Hace poco leí algo sobre Benjamin Franklin que me impactó. A los veinte años se propuso alcanzar la perfección moral. Y para intentarlo diseñó un sistema. Un sistema concreto, con libreta y todo.
Primero un poco de contexto. En Estados Unidos Franklin es una figura enorme. No fue presidente, pero está en el billete de 100 dólares, el de mayor valor. Y eso dice mucho. Los americanos lo consideran la primera encarnación del sueño americano: un tipo que nació sin dinero, con dos años de educación formal, y que a base de trabajo, curiosidad y disciplina se convirtió en impresor, científico, inventor, músico, escritor y uno de los fundadores del país. El self-made man antes de que existiera esa expresión. Se le apoda "The First American" por su temprana defensa de la unión de las trece colonias y por dar forma a la identidad estadounidense, enfocada en la superación personal, el trabajo duro y la austeridad. Su papel como embajador en Francia fue vital, ya que consiguió el apoyo militar y financiero francés sin el cual, según muchos historiadores, la Revolución Americana habría fracasado.
Benjamin Franklin participó en la redacción o firmó cuatro documentos fundamentales para la creación de Estados Unidos: la Declaración de Independencia (1776), el Tratado de Alianza con Francia (1778), el Tratado de París que puso fin a la guerra con Gran Bretaña (1783) y la Constitución de los Estados Unidos (1787), siendo la única persona que firmó los cuatro.
A lo que íbamos: con veinte años Franklin se planteó un proyecto que él mismo llamó "audaz y exigente": dominar sus costumbres, su entorno, sus propias inclinaciones.
Para hacerlo eligió trece virtudes. Nada abstracto, cada una con una descripción concreta y aplicable:
1. Templanza. Come sin llegar al embotamiento. Bebe sin llegar a la euforia.
2. Silencio. No hables si no es para beneficiar a otros o a ti mismo. Evita las conversaciones vacías.
3. Orden. Cada cosa en su sitio. Cada asunto en su momento.
4. Determinación. Haz lo que debes hacer. Sin excusas, sin aplazarlo.
5. Frugalidad. No gastes dinero en lo que no aporta nada a nadie. No desperdicies nada.
6. Trabajo. No pierdas el tiempo. Haz siempre algo útil. Elimina lo innecesario.
7. Sinceridad. No engañes. Piensa con limpieza y actúa en consecuencia.
8. Justicia. No hagas daño a nadie, ni por acción ni por omisión.
9. Moderación. Evita los extremos. No te tomes las ofensas más en serio de lo que merecen.
10. Limpieza. Cuida tu cuerpo, tu ropa y tu entorno.
11. Tranquilidad. No te alteres por tonterías ni por cosas inevitables.
12. Castidad. Usa el sexo con cabeza, sin que te perjudique a ti ni a otros.
13. Humildad. Imita a Jesús y a Sócrates.
Pero lo que más me impactó no fue la lista. Fue el método.
Franklin sabía que intentar mejorar todo a la vez no funciona. Así que diseñó algo muy simple. Llevaba una libreta pequeña con trece páginas, una por virtud. En cada página había dibujado una tabla: siete columnas, una por cada día de la semana, y trece filas, una por cada virtud, marcada con su inicial.
Cada noche se sentaba, repasaba el día y ponía un punto negro en cada casilla donde había fallado. Un punto en la T si había comido de más. Un punto en la S si había dicho algo inútil. Un punto en la O si había dejado algo sin orden.
El objetivo era simple: mantener la página lo más limpia posible.
Además, cada semana tenía una virtud protagonista. Esa semana le prestaba atención especial, la ponía arriba del todo en la tabla y se esforzaba especialmente en ella. Las demás las seguía observando, pero sin esa misma exigencia.
Trece semanas para pasar por todas las virtudes. Al terminar, volvía a empezar desde la primera. Un ciclo tras otro, durante años.
Con el tiempo los puntos fueron disminuyendo. No desaparecieron, pero el progreso era visible y real.
Nunca llegó a la perfección que buscaba. Él mismo lo reconoció sin problema. Pero escribió que gracias a ese intento se convirtió en una persona mejor y más feliz de lo que habría sido sin él. Y sin duda le ayudó a ser la persona que fue.
Lo que me parece brillante del sistema es su honestidad. No es autoayuda vacía. No hay promesas grandes ni motivación artificial. Es simplemente observarte cada día, apuntar tus fallos sin excusas y repetir el proceso.
Como un comerciante que lleva sus cuentas. De hecho eso es exactamente lo que Franklin era: un comerciante. Y trató su carácter con la misma lógica que sus negocios.
Una libreta. Una tabla. Un punto negro cuando fallas.
Y vuelta a empezar.
Hay que decir que el examen de conciencia cristiano es muy parecido, pero no exactamente lo mismo. El examen de conciencia existe en el cristianismo desde muy antiguo, básicamente desde los primeros monjes del desierto en el siglo IV. La idea es la misma: al final del día, repasas tu conducta, identificas dónde has fallado y te propones mejorar. San Ignacio de Loyola lo sistematizó en el siglo XVI dentro de sus Ejercicios Espirituales. Su método, que llamó el Examen, tiene cinco pasos: Dar gracias por el día, Pedir luz para verse con claridad, Repasar el día momento a momento, Reconocer los fallos con pesar, Propósito de mejorar al día siguiente.
La diferencia clave con Franklin es el enfoque. El examen ignaciano busca ver dónde has estado cerca o lejos de Dios. El modelo de conducta es Jesucristo, no una lista de cosas. Es espiritual y relacional. El de Franklin es puramente práctico y secular, sin dimensión religiosa. Franklin no se pregunta si ha ofendido a Dios, se pregunta si ha sido eficiente, honesto y moderado. Uno examina sobre el amor a Dios y a los demás. El otro, sobre la eficacia.
En el fondo los dos parten de la misma intuición: que sin observación consciente, no hay mejora posible. Y eso sirve para creyentes y para no creyentes.


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