni motivación artificial. Es simplemente observarte cada día, apuntar tus fallos sin excusas y repetir el proceso.

Como un comerciante que lleva sus cuentas. De hecho eso es exactamente lo que Franklin era: un comerciante. Y trató su carácter con la misma lógica que sus negocios.

Una libreta. Una tabla. Un punto negro cuando fallas.

Y vuelta a empezar.

Hay que decir que el examen de conciencia cristiano es muy parecido, pero no exactamente lo mismo. El examen de conciencia existe en el cristianismo desde muy antiguo, básicamente desde los primeros monjes del desierto en el siglo IV. La idea es la misma: al final del día, repasas tu conducta, identificas dónde has fallado y te propones mejorar. San Ignacio de Loyola lo sistematizó en el siglo XVI dentro de sus Ejercicios Espirituales. Su método, que llamó el Examen, tiene cinco pasos: Dar gracias por el día, Pedir luz para verse con claridad, Repasar el día momento a momento, Reconocer los fallos con pesar, Propósito de mejorar al día siguiente. 

La diferencia clave con Franklin es el enfoque. El examen ignaciano busca ver dónde has estado cerca o lejos de Dios. El modelo de conducta es Jesucristo, no una lista de cosas. Es espiritual y relacional. El de Franklin es puramente práctico y secular, sin dimensión religiosa. Franklin no se pregunta si ha ofendido a Dios, se pregunta si ha sido eficiente, honesto y moderado. Uno examina sobre el amor a Dios y a los demás. El otro, sobre la eficacia. 

En el fondo los dos parten de la misma intuición: que sin observación consciente, no hay mejora posible. Y eso sirve para creyentes y para no creyentes.