No nos falta información, ni diagnósticos, ni debates. Lo que nos empieza a escasear (¡a mi el primero!) son virtudes básicas para sacar las cosas adelante: audacia para arriesgar y magnanimidad para pensar en grande. Sin ellas, una sociedad puede volverse correcta y ordenada… pero también estéril.
Durante mucho tiempo, muchas personas hicieron cosas importantes sin cobrar mucho, o directamente sin cobrar nada, por el bien común. Sacaron adelante proyectos educativos, sociales, culturales o empresariales con riesgo, esfuerzo y una fuerte conciencia de responsabilidad. No lo hicieron por ideología ni por reconocimiento, sino porque alguien tenía que hacerlo.
Quizá hoy nos hemos vuelto un poco funcionarios de la vida. Quizá el facilismo del que hablábamos en este post, fruto de una avalancha de la tecnologia nos ha llevado a medirlo todo en términos de seguridad, esfuerzo mínimo y retorno inmediato. Y así se van debilitando la audacia y la magnanimidad, junto con otras virtudes igual de necesarias: la generosidad y la gratuidad, que nos lleva a hacer cosas sin esperar nada a cambio.
En Cataluña fuimos especialmente buenos en esto. La sociedad civil fuerte y el mundo sin ánimo de lucro pusieron en marcha muchas realidades valiosas, al margen del signo político. Muchas de las cosas que hoy funcionan nacieron así: por empuje, por compromiso y por amor a lo común. Grandes instituciones educativas, santarias, musicales, religiosas... incluso barrios enteros.
Hoy, en cambio, parece que objetivos como el dinero o el partidismo pueden estar envenenándolo todo, reduciendo los proyectos a intereses y las iniciativas a bandos. Cuando eso pasa, se encoge el horizonte y se enfría el compromiso.
Quizá no se trate de grandes discursos, sino de volver a salir cada día de uno mismo: arriesgar un poco más, pensar un poco más alto y dar sin calcular tanto. Porque una sociedad no se sostiene solo con normas o balances, sino con personas capaces de apostar por los demás, incluso cuando no hay nada garantizado a cambio.
¿Cómo crecer cada día en audacia y magnanimidad?
Podemos ganar en audacia haciendo pequeñas cosas incómodas cada día. No heroísmos, sino incomodidades conscientes: llamar a esa persona que llevamos semanas evitando, decir lo que pensamos con respeto cuando normalmente callamos. Empezar tarea sin esperar a tenerlo todo claro. Exponernos un poco más (escribir, proponer, decidir). La audacia crece por acumulación, no por golpes épicos.
Hay que dejar de negociar tanto con nosotros mismos. La falta de audacia suele hablar con frases muy reconocibles: “¿Es realmente necesario?”, “¿y si no hace falta hacerlo tan bien?”, “ya lo haré mañana…”. No suenan a cobardía, sino a prudencia razonable. Y precisamente por eso funcionan. Cuando aparece esa voz, no es el momento de discutir con ella. Discutir es darle tiempo. Lo eficaz es actuar rápido, antes de que nos convenza. Mel Robbins lo explica bien cuando habla de una ventana de oportunidad: ese breve instante en el que una idea buena —para cambiar algo, para mejorar, para dar un paso— todavía está viva. Son esos 5, 4, 3, 2, 1 segundos, como una cuenta atrás de la NASA. Si actúas, la aprovechas. Si dudas, se cierra.
Y sobre todo, hay que tener esta regla clara en mente: si no da nada de miedo, probablemente es demasiado pequeño para ti.
Magnanimidad significa, literalmente, “alma grande”. No tiene que ver con creerse superior, sino con no conformarse con una vida pequeña. El magnánimo no vive obsesionado con protegerse, sino con estar a la altura de lo que vale la pena.
Por eso, la magnanimidad siempre mira más allá del propio interés inmediato. No niega la prudencia ni el realismo, pero se niega a convertirlos en excusas. La magnanimidad no es ambición desordenada, no es afán de poder ni de reconocimiento, no es ir de salvador ni de héroe. La magnanimidad es silenciosa. Muchas veces pasa desapercibida porque no busca aplauso.
Una persona magnánima asume responsabilidades grandes cuando podría quedarse al margen, piensa a largo plazo, incluso cuando el beneficio inmediato es menor; invierte tiempo, energía o dinero en otros, sin garantías de retorno; apuesta por proyectos frágiles que merecen la pena aunque puedan fracasar.
El magnánimo no pregunta primero “¿qué gano yo?”, sino “¿qué hace falta aquí?”.
Ejemplos claros de magnanimidad hoy son tener hijos, sabiendo que no es cómodo, que no se controla todo y que no hay rentabilidad. Crear una empresa o un proyecto social, arriesgando patrimonio, reputación y años de vida. Sostener una asociación, una escuela o una entidad sin ánimo de lucro durante décadas, sin foco mediático ni recompensa económica. Quedarse, cuando sería más fácil irse: en un barrio, en una comunidad, en una iniciativa común. Formar a otros sabiendo que quizá te superen o se vayan.
En todos esos casos hay algo en común: se renuncia a vivir solo para uno mismo.
Sin magnanimidad no hay bien común. Solo hay suma de intereses.
Y cuando nadie piensa en grande ni a largo plazo, alguien acaba pagando el coste: los jóvenes, los débiles, los que vienen detrás. Por eso, recuperar la magnanimidad no es un lujo moral. Es una necesidad social.
Para ganar en magnanimidad, nos tenemos que preguntar con frecuencia: ¿Estoy eligiendo esto porque es lo mejor… o porque es lo menos exigente? Ganar en magnanimidad empieza cuando no te conformas con la opción correcta pero pequeña, y te atreves a mirar la opción más grande, aunque complique la vida.
Hay cosas que ensancha el alma si se repiten: elegir lo que cuesta un poco más, hacer una llamada incómoda en vez de enviar un WhatsApp rápido, explicar algo con calma a alguien que va más lento, preparar mejor algo aunque “con lo justo” valdría, dar tiempo de calidad sin rentabilizarlo, quedarnos diez minutos más con alguien que necesita hablar, escuchar sin interrumpir ni pensar en qué vas a responder. acompañar a alguien aunque no te aporte nada, hacer algo bien cuando nadie lo verá, dejar un trabajo bien hecho aunque no se vaya a reconocer, ordenar, preparar o revisar algo que facilita la vida a otros, cumplir un compromiso pequeño con exactitud, ser generoso con un agradecimiento, ser claro y justo al reconocer el mérito ajeno, no regatear cuando sabes que el otro lo necesita más que tú.
También, en el trabajo, formar a alguien aunque no sea “productivo”, enseñar lo que sabes en vez de guardarlo, dar oportunidades a quien aún no rinde, corregir con paciencia, no solo con eficacia, asumir el marrón que nadie quiere, hacer la tarea ingrata, resolver el problema que todos esquivan, dar la cara cuando algo falla, pensar a largo plazo, tomar decisiones que no te benefician hoy, pero sí al equipo, invertir en calidad aunque cueste más ahora, priorizar personas frente a resultados inmediatos.
Y en la vida personal y familiar, estar cuando sería fácil desaparecer, no delegar siempre lo pesado, mantener una presencia constante, no solo brillante, cumplir cuando ya no apetece, elegir compromiso frente a comodidad, decir “sí” a algo que te ata pero construye, no huir de relaciones o responsabilidades exigentes, apostar por lo estable en un mundo de descartes, hacer algo sin contarlo, ayudar sin publicarlo, dar sin explicarlo, resolver sin reclamar crédito.
Cada día o cada semana podemos hacer una cosa que no nos compense: ni en dinero, ni en imagen, ni en control.
Si beneficia a otros y te cuesta un poco, estás entrenando la magnanimidad.
Y la pregunta aquí sería: ¿Esto que hago hoy facilita o dificulta la vida de otros mañana? La magnanimidad siempre introduce una variable que el ego no contempla: el futuro de otros.
De todos modos, no todo es empezar. Mucha magnanimidad está en continuar, perseverar, no abandonar cuando ya no motiva. Sostener en el tiempo es más magnánimo que inaugurar.
Si lo que hago es cómodo, seguro y solo para mi, no es magnanimidad. Si me saca de mi, me obliga a dar más y beneficia a otros, probablemente sí.
De vez en cuando hay que preguntarse ¿Con los dones que tengo, qué podría iniciar, solo o con otros -cuando iniciamos con otros suele ser mejor, porque llegamos más lejos- que pueda mejorar la vida de los demás? Si me sobra algo de tiempo (o aunque no me sobre, de entrada), ¿qué problema social me gustaría arreglar, aunque sea con un granito de arena de mi tiempo, mi conocimiento, mi dinero o mis habilidades?
Escribo el post para mi, para animarme a ser más audaz y magnánimo, para seguir el ejemplo de montones de personas que tengo a mi alrededor o que me han precedido, y que sostienen, con su esfuerzo y su sonrisa callada, nuestro mundo, haciendo de él un lugar mejor para vivir.
Sigue las publicaciones de este blog en el Canal de WhatsApp

1 comentario:
Y para mi.Gracias, Javi.
Publicar un comentario