jueves, enero 15, 2026

Cuando el lenguaje deja de ser puente y se convierte en arma







"Hoy en día, el significado de las palabras es cada vez más fluido y los conceptos que representan son cada vez más ambiguos. El lenguaje ya no es el medio preferido por los seres humanos para conocerse y relacionarse entre sí. Además, en las contorsiones de la ambigüedad semántica, el lenguaje se está convirtiendo cada vez más en un arma con la cual engañar, o golpear y ofender a los oponentes. Las palabras deben volver a expresar ciertas realidades de forma inequívoca. Sólo así podrá reanudarse el diálogo auténtico sin malentendidos. Esto debería ocurrir en nuestros hogares y espacios públicos, en la política, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Del mismo modo, debería ocurrir en el contexto de las relaciones internacionales y el multilateralismo, para que este último pueda recuperar la fuerza precisa para desempeñar su papel de encuentro y mediación."

Son palabras del Papa León del pasado 9 de enero a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (se puede leer el discurso entero aquí. Es muy interesante y ha sido muy comentado en los medios y distintos foros). 

En ese discurso, el Papa habla del lenguaje (entre otras cosas), pero en realidad está hablando de algo mucho más hondo: de la posibilidad misma de convivir. Dice que el multilateralismo —y podríamos decir también la vida social, la política, la familia o la amistad— solo funciona si existe un lugar donde encontrarnos y dialogar. Como el foro romano o la plaza medieval. Pero para dialogar hace falta algo previo: ponernos de acuerdo en el significado de las palabras.

Y ahí señala uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Las palabras se han vuelto líquidas, ambiguas, discutibles. Han perdido su anclaje en la realidad. Cuando eso ocurre, no solo se empobrece el lenguaje: se rompe la comunicación humana. Una palabra es “líquida” cuando ya no nombra una realidad estable, sino que cambia de significado según quién la use, el contexto ideológico o la conveniencia del momento. No es que una palabra tenga matices —eso siempre ha pasado—, sino que se desconecta de la realidad y deja de significar algo compartido. El Papa recuerda a san Agustín, que decía que dos personas sin un idioma común pueden vivir juntas sin entenderse, y que incluso un hombre puede sentirse más cerca de su perro que de otro ser humano con el que no puede comunicarse

Muchas veces el lenguaje se vuelve ambiguo a propósito, para poder imponer sin parecer que se impone. Si una palabra no significa algo claro, se puede usar como arma: para confundir, imponer, descalificar o excluir. En nombre de la ambigüedad o de una supuesta inclusión, las palabras dejan de decir algo claro. Y sin palabras claras no hay diálogo verdadero, solo enfrentamiento o imposición.

El Papa va más allá y apunta una paradoja inquietante. Este vaciamiento del lenguaje se suele justificar en nombre de la libertad de expresión. Pero sucede justo lo contrario: la libertad de expresión solo es posible cuando las palabras tienen un significado cierto, cuando están ancladas en la verdad. Si todo es interpretable, si todo depende del marco ideológico del momento, la libertad se estrecha. Aparece un nuevo lenguaje, casi orwelliano, que pretende incluir a todos pero acaba excluyendo a quienes no se ajustan a él.

Una palabra es verdadera cuando remite a algo real, reconocible, compartible, aunque sea complejo o discutido. La realidad precede al lenguaje. El lenguaje no crea la realidad, la describe, la interpreta, la cuida.

Y las consecuencias de no hablar con un ancla en la verdad no son solo culturales. Afectan directamente a los derechos humanos. Se cuestiona la libertad de conciencia, la posibilidad de decir “no” cuando una ley o una práctica choca con convicciones morales profundas.  La libertad de conciencia se basa en poder decir “esto está bien”, “esto está mal”, “esto no puedo hacerlo” sin traicionarme. Pero para poder decirlo necesitamos palabras que signifiquen algo claro. Si las palabras están vaciadas, deformadas o redefinidas desde fuera, ya no puedes expresar tu conciencia. No porque te callen, sino porque te cambian el significado de lo que dices. Si una ley, una institución o una cultura dominante decide que esto ya no se llama así, esto otro no puede nombrarse de ese modo, o que usar ciertas palabras te convierte automáticamente en “culpable”, entonces tu conciencia queda desarmada. No puedes explicar por qué dices “no”, porque el lenguaje que usas ya ha sido redefinido contra ti.

La objeción de conciencia, recuerda el Papa, no es rebeldía: es fidelidad a uno mismo. Es un equilibrio necesario entre el bien común y la dignidad personal. Sin ese espacio, las sociedades tienden a la uniformidad y al autoritarismo, aunque se presenten como democráticas.

Algo parecido ocurre con la libertad religiosa, que —como recordaba Benedicto XVI— es el primero de los derechos humanos, porque toca el núcleo más profundo de la persona. Y, sin embargo, los datos muestran que cada vez más personas en el mundo sufren graves vulneraciones de este derecho. El Papa recuerda que el 64% de la población mundial sufre graves violaciones de este derecho.

El mensaje de fondo es claro y exigente. Sin palabras verdaderas, no hay diálogo; sin diálogo, no hay convivencia; y sin convivencia, solo queda la fuerza.


Sigue las publicaciones de este blog en el Canal de WhatsApp 

No hay comentarios: