Este verano he visto un vídeo de Javier García-Manglano, investigador en ciencias sociales, que respondía a esa misma pregunta, tan intuida y comentada por todos, pero tan poco respondida. Aquí van algunas de sus conclusiones que me gustaron.
A su entender, el problema de la tecnología es el "FACILISMO". La tecnología -ese es el elemento común de toda tecnología- viene a facilitar la vida, y estamos en una sociedad fuertemente tecnologizada. Pero, ¿cuál es el problema de la vida fácil? Si pudiésemos, ¿tomaríamos una pastilla para aprender 10 idiomas súbitamente, o para hacer una carrera académica entera?, ¿tomaríamos una pastilla para tener 100 amigos?, ¿una pastilla que nos ahorre todas las comidas del día, o el deporte? ¿Cuál es el problema de decir que sí a todo eso? Nos ahorraríamos mucho tiempo, esfuerzo, etc. Es verdad, pero nos perderíamos el PROCESO. Y el proceso, donde hay esfuerzo, relaciones, fallos y aciertos, es lo que nos hace a nosotros, como personas. Hay cosas que no se pueden acelerar, o tratar como medios de consumo.
En una sociedad tecnologizada, donde se valora preponderantemente lo fácil, lo cómodo, se busca ahorrar procesos, la inmediatez. Y poco a poco se van desnaturalizando las cosas y sin darnos cuenta pasamos de priorizar lo fácil a lo bueno. "Lo que vale cuesta", dicen. Y es así, el bien tiene un componente árduo, y muchas veces escogemos lo fácil a lo árduo. El peligro de la tecnología, entonces, no es la adicción, es la MEDIOCRIDAD. Lo fácil se convierte en criterio de elección prioritario.
Cuando sometes a una gran fuerza los elementos, algunos se rompen, son frágiles. Otros resisten -la famosa "resiliencia"-. Fragilidad y resiliencia son dos términos conocidos. Lo interesante -y aquí entra en juego una tercera palabra- es que los humanos no solo no nos rompemos, ni solo resistimos, sino que mejoramos con el reto, con la fuerza ejercida sobre nosotros. Somos ANTIFRÁGILES: nos beneficiamos del desorden, del caos, del esfuerzo. Y por el contrario, cuando elegimos lo fácil, nos hacemos frágiles. Renunciamos a metas altas. Como en todo, in medio virtus: no se puede educar solo en la seguridad, ni solo en el riesgo, tiene que ser proporcional, conquistar cada vez más zonas de riesgo, salir paulatinamente de la famosa "zona de confort". Sin riesgo no se puede avanzar.
En definitiva, este autor anima a poner el valor, el foco, en lo bueno, no en lo fácil. No hay atajos para lo bueno. Uno se emociona con algo grande, se desemociona, le cuesta, pero sigue, y sigue, y al final llega un disfrute mucho mayor, con aquello logrado. A corto plazo, disfrutamos más de lo fácil. A largo, de lo bueno, de lo árduo, de lo conquistado. En la educación y en la propia vida, hay que ir subiendo el nivel de dificultad y riesgo, porque no estamos hechos para la mediocridad, sino para la grandeza. Y todo ello, sucede, principalmente, fuera de las pantallas.


















