lunes, marzo 16, 2026

Embrace discomfort. Abraza la incomodidad.




Embrace discomfort. Abraza la incomodidad. Desde hace unos días tengo esa frase de fondo de pantalla. Busqué la frase en internet y me bajé una imagen donde estaba escrita con trazos gruesos. Y al ponerla de fondo de pantalla, mi móvil, no sé cómo, la escaló mal. Sale pixelada, cortada, desplazada a la derecha.

Me dedico, entre otras cosas, al diseño gráfico. Me duele en el alma ver algo pixelado y descentrado.

Y lo he dejado así.

Porque cada vez que lo veo pienso: esto es discomfort, incomodidad real. Pequeña, cotidiana, la que no mata pero que si la ignoras te vas adormeciendo.

Es un recordatorio. Porque si no lo veo, me olvido. Y me olvido porque nuestro mundo está diseñado exactamente para eso: para que no te incomodes para nada. Para que no hagas esfuerzo. Para que siempre haya algo a mano que te distraiga antes de que tengas que enfrentarte a lo que toca. Nunca habíamos tenido tantas formas de distraernos de nosotros mismos. Abrir el móvil sin saber por qué. Y ver un vídeo, y otro, y un mensaje, y un texto muy interesante. Y una noticia... Y lo más curioso es que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta, ni siquiera es una decisión. Es automático. El móvil está en la mesa, la mano lo coge. Sin intención. Sin necesidad.

Y aquí está la trampa. Porque nada de eso, por sí solo, parece grave. Un minuto más en la pantalla no parece un drama. Pero de minuto en minuto se va la tarde. De comodidad en comodidad se va el año. Y un día miras atrás y ves que has estado entretenido, cómodo… pero no has avanzado. No has hecho lo que querías. No has sido quien querías ser.

Soy autónomo. Me construyo el horario de cero cada día. Sin jefe, sin estructura impuesta. Eso tiene una libertad enorme y también una trampa enorme. La tentación de aflojar está siempre ahí. Un minuto más. Esto luego. Mañana arranco.

Necesito recordatorios. Sin ellos es fácil dejarse ir. 

El discomfort, la incomodidad que me funciona no es dramática. Es responder ese mail ahora, que es un minuto. Es subir las escaleras a pie en el metro cuando todo el mundo coge la mecánica. Es quedarse de pie en vez de sentarse. Es trabajar un poco más aunque no apetezca. Es hacer la llamada que he estado evitando. Son gestos pequeños, pero que mantienen un nivel de fricción que te recuerda que puedes elegir. Que no todo tiene que ser lo más fácil.

Porque la comodidad es adictiva. Cuanto más tienes, más necesitas. Y cuanto más necesitas, más difícil es moverse. La comodidad no te paraliza de golpe, se va instalando despacio. Y desde ahí, desde ese sitio blando y cálido, se hace muy difícil querer construir algo. Querer cambiar algo. Querer ser algo distinto a lo que ya eres.

El fondo de pantalla pixelado -como podría haber sido cualquier recordatorio- me ayuda a tomar pequeñas decisiones antes de que el piloto automático las tome por mí. No se trata de sufrir. Se trata de no apoltrarse. De mantener una pequeña molestia en el día a día que te recuerde que estás vivo, que tienes el mando, que las cosas no pasan solas.

Porque cuando son las distracciones las que llenan el tiempo y la comodidad la que marca el ritmo, ya no eres tú quien lleva las riendas.

La imagen pixelada me lo recuerda cada vez que miro el móvil. Está mal encuadrada. Lo sé. Y está bien que esté mal.

Embrace discomfort. Ahí es donde empieza la vida consciente.

1 comentario:

marianita dijo...

Pues de acuerdo, Javi.