lunes, marzo 09, 2026

La peculiar contabilidad de Benjamin Franklin




Hace poco leí algo sobre Benjamin Franklin que me impactó. A los veinte años se propuso alcanzar la perfección moral. Y para intentarlo diseñó un sistema. Un sistema concreto, con libreta y todo.

Primero un poco de contexto. En Estados Unidos Franklin es una figura enorme. No fue presidente, pero está en el billete de 100 dólares, el de mayor valor. Y eso dice mucho. Los americanos lo consideran la primera encarnación del sueño americano: un tipo que nació sin dinero, con dos años de educación formal, y que a base de trabajo, curiosidad y disciplina se convirtió en impresor, científico, inventor, músico, escritor y uno de los fundadores del país. El self-made man antes de que existiera esa expresión. Se le apoda "The First American" por su temprana defensa de la unión de las trece colonias y por dar forma a la identidad estadounidense, enfocada en la superación personal, el trabajo duro y la austeridad. Su papel como embajador en Francia fue vital, ya que consiguió el apoyo militar y financiero francés sin el cual, según muchos historiadores, la Revolución Americana habría fracasado.

Benjamin Franklin participó en la redacción o firmó cuatro documentos fundamentales para la creación de Estados Unidos: la Declaración de Independencia (1776), el Tratado de Alianza con Francia (1778), el Tratado de París que puso fin a la guerra con Gran Bretaña (1783) y la Constitución de los Estados Unidos (1787), siendo la única persona que firmó los cuatro.

A lo que íbamos: con veinte años Franklin se planteó un proyecto que él mismo llamó "audaz y exigente": dominar sus costumbres, su entorno, sus propias inclinaciones. 

Para hacerlo eligió trece virtudes. Nada abstracto, cada una con una descripción concreta y aplicable:

1. Templanza. Come sin llegar al embotamiento. Bebe sin llegar a la euforia.

2. Silencio. No hables si no es para beneficiar a otros o a ti mismo. Evita las conversaciones vacías.

3. Orden. Cada cosa en su sitio. Cada asunto en su momento.

4. Determinación. Haz lo que debes hacer. Sin excusas, sin aplazarlo.

5. Frugalidad. No gastes dinero en lo que no aporta nada a nadie. No desperdicies nada.

6. Trabajo. No pierdas el tiempo. Haz siempre algo útil. Elimina lo innecesario.

7. Sinceridad. No engañes. Piensa con limpieza y actúa en consecuencia.

8. Justicia. No hagas daño a nadie, ni por acción ni por omisión.

9. Moderación. Evita los extremos. No te tomes las ofensas más en serio de lo que merecen.

10. Limpieza. Cuida tu cuerpo, tu ropa y tu entorno.

11. Tranquilidad. No te alteres por tonterías ni por cosas inevitables.

12. Castidad. Usa el sexo con cabeza, sin que te perjudique a ti ni a otros.

13. Humildad. Imita a Jesús y a Sócrates.

Pero lo que más me impactó no fue la lista. Fue el método.

Franklin sabía que intentar mejorar todo a la vez no funciona. Así que diseñó algo muy simple. Llevaba una libreta pequeña con trece páginas, una por virtud. En cada página había dibujado una tabla: siete columnas, una por cada día de la semana, y trece filas, una por cada virtud, marcada con su inicial.

Cada noche se sentaba, repasaba el día y ponía un punto negro en cada casilla donde había fallado. Un punto en la T si había comido de más. Un punto en la S si había dicho algo inútil. Un punto en la O si había dejado algo sin orden.

El objetivo era simple: mantener la página lo más limpia posible.

Además, cada semana tenía una virtud protagonista. Esa semana le prestaba atención especial, la ponía arriba del todo en la tabla y se esforzaba especialmente en ella. Las demás las seguía observando, pero sin esa misma exigencia.

Trece semanas para pasar por todas las virtudes. Al terminar, volvía a empezar desde la primera. Un ciclo tras otro, durante años.

Con el tiempo los puntos fueron disminuyendo. No desaparecieron, pero el progreso era visible y real.

Nunca llegó a la perfección que buscaba. Él mismo lo reconoció sin problema. Pero escribió que gracias a ese intento se convirtió en una persona mejor y más feliz de lo que habría sido sin él. Y sin duda le ayudó a ser la persona que fue. 

Lo que me parece brillante del sistema es su honestidad. No es autoayuda vacía. No hay promesas grandes ni motivación artificial. Es simplemente observarte cada día, apuntar tus fallos sin excusas y repetir el proceso.

Como un comerciante que lleva sus cuentas. De hecho eso es exactamente lo que Franklin era: un comerciante. Y trató su carácter con la misma lógica que sus negocios.

Una libreta. Una tabla. Un punto negro cuando fallas.

Y vuelta a empezar.

Hay que decir que el examen de conciencia cristiano es muy parecido, pero no exactamente lo mismo. El examen de conciencia existe en el cristianismo desde muy antiguo, básicamente desde los primeros monjes del desierto en el siglo IV. La idea es la misma: al final del día, repasas tu conducta, identificas dónde has fallado y te propones mejorar. San Ignacio de Loyola lo sistematizó en el siglo XVI dentro de sus Ejercicios Espirituales. Su método, que llamó el Examen, tiene cinco pasos: Dar gracias por el día, Pedir luz para verse con claridad, Repasar el día momento a momento, Reconocer los fallos con pesar, Propósito de mejorar al día siguiente. 

La diferencia clave con Franklin es el enfoque. El examen ignaciano busca ver dónde has estado cerca o lejos de Dios. El modelo de conducta es Jesucristo, no una lista de cosas. Es espiritual y relacional. El de Franklin es puramente práctico y secular, sin dimensión religiosa. Franklin no se pregunta si ha ofendido a Dios, se pregunta si ha sido eficiente, honesto y moderado. Uno examina sobre el amor a Dios y a los demás. El otro, sobre la eficacia. 

En el fondo los dos parten de la misma intuición: que sin observación consciente, no hay mejora posible. Y eso sirve para creyentes y para no creyentes.



sábado, febrero 28, 2026

Gratitud y esperanza: God is good all the time



Esta tarde, mientras corría, me ha venido un recuerdo de Kenia.

Sin buscarlo.

Sin estar pensando en nada especial.

De repente. Como un fogonazo.

Han pasado siete meses desde aquellos quince días allí, en julio. Estuve con 25 universitarios de Barcelona y otras ciudades de España haciendo un voluntariado en Mukuru, uno de los asentamientos informales más grandes de Nairobi, donde entre 500.000 y 700.000 personas viven hacinadas en apenas 2,5 km², en pequeñas chozas de chapa sin saneamiento adecuado, con acceso limitado a agua potable y expuestas a inundaciones, contaminación y graves riesgos sanitarios. En ese momento no hice grandes reflexiones. Viví lo que había delante: colegios en slums paupérrimos, centros de acogida, iglesias festivas, encuentros con niños huérfanos, profesores, voluntarios, familias. Fue intenso. No me dio demasiado tiempo para procesar. 

Pero hoy, corriendo, me ha vuelto con mucha claridad una escena que se repitió varias veces.

Cuando nos presentábamos por primera vez en los sitios, en un colegio, en un centro, en una iglesia hacíamos una pequeña ronda de presentaciones, para romper el hielo. 

Un niño pequeño se levantaba. O una chica adolescente. O un profesor. O alguien mayor. Y antes de decir su nombre, antes de explicar quién era o qué hacía, decía en voz alta:

— God is good all the time.

Y todos los demás —sus amigos, los otros niños, los huérfanos del centro, los profesores, la gente de la iglesia— respondían con naturalidad, con alegría:

— All the time, God is good.

Y entonces sí.

Después de eso, se presentaban. Decían su nombre.

Lo escuché en distintos lugares. No fue algo aislado. Era casi una manera cultural de empezar. Como si antes de hablar de uno mismo hubiera que afirmar algo más importante.

Primero, la bondad de Dios.

Luego, tu nombre.

En julio no lo analicé. Me impresionó, sí, pero no lo elaboré demasiado.

Hoy, corriendo, me ha venido el contraste.

Allí, en contextos objetivamente duros —pobreza real, historias de abandono, mucha precariedad— esa afirmación era el punto de partida.

Aquí, en cambio, vivimos con muchas más seguridades materiales, y sin embargo a veces se respira otra cosa: cansancio, queja, ansiedad, una especie de hastío difícil de explicar.

Uno podría pensar que repetir “Dios es bueno” es una forma fácil de consolarse. Un recurso psicológico. Una frase que ayuda a sobrellevar lo que duele.

Es posible. Sí.

Pero sinceramente, yo no lo viví como algo superficial. Hay sonrisas que no se pueden fingir. Hay miradas que no son impostadas. Hay una alegría que no parece autoengaño.

No vi ingenuidad. No vi desconexión del dolor. Vi personas muy conscientes de sus dificultades, pero apoyadas en algo más grande que sus circunstancias.

Y mientras hoy corría (¡lo que ayuda correr!) también me ha venido otra frase que escuché hace tiempo. Una persona le decía a otra:

“Si cuando llegas al final del día no encuentras nada que agradecer, es que te has equivocado. Has mirado mal. Vuelve a repasar el día.”

Me parece una idea buenísima.

Porque muchas veces no es que no existan motivos para agradecer. Es que estamos entrenados para fijarnos antes en lo que falta, en lo que salió mal, en lo que nos preocupa.

Quizá por eso aquella frase keniana me ha vuelto hoy con tanta fuerza.

No era solo creer en Dios.

Era creer en su bondad.

Afirmar que Dios es bueno incluso cuando pasan cosas durísimas. Incluso cuando no entiendes por qué sucede lo que sucede.

Cuando la esperanza depende solo de que todo salga bien —el trabajo, la salud, la economía, el entorno— cualquier grieta lo tambalea todo.

Cuando la esperanza está puesta en una bondad que no depende de las circunstancias, la interpretación cambia.

No desaparece el dolor.

Pero no lo ocupa todo.

Escribo esto porque me ayuda a ordenar lo que he sentido esta tarde. Porque a veces necesitamos poner palabras a los contrastes que llevamos dentro.

No tengo conclusiones cerradas.

Solo esta intuición sencilla: tal vez empezar diciendo “Dios es bueno siempre” cambia el lugar desde el que miramos el día.

Y quizá, si alguna noche no encontramos nada que agradecer, lo que necesitamos no es más cosas.

Es mirar otra vez.


lunes, febrero 23, 2026

Las redes sociales han muerto y ni nos dimos cuenta




Las redes sociales han muerto. Al menos, tal y como las conocimos. Las plataformas que un día prometieron acercarnos, crear comunidad y facilitar la conversación se han transformado en algo distinto: sistemas diseñados para capturar nuestra atención, retenernos el mayor tiempo posible y monetizar cada segundo de nuestra mirada.

Durante los primeros años de Facebook, Instagram o incluso MySpace, la lógica era clara: trasladar nuestras relaciones humanas al espacio digital. Compartíamos fotos de momentos especiales, actualizábamos nuestro estado, hacíamos comentarios y, en muchos casos, interactuábamos con personas que conocíamos en la vida real. Había un carácter social genuino, una circulación de atención basada en vínculos existentes.

Hoy, en cambio, esa lógica se ha diluido. Las plataformas han pasado de ser redes entre personas conocidas a motores algorítmicos de recomendación de contenido. El objetivo principal ya no es facilitar la conexión entre amigos o familiares, sino mantenernos dentro de la plataforma el mayor tiempo posible. Los algoritmos priorizan los vídeos virales, el contenido que genera interacción rápida y continua, y aquello que puede convertir minutos de atención en ingresos publicitarios. En este nuevo paradigma, la conexión humana deja de ser el centro y se convierte en un subproducto de dinámicas diseñadas para enganchar.

Esto ha cambiado radicalmente la experiencia en línea. La interacción real y significativa está migrando a espacios más privados, como chats individuales o grupos cerrados, mientras que en el espacio público de las plataformas dominan los flujos de entretenimiento y consumo pasivo. Ya no navegamos para ver lo que han publicado nuestros conocidos; navegamos para que el sistema nos ofrezca contenido optimizado para nuestra atención.

El resultado es una ilusión de comunidad sostenida por algoritmos y métricas, más que por relaciones sociales auténticas. Las redes sociales, en su sentido original, han dejado de existir. Ahora interactuamos con plataformas que observan, predicen y explotan nuestros patrones de atención, más que con personas reales.

Quizá la pregunta no sea si las redes sociales están “muertas” en un sentido literal, sino si ha muerto la promesa original que un día trajeron: un espacio digital que nos conectara auténticamente con otras personas. Si entendemos que esa promesa ya no se cumple, entonces sí, podemos decir que las redes sociales como las concebimos han dejado de existir. Lo que tenemos ahora es otra cosa, y quizá es momento de repensar qué tipo de espacios digitales queremos construir y habitar, y dónde realmente encontramos conversación, comunidad y significado.

lunes, febrero 16, 2026

Cuando la emoción secuestra la razón




Hay momentos en que la emoción secuestra la razón. No de forma violenta, sino silenciosa. Se instala en la conversación interior y empieza a dictar conclusiones que parecen lógicas, pero no lo son. 

Lo más sorprendente es que estos pensamientos no suelen presentarse como dudas, sino como certezas. 

Aparecen en forma de frases breves, automáticas, contundentes: 
— “No lo hago bien.” 
— “No soy capaz.” 
— “Siempre me pasa lo mismo.” 
— “Seguro que piensan mal de mí.” 

No pasan por el filtro de la lógica. No se someten a contraste. Simplemente aparecen… y se aceptan. A esto la psicología lo llama distorsiones cognitivas

No son mentiras conscientes. Son interpretaciones deformadas de la realidad, generadas por emociones negativas como el miedo, la inseguridad, la tristeza o la frustración. Y tienen una característica clave: parecen verdad. 

Existen muchos tipos de distorsiones cognitivas, pero todas comparten el mismo patrón: reducen la complejidad de la realidad y la sustituyen por una versión más simple… y más negativa. 

Una de las más frecuentes es el filtraje: la mente selecciona un detalle negativo e ignora todo lo positivo. Diez cosas han salido bien, una ha salido mal… y solo vemos esa una. 

Otra es el pensamiento polarizado: todo o nada. Blanco o negro. Éxito o fracaso. Sin matices. Sin términos medios. 

También está la sobregeneralización: un error puntual se convierte en una conclusión permanente. No es “esto no ha salido bien”. Es “nunca lo haré bien”. 

O la personalización, que nos hace creer que lo que ocurre a nuestro alrededor tiene que ver con nosotros, aunque no haya ninguna evidencia. 

Especialmente poderosa es el razonamiento emocional, que consiste en asumir que lo que sentimos es verdad simplemente porque lo sentimos. Si me siento inseguro, entonces debo ser inseguro. Si me siento incapaz, entonces debo ser incapaz. Pero sentir algo no lo convierte en verdad. Lo convierte en una experiencia. Y no es lo mismo. 

Otra distorsión frecuente es la interpretación del pensamiento. La mente cree saber lo que los demás piensan sin que hayan dicho nada. Una mirada, un silencio o un gesto se convierten en una conclusión negativa. No son hechos, son interpretaciones. Pero se viven como si fueran certezas.

Está también la culpabilidad, que hace que la persona se responsabilice de lo que no depende de ella, o que culpe a otros de su propio malestar. Se cargan pesos que no son propios, generando una sensación constante de deuda o injusticia.

Otra trampa es el “debería”. La mente impone normas rígidas sobre cómo uno mismo o los demás tendrían que actuar. Cuando la realidad no encaja con esas normas, aparece la frustración, el enfado o la culpa. El problema no es la realidad, sino la expectativa.

Las etiquetas globales reducen a la persona a un solo juicio negativo. Un error puntual deja de ser un hecho aislado y se convierte en una definición personal: “soy un fracaso”, “no valgo”. Se confunde lo que se hace con lo que se es.

También existe la necesidad constante de tener razón. La persona busca confirmar su punto de vista en lugar de comprender la realidad. Equivocarse se vive como una amenaza, no como una oportunidad de ajustar el propio juicio.

La falacia del cambio consiste en creer que el bienestar depende de que los demás cambien. Se deposita la propia paz en factores externos, fuera del propio control, generando frustración e impotencia.

Todos tenemos alguna vez alguno de estos pensamientos. Forman parte del funcionamiento normal de la mente. El problema no es que aparezcan. El problema es que se instalen. Que se conviertan en el tono habitual de nuestra conversación interior. Que operen sin ser cuestionados. Que pasen de ser pensamientos… a ser creencias. Porque cuando una persona cree algo, empieza a vivir como si fuera verdad. Y eso cambia todo. 

La madurez psicológica no consiste en no tener emociones negativas. Eso es imposible. Consiste en que la emoción no tenga la última palabra. La emoción informa. Pero no decide. La razón no elimina la emoción, pero la ordena. La pone en contexto. Le devuelve su proporción. Muchas veces el simple hecho de preguntarse: “¿Es esto objetivamente cierto, o es solo lo que siento ahora?” es suficiente para debilitar el hechizo. No se trata de negar lo que uno siente. Se trata de no confundirlo con la realidad. 

Descubrir estos mecanismos es profundamente liberador. Porque uno entiende que no todo lo que piensa es verdad. Que no todo lo que siente define quién es. Que no está obligado a obedecer cada pensamiento que aparece. A veces puede pasar que una tarde, una mañana, un día, una temporada, la guien ese tipo de distorsiones cognitivas, y eso enfada, o entristece, o paraliza. A mi me pasa. En ese momento hay que parar, analizar esos pensamientos y, si no acallarlos, sí neutralizarlos. Volver a la lógica. 

Es un ejercicio que, realizado una y otra vez, no nos hace personas más frías, sino más libres, personas que recuperan el gobierno sobre su vida interior, que dejan de reaccionar automáticamente a pensamientos que no han elegido conscientemente. Cuando la razón no está secuestrada por la emoción, decides mejor. Con más perspectiva. Con más verdad. Se reduce el ruido mental y la conversación interior deja de ser un lugar hostil.

lunes, febrero 09, 2026

25 maneras para ser una persona con clase



Hace años, un buen amigo me recomendó la web Art of manliness. Te va a gustar —me dijo—. Tiene cosas con sentido común, pero bien explicadas. La guardé. La leí a ratos. Y estos días me he suscrito. Después de 6 o 7 años. A veces las cosas tardan tiempo. Os la recomiendo. 

Esta semana me llegó un artículo de la web que me encantó: 25 Ways to Be a Class Act.  El texto arranca recordando una frase que un entrenador repetía una y otra vez a sus jugadores de fútbol americano en el instituto: “Actúa con clase.” Nada de vacilar. Nada de celebrar humillando. Ayuda al rival a levantarse aunque te haya intentado arrancar la cabeza. No grites al árbitro. No lances el casco. Si ganas, compórtate como si ya hubieras estado ahí antes. Si pierdes, no montes el numerito. 

Clase.

Durante siglos, la clase tuvo que ver con el dinero, la cuna o el apellido. Pero desde finales del siglo XIX empezó a significar otra cosa: manera de estar, no de nacer. Hoy, tener clase es moverte por el mundo con dignidad, respeto y una calidez tranquila. Hacer la vida agradable a los demás. Es hacer lo correcto incluso cuando nadie te obliga. Es elevar un poco los lugares y las conversaciones por donde pasas. Y eso —dice el artículo— se nota en pequeñas cosas. Muy pequeñas. Pero constantes. 

Aquí van las 25.

25 gestos pequeños que dicen mucho de una persona con clase:

1. Saluda tú primero. 
No esperes. Mira a los ojos. Un “hola” sincero puede cambiar un día entero.

2. Usa el nombre de las personas y recuérdalo. 
No hace falta forzar. Pero recordar un nombre es recordar a la persona.

3. Sujeta la puerta al que viene detrás.
No es caballerosidad antigua: es humanidad básica.

4. Deja pasar en el tráfico.
Llegar 12 segundos antes no es una victoria moral.

5. Escribe notas de agradecimiento a mano.
En un mundo digital, el papel tiene algo de gesto noble.

6. No hables mal de otros a sus espaldas.
Si no lo dirías a la cara, no lo digas cuando no está.

7. Habla bien de otros cuando no están delante.
Es de lo más elegante que se puede hacer.

8. Recoge basura que no es tuya.
Deja los sitios mejor de como los encontraste.

9. Vístete acorde al lugar.
No por aparentar, sino por respeto a la ocasión.

10. Llega puntual.
El tiempo de los demás también vale.

11. Sé generoso en la conversación.
Pregunta, escucha, deja espacio. No todo va de ti.

12. Devuelve las cosas mejor de como te las prestaron.
Limpias, llenas, arregladas si hace falta.

13. Di “perdón” y “disculpa” sin excusas.
Sin “pero”. Sin letra pequeña.

14. Da buenas propinas cuando toca.
La generosidad cotidiana también educa el carácter.

15. Guarda el móvil cuando hablas con alguien.
La atención plena es una forma de respeto.

16. Cumple tu palabra, incluso en lo pequeño.
Si dices que llamas, llama.

17. No lo cuentes todo.
La discreción también es una virtud.

18. Reconoce el mérito ajeno.
Dar crédito no te empequeñece; te engrandece.

19. Mantén la dignidad cuando las cosas van mal.
Perder sin hacer ruido es una lección de vida.

20. Da salidas elegantes.
No arrincones a nadie. Deja que salven la cara.

21. Trata a los trabajadores de servicios como personas.
Míralos, agradéceles, no los ignores.

22. Queja privada y proporcional.
Los problemas se arreglan hablando, no exhibiendo.

23. No corrijas por ego.
Tener razón no siempre es lo más importante.

24. No presumas.
La seguridad no necesita aplausos.

25. Compórtate como un anfitrión en cualquier sitio.
Haz sentir cómodos a los demás, incluso cuando no es tu casa.

Buenísimos consejos para seguir. Me pongo a ello :D

La clase no se compra, no se hereda y no se publica en redes. 

Se practica. Cada día. En silencio.


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lunes, febrero 02, 2026

Abraham Lincoln: decenas de fracasos antes de ser presidente de EEUU y cambiar el mundo





Abraham Lincoln (nacido en 1809) asumió la presidencia de Estados Unidos en 1861, a los 52 años. Lo asesinaron al cabo de cuatro años, tras acabar la guerra. Antes de eso, su vida estuvo marcada por numerosos fracasos y reveses en lo personal, empresarial y político, lo que se ha convertido en un ejemplo clásico de perseverancia. 

Antes de 1860, en 1831 perdió su empleo. En 1832, fue derrotado en su primera candidatura en el estado de Illinois, en 1833 su nuevo negocio quebró y quedó endeudado por años (pagó las deudas lentamente). En 1835 murió su prometida Ann Rutledge (un golpe emocional profundo). En 1836 sufrió un grave episodio de depresión y algunos amigos temieron por su vida. 

En 1838 fue derrotado al intentar ser elegido presidente de la Cámara de Illinois. En 1843 fue derrotado en la nominación para el Congreso de EEUU por el Partido Whig. En 1848 perdió la renominación para su propio escaño en el Congreso (después de haber sido elegido en 1846). En 1849 fue rechazado para un puesto como comisionado de tierras (Land Officer) en el gobierno federal. En 1854 fue derrotado en su candidatura al Senado de EEUU. En 1856 fue derrotado en la nominación para vicepresidente en la convención republicana. En 1858 fue derrotado nuevamente para el Senado de EEUU. A eso se suman otros reveses, como la pérdida de su madre a los 9 años (1818), o el desalojo del hogar de su familia en varias ocasiones por deudas. O el fracaso como granjero. O los problemas de salud mental recurrentes .

Lincoln no se rindió pese a los golpes: cada fracaso lo fortaleció, le dio experiencia y lo preparó para liderar en la crisis más grave de EEUU, su guerra civil. Así lo decía él mismo: "mi gran preocupación no es fallar, sino no levantarme cada vez que fallo". Como contaba aquí, los humanos somos antifrágiles: crecemos y mejoramos con el riesgo, los reveses, los fracasos (y empeoramos cuando todo es fácil).

Cuando llegó a la presidencia, Lincoln cambió el mundo, principalmente por tres razones fundamentales, que transformaron no solo a Estados Unidos, sino que influyeron en la idea de libertad, democracia y derechos humanos en todo el planeta. 

Preservó la Unión y evitó la fragmentación de Estados Unidos. Cuando varios estados del sur se separaron para formar la Confederación (principalmente por defender la esclavitud), él se negó a aceptar la secesión. Su victoria aseguró que Estados Unidos siguiera siendo una nación indivisible. Esto fortaleció enormemente al país que luego se convertiría en la superpotencia que es, con enormes repercusiones geopolíticas mundiales.

Abolió la esclavitud en Estados Unidos. Aunque inicialmente su prioridad era preservar la Unión, emitió la Proclamación de Emancipación el 1 de enero de 1863, que declaró libres a millones de esclavos en el sur. Esto cambió el carácter de la guerra: pasó de ser una lucha por la unión a una por la libertad. Su liderazgo impulsó la Decimotercera Enmienda (ratificada en 1865), que prohibió la esclavitud en todo el territorio estadounidense de forma definitiva. La esclavitud era una institución aceptada en gran parte del mundo; su fin en la nación más poderosa aceleró el movimiento abolicionista global.

Redefinió la democracia moderna con ideas universales. En su famoso Discurso de Gettysburg (1863), Lincoln resumió los ideales fundacionales de Estados Unidos con la frase: "que este gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la tierra". También enfatizó la igualdad ("todos los hombres son creados iguales") y la libertad como principios universales. Estas palabras se convirtieron en un símbolo mundial de democracia, inspirando movimientos por los derechos civiles, la descolonización, la igualdad racial y la democracia en muchos países durante los siglos XIX, XX y XXI.

En resumen, Lincoln no solo salvó a un país de la desintegración y acabó con la esclavitud en una de las naciones más influyentes del mundo, sino que también dejó un legado de ideas que trascendieron fronteras y siguen siendo citadas hoy en día como inspiración global. Es considerado como uno de los líderes que más cambió el rumbo de la historia moderna, comparable en impacto a figuras como Washington. Su asesinato en 1865, justo al acabar la guerra, lo convirtió además en un mártir de esas causas.

El líder que fue Lincoln, el líder que tanto influyó en el mundo, no surgió de la nada. De la noche a la mañana. Apareció tras mucho esfuerzo, fracaso y perseverancia. Es un buen ejemplo de tenacidad. 


jueves, enero 29, 2026

Quien tiene la visión, tiene la misión





Este verano escuché una frase que me apunté porque me gustó: "quien tiene la visión, tiene la misión". 

Muchas veces se nos ocurren cosas que habría que cambiar, que no funcionan como están, que serían mejor de otra manera. Y muchas veces, aunque nos parezca increíble, eso o aquello no funciona o no se cambia o está mal porque nadie lo ha visto, porque nadie ha caído en que podría hacerse de otra manera. Sencillamente, entre las personas, somos distintos, pensamos distinto, tenemos distintas experiencias, y muchas veces vemos cosas que nadie más ve. 

Otras muchas veces lo que vemos nosotros que no funciona, lo ve todo el mundo, y aun así, "nadie hace nada". Es normal: es barato y fácil opinar o destruir, y más complicado es construir. 

En todo caso, tanto si nadie lo ve como si todo el mundo lo ve, la frase es buena y válida: "quien tiene la visión, tiene la misión". Cuando vemos algo que creemos que debería ser de otro modo, nos lo podemos tomar como misión, y arremangarnos. Así, poco a poco, las cosas se van arreglando, y dejamos un mundo mejor a los que vienen detrás. 


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lunes, enero 26, 2026

Exterior, elección y resultados. Tres paradigmas que nos hacen menos felices





Hace unos días estuve en una sesión con Aniceto Masferrer, profesor de Derecho en la Universidad de Valencia y divulgador y conferenciante sobre temas como el carácter, la libertad y la gestión de la vida entre gente joven (aquí va un link de su instagram).

Una de las ideas que me gustó es que decía que vivimos atrapados en tres paradigmas, en tres primacías que damos por buenas, como sociedad, cuando en realidad lo que nos hace crecer es justo lo contrario.

El primer paradigma en el que estamos anclados, es la primacía del exterior. Prestamos una atención enorme a lo visible: el cuerpo, la actividad, los logros, el reconocimiento. Y, sin embargo, lo decisivo es el interior

En esa sesión el ponente contó un mito sugerente, que como todo mito, ilustra asuntos complejos de manera simple: Zeus, Poseidón y ¿Hades? se preguntaban dónde esconder el secreto de la felicidad, para que los humanos nunca la encontrasen. "En la montaña más alta", propuso uno. "En el fondo del mar", dijo Poseidón. A lo que Zeus concluyó. "No, son demasiado aventureros, allí lo encontrarán. Lo esconderemos en el fondo de su corazón. Allí casi nunca llegan."

Cultivar la interioridad no es huir del mundo, es aprender a habitarlo mejor.

El segundo, es la primacía de la elección. Nos obsesiona elegir bien: estudios, trabajo, pareja, opciones.


Pero quizá lo verdaderamente decisivo no es tanto elegir como acoger lo que nos viene dado. Ser —decía Aniceto— buenos donatarios y para ser luego buenos donantes. Aceptar lo recibido (familia, talentos, límites, circunstancias) y sacarle partido, ponerlo en juego. No empezar siempre desde cero, sino desde lo dado. Esa misma idea se la volví a escuchar antes de ayer a Ana Iris Simón, en una conferencia en el Palacio de Vistalegre.

El tercero, por último, es la primacía de los resultados. Vivimos pendientes de métricas, éxitos, cifras, finales felices. Pero la vida no se juega ahí. Contaba Aniceto que lo importante es el proceso. Sembrar bien, cuidar lo que depende de uno, hacer lo correcto… y aceptar que los frutos no siempre se ven enseguida.

Quizá seremos más felices si miramos más estas tres primacías o paradigmas que no están tan de moda: menos exterior, menos control, menos obsesión por el resultado. Más interioridad, más acogida, más fidelidad al proceso. 


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martes, enero 20, 2026

Audacia y magnanimidad: dos grandes virtudes para recuperar





No nos falta información, ni diagnósticos, ni debates. Lo que nos empieza a escasear (¡a mi el primero!) son virtudes básicas para sacar las cosas adelante: audacia para arriesgar y magnanimidad para pensar en grande. Sin ellas, una sociedad puede volverse correcta y ordenada… pero también estéril. 

Durante mucho tiempo, muchas personas hicieron cosas importantes sin cobrar mucho, o directamente sin cobrar nada, por el bien común. Sacaron adelante proyectos educativos, sociales, culturales o empresariales con riesgo, esfuerzo y una fuerte conciencia de responsabilidad. No lo hicieron por ideología ni por reconocimiento, sino porque alguien tenía que hacerlo.

Quizá hoy nos hemos vuelto un poco funcionarios de la vida. Quizá el facilismo del que hablábamos en este post, fruto de una avalancha de la tecnologia nos ha llevado a medirlo todo en términos de seguridad, esfuerzo mínimo y retorno inmediato. Y así se van debilitando la audacia y la magnanimidad, junto con otras virtudes igual de necesarias: la generosidad y la gratuidad, que nos lleva a hacer cosas sin esperar nada a cambio. 

En Cataluña fuimos especialmente buenos en esto. La sociedad civil fuerte y el mundo sin ánimo de lucro pusieron en marcha muchas realidades valiosas, al margen del signo político. Muchas de las cosas que hoy funcionan nacieron así: por empuje, por compromiso y por amor a lo común. Grandes instituciones educativas, santarias, musicales, religiosas... incluso barrios enteros. 

Hoy, en cambio, parece que objetivos como el dinero o el partidismo pueden estar envenenándolo todo, reduciendo los proyectos a intereses y las iniciativas a bandos. Cuando eso pasa, se encoge el horizonte y se enfría el compromiso.

Quizá no se trate de grandes discursos, sino de volver a salir cada día de uno mismo: arriesgar un poco más, pensar un poco más alto y dar sin calcular tanto. Porque una sociedad no se sostiene solo con normas o balances, sino con personas capaces de apostar por los demás, incluso cuando no hay nada garantizado a cambio.

¿Cómo crecer cada día en audacia y magnanimidad?  

Podemos ganar en audacia haciendo pequeñas cosas incómodas cada día. No heroísmos, sino incomodidades conscientes: llamar a esa persona que llevamos semanas evitando, decir lo que pensamos con respeto cuando normalmente callamos. Empezar tarea sin esperar a tenerlo todo claro. Exponernos un poco más (escribir, proponer, decidir). La audacia crece por acumulación, no por golpes épicos. 

Hay que dejar de negociar tanto con nosotros mismos. La falta de audacia suele hablar con frases muy reconocibles: “¿Es realmente necesario?”, “¿y si no hace falta hacerlo tan bien?”, “ya lo haré mañana…”. No suenan a cobardía, sino a prudencia razonable. Y precisamente por eso funcionan. Cuando aparece esa voz, no es el momento de discutir con ella. Discutir es darle tiempo. Lo eficaz es actuar rápido, antes de que nos convenza. Mel Robbins lo explica bien cuando habla de una ventana de oportunidad: ese breve instante en el que una idea buena —para cambiar algo, para mejorar, para dar un paso— todavía está viva. Son esos 5, 4, 3, 2, 1 segundos, como una cuenta atrás de la NASA. Si actúas, la aprovechas. Si dudas, se cierra.

Y sobre todo, hay que tener esta regla clara en mente: si no da nada de miedo, probablemente es demasiado pequeño para ti.

Magnanimidad significa, literalmente, “alma grande”. No tiene que ver con creerse superior, sino con no conformarse con una vida pequeña. El magnánimo no vive obsesionado con protegerse, sino con estar a la altura de lo que vale la pena. 

Por eso, la magnanimidad siempre mira más allá del propio interés inmediato. No niega la prudencia ni el realismo, pero se niega a convertirlos en excusas. La magnanimidad no es ambición desordenada, no es afán de poder ni de reconocimiento, no es ir de salvador ni de héroe. La magnanimidad es silenciosa. Muchas veces pasa desapercibida porque no busca aplauso.

Una persona magnánima asume responsabilidades grandes cuando podría quedarse al margen, piensa a largo plazo, incluso cuando el beneficio inmediato es menor; invierte tiempo, energía o dinero en otros, sin garantías de retorno; apuesta por proyectos frágiles que merecen la pena aunque puedan fracasar. 

El magnánimo no pregunta primero “¿qué gano yo?”, sino “¿qué hace falta aquí?”.

Ejemplos claros de magnanimidad hoy son tener hijos, sabiendo que no es cómodo, que no se controla todo y que no hay rentabilidad. Crear una empresa o un proyecto social, arriesgando patrimonio, reputación y años de vida. Sostener una asociación, una escuela o una entidad sin ánimo de lucro durante décadas, sin foco mediático ni recompensa económica. Quedarse, cuando sería más fácil irse: en un barrio, en una comunidad, en una iniciativa común. Formar a otros sabiendo que quizá te superen o se vayan.

En todos esos casos hay algo en común: se renuncia a vivir solo para uno mismo.

Sin magnanimidad no hay bien común. Solo hay suma de intereses.

Y cuando nadie piensa en grande ni a largo plazo, alguien acaba pagando el coste: los jóvenes, los débiles, los que vienen detrás. Por eso, recuperar la magnanimidad no es un lujo moral. Es una necesidad social.

Para ganar en magnanimidad, nos tenemos que preguntar con frecuencia: ¿Estoy eligiendo esto porque es lo mejor… o porque es lo menos exigente? Ganar en magnanimidad empieza cuando no te conformas con la opción correcta pero pequeña, y te atreves a mirar la opción más grande, aunque complique la vida.

Hay cosas que ensancha el alma si se repiten: elegir lo que cuesta un poco más, hacer una llamada incómoda en vez de enviar un WhatsApp rápido, explicar algo con calma a alguien que va más lento, preparar mejor algo aunque “con lo justo” valdría, dar tiempo de calidad sin rentabilizarlo, quedarnos diez minutos más con alguien que necesita hablar, escuchar sin interrumpir ni pensar en qué vas a responder. acompañar a alguien aunque no te aporte nada, hacer algo bien cuando nadie lo verá, dejar un trabajo bien hecho aunque no se vaya a reconocer, ordenar, preparar o revisar algo que facilita la vida a otros, cumplir un compromiso pequeño con exactitud, ser generoso con un agradecimiento, ser claro y justo al reconocer el mérito ajeno, no regatear cuando sabes que el otro lo necesita más que tú.

También, en el trabajo, formar a alguien aunque no sea “productivo”, enseñar lo que sabes en vez de guardarlo, dar oportunidades a quien aún no rinde, corregir con paciencia, no solo con eficacia, asumir el marrón que nadie quiere, hacer la tarea ingrata, resolver el problema que todos esquivan, dar la cara cuando algo falla, pensar a largo plazo, tomar decisiones que no te benefician hoy, pero sí al equipo, invertir en calidad aunque cueste más ahora, priorizar personas frente a resultados inmediatos.

Y en la vida personal y familiar, estar cuando sería fácil desaparecer, no delegar siempre lo pesado, mantener una presencia constante, no solo brillante, cumplir cuando ya no apetece, elegir compromiso frente a comodidad, decir “sí” a algo que te ata pero construye, no huir de relaciones o responsabilidades exigentes, apostar por lo estable en un mundo de descartes, hacer algo sin contarlo, ayudar sin publicarlo, dar sin explicarlo, resolver sin reclamar crédito.

Cada día o cada semana podemos hacer una cosa que no nos compense: ni en dinero, ni en imagen, ni en control.

Si beneficia a otros y te cuesta un poco, estás entrenando la magnanimidad.

Y la pregunta aquí sería: ¿Esto que hago hoy facilita o dificulta la vida de otros mañana? La magnanimidad siempre introduce una variable que el ego no contempla: el futuro de otros.

De todos modos, no todo es empezar. Mucha magnanimidad está en continuar, perseverar, no abandonar cuando ya no motiva. Sostener en el tiempo es más magnánimo que inaugurar.

Si lo que hago es cómodo, seguro y solo para mi, no es magnanimidad. Si me saca de mi, me obliga a dar más y beneficia a otros, probablemente sí.

De vez en cuando hay que preguntarse ¿Con los dones que tengo, qué podría iniciar, solo o con otros -cuando iniciamos con otros suele ser mejor, porque llegamos más lejos- que pueda mejorar la vida de los demás? Si me sobra algo de tiempo (o aunque no me sobre, de entrada), ¿qué problema social me gustaría arreglar, aunque sea con un granito de arena de mi tiempo, mi conocimiento, mi dinero o mis habilidades?

Escribo el post para mi, para animarme a ser más audaz y magnánimo, para seguir el ejemplo de montones de personas que tengo a mi alrededor o que me han precedido, y que sostienen, con su esfuerzo y su sonrisa callada, nuestro mundo, haciendo de él un lugar mejor para vivir. 


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jueves, enero 15, 2026

Cuando el lenguaje deja de ser puente y se convierte en arma







"Hoy en día, el significado de las palabras es cada vez más fluido y los conceptos que representan son cada vez más ambiguos. El lenguaje ya no es el medio preferido por los seres humanos para conocerse y relacionarse entre sí. Además, en las contorsiones de la ambigüedad semántica, el lenguaje se está convirtiendo cada vez más en un arma con la cual engañar, o golpear y ofender a los oponentes. Las palabras deben volver a expresar ciertas realidades de forma inequívoca. Sólo así podrá reanudarse el diálogo auténtico sin malentendidos. Esto debería ocurrir en nuestros hogares y espacios públicos, en la política, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Del mismo modo, debería ocurrir en el contexto de las relaciones internacionales y el multilateralismo, para que este último pueda recuperar la fuerza precisa para desempeñar su papel de encuentro y mediación."

Son palabras del Papa León del pasado 9 de enero a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (se puede leer el discurso entero aquí. Es muy interesante y ha sido muy comentado en los medios y distintos foros). 

En ese discurso, el Papa habla del lenguaje (entre otras cosas), pero en realidad está hablando de algo mucho más hondo: de la posibilidad misma de convivir. Dice que el multilateralismo —y podríamos decir también la vida social, la política, la familia o la amistad— solo funciona si existe un lugar donde encontrarnos y dialogar. Como el foro romano o la plaza medieval. Pero para dialogar hace falta algo previo: ponernos de acuerdo en el significado de las palabras.

Y ahí señala uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Las palabras se han vuelto líquidas, ambiguas, discutibles. Han perdido su anclaje en la realidad. Cuando eso ocurre, no solo se empobrece el lenguaje: se rompe la comunicación humana. Una palabra es “líquida” cuando ya no nombra una realidad estable, sino que cambia de significado según quién la use, el contexto ideológico o la conveniencia del momento. No es que una palabra tenga matices —eso siempre ha pasado—, sino que se desconecta de la realidad y deja de significar algo compartido. El Papa recuerda a san Agustín, que decía que dos personas sin un idioma común pueden vivir juntas sin entenderse, y que incluso un hombre puede sentirse más cerca de su perro que de otro ser humano con el que no puede comunicarse

Muchas veces el lenguaje se vuelve ambiguo a propósito, para poder imponer sin parecer que se impone. Si una palabra no significa algo claro, se puede usar como arma: para confundir, imponer, descalificar o excluir. En nombre de la ambigüedad o de una supuesta inclusión, las palabras dejan de decir algo claro. Y sin palabras claras no hay diálogo verdadero, solo enfrentamiento o imposición.

El Papa va más allá y apunta una paradoja inquietante. Este vaciamiento del lenguaje se suele justificar en nombre de la libertad de expresión. Pero sucede justo lo contrario: la libertad de expresión solo es posible cuando las palabras tienen un significado cierto, cuando están ancladas en la verdad. Si todo es interpretable, si todo depende del marco ideológico del momento, la libertad se estrecha. Aparece un nuevo lenguaje, casi orwelliano, que pretende incluir a todos pero acaba excluyendo a quienes no se ajustan a él.

Una palabra es verdadera cuando remite a algo real, reconocible, compartible, aunque sea complejo o discutido. La realidad precede al lenguaje. El lenguaje no crea la realidad, la describe, la interpreta, la cuida.

Y las consecuencias de no hablar con un ancla en la verdad no son solo culturales. Afectan directamente a los derechos humanos. Se cuestiona la libertad de conciencia, la posibilidad de decir “no” cuando una ley o una práctica choca con convicciones morales profundas.  La libertad de conciencia se basa en poder decir “esto está bien”, “esto está mal”, “esto no puedo hacerlo” sin traicionarme. Pero para poder decirlo necesitamos palabras que signifiquen algo claro. Si las palabras están vaciadas, deformadas o redefinidas desde fuera, ya no puedes expresar tu conciencia. No porque te callen, sino porque te cambian el significado de lo que dices. Si una ley, una institución o una cultura dominante decide que esto ya no se llama así, esto otro no puede nombrarse de ese modo, o que usar ciertas palabras te convierte automáticamente en “culpable”, entonces tu conciencia queda desarmada. No puedes explicar por qué dices “no”, porque el lenguaje que usas ya ha sido redefinido contra ti.

La objeción de conciencia, recuerda el Papa, no es rebeldía: es fidelidad a uno mismo. Es un equilibrio necesario entre el bien común y la dignidad personal. Sin ese espacio, las sociedades tienden a la uniformidad y al autoritarismo, aunque se presenten como democráticas.

Algo parecido ocurre con la libertad religiosa, que —como recordaba Benedicto XVI— es el primero de los derechos humanos, porque toca el núcleo más profundo de la persona. Y, sin embargo, los datos muestran que cada vez más personas en el mundo sufren graves vulneraciones de este derecho. El Papa recuerda que el 64% de la población mundial sufre graves violaciones de este derecho.

El mensaje de fondo es claro y exigente. Sin palabras verdaderas, no hay diálogo; sin diálogo, no hay convivencia; y sin convivencia, solo queda la fuerza.


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miércoles, enero 14, 2026

De Grisáceo a Lucernarias: el post número 100.






Hoy no iba a publicar, pero los hechos se han precipitado, y aquí estamos. Hoy, en un mismo día, cambio de nombre del blog que pasa de llamarse "Grisáceo" a llamarse "Lucernarias", estreno un nuevo canal de Whatsapp y celebro una cifra redonda: este es el post número 100. 

Lo que ha motivado este post, de todos modos, es solo el cambio de nombre del blog. 

Siguiendo el consejo de mi madre, que casi siempre por no decir siempre tiene razón, dejo atrás un nombre gris para cambiarlo por un nombre luminoso. "Cambia el nombre del blog, Javi. Grisáceo es muy gris, triste, plomizo. Lo que tú escribes es luminoso". Como este blog tiene ya 18 años, la mayoría de edad, se ha ganado el derecho a cambiarse el nombre. Y así se llamará desde ahora: LUCERNARIAS. 

Ya os imagináis que en el universo de internet uno no puede usar el dominio que le venga en gana, porque algunos nombres ya están usados. Así que buscando un poco, he encontrado un nombre que me convence lo mismo que lucernario, que ya estaba usado. La palabra lucernaria, en femenino (y su plural lucernarias, está claro) es casi lo mismo, pero incluso mejor. 

Lucernaria es un sustantivo femenino con tres acepciones. Las tres me gustan. La primera acepción es "Lámpara pequeña que se enciende frente a un altar o sepulcro". La segunda, "Oficio vespertino en la liturgia de las horas de la iglesia cristiana" (cuyo sinónimo es vísperas). La tercera acepción es "Ventana situada en el techo, empleada para iluminar una habitación o para ventilarla" (algunos sinónimos son claraboya, lucernario, tragaluz). 

Si este blog puede servir para iluminar y ventilar las cabezas y los corazones, si ayuda a meditar o rezar o sirve para honrar a quienes nos han precedido, grandes maestros o no tan grandes, estaré bien contento.

Y esta última línea va para mi santa madre: tenías razón, este nombre de blog o cualquiera que no sea Grisáceo es mejor. Y aunque ya lo sepas, te lo digo: te quiero mucho, y doy gracias a Dios todos los días (siempre que me acuerdo) por los padres que me ha dado. 

lunes, enero 12, 2026

El amor expulsa el miedo. ¿Qué relación hay entre el miedo y el amor?




"Cuando el amor es grande, no existe el miedo". Esa es la frase de San Juan  (o muy parecida) que escuché el viernes pasado y me dejó intrigado. 

Quien más quien menos ha sentido miedo. ¿Qué conexion hay entre el amor y el miedo? San Juan dice que en el amor no hay miedo, el amor perfecto expulsa el miedo. Después de escuchar la frase, estuve leyendo algunas cosas sobre el tema. Y leyendo, leyendo me encontré con que el divulgador Mario Alonso Puig tiene una frase muy parecida: «el miedo solo es posible donde falta amor».

El miedo en la vida existe: a decidir, a equivocarnos, a perder, a no estar a la altura, a que el futuro no salga como esperamos. De hecho, el otro día escribí sobre la baja natalidad y uno de los factores para no tener hijos que no mencioné, porque se sobreentiende, es el miedo. En el fondo el miedo al futuro, a si mejorará, a si seré capaz. El combo "no puedo + no sé si debo" genera parálisis y, con el tiempo, resignación o renuncia.

El miedo es totalmente normal, el problema no es sentirlo, sino cuando se convierte en el motor de todo. Cuando vivimos desde ahí, la vida se nos presenta como una amenaza y no como un camino. San Juan apunta a algo muy sencillo y muy profundo a la vez: cuando el amor es pequeño, el miedo ocupa demasiado espacio. Cuando el amor crece, el miedo no desaparece del todo, pero deja de mandar. Ya no decide por nosotros. Seguimos teniendo vértigo, pero avanzamos.

Por eso, cuando hay miedo, la clave no está solo en intentar eliminarlo, sino en mejorar en el amor. Y mejorar en el amor empieza, sobre todo, por fiarnos más. 

Hay una pregunta que hacía no sé quién en algún podcast que me gusta mucho: ¿Qué harías si no tuvieras miedo?  Se parece a la pregunta ¿Qué es lo más loco que has hecho por amor? Y es que cuando amamos radicalmente, nos sentimos capaces de casi todo, no tenemos miedo. 

La frase inicial de san Juan no suena a reproche, sino a invitación. Si hay miedo, quizá la pregunta no sea solo cómo quitárnoslo de encima, sino en qué podemos crecer en el amor. 

Uno podría decir que no todo está en amar, porque para amar a los demás, hay que amarse sanamente primero a uno mismo, y sentirse amado. Quienes no han experimentado el amor incondicional y profundo de pequeños, pueden tener más problemas en este ámbito. Podríamos decir, entonces, que donde hay amor (propio + recibido + dado), el miedo pierde fuerza. Donde falta, el miedo crece y se convierte en el motor principal de la vida (control, ansiedad).

Contra el posible círculo vicioso muy común de "No me aman porque tengo miedo y tengo miedo porque no me aman", la buena noticia es que se rompe cultivando amor en cualquiera de sus formas. El amor propio con terapia, con autocompasión, con límites sanos. El amor recibido, con relaciones seguras, con una comunidad fuerte. Y el amor dado, con generosidad, sin esperar devolución. 

Pero incluso cuando el amor propio es bajo y el amor percibido es también, hay una frase de otro san Juan nos puede ayudar: «Donde no hay amor, pon amor, y sacarás amor.» Hay que amar. Dar el primer paso, para salir del circulo vicioso. 

Poner amor donde no lo hay es arriesgado. Te expone. No garantiza resultados inmediatos. A veces no hay respuesta visible. Pero incluso entonces, pasa algo importante: tú no te empequeñeces. No te endureces. No te cierras. Y muchas veces —no siempre, pero muchas— ocurre lo que san Juan de la Cruz afirma con una serenidad impresionante: el amor engendra amor. Despierta algo en el otro. Cambia el clima. Abre una grieta por la que entra la luz.

Se crece en el amor dejando de vivir a la defensiva. Cuando todo lo hacemos para no sufrir, no equivocarnos o no perder, el amor se queda pequeño. Amar implica exponerse un poco, aceptar que algo puede doler, pero entender que no amar por miedo acaba doliendo más.

Se crece en el amor aceptando la propia fragilidad. No somos autosuficientes ni perfectos, y reconocerlo no nos empequeñece, nos humaniza. Cuando dejamos de exigirnos estar siempre a la altura, empezamos a amar mejor y con más verdad.

Se crece en el amor saliendo de uno mismo. Pensando menos en cómo quedo yo y más en qué necesita el otro. Escuchando de verdad. Mirando con más comprensión. El amor se expande cuando deja de girar alrededor del propio ombligo. Me gusta mucho una frase de Oriol Jara, que dice que le encanta ser actor secundario de la vida de los demás. 

Se crece en el amor perdonando, empezando muchas veces por uno mismo. El rencor, la culpa y la dureza interior estrechan el corazón. El perdón, aunque cueste, lo ensancha.

Se crece en el amor agradeciendo. Dándose cuenta de lo recibido, de lo que ya funciona, de las personas que están. La queja constante reduce el amor; la gratitud lo fortalece. Hay que decir más piropos a la gente, las cosas que hacen bien, lo que nos gusta de ellos. 

Y, en clave creyente, se crece en el amor dejándose amar. Aceptando que no tenemos que ganarnos todo, que no todo depende de nuestro esfuerzo, que somos queridos antes de demostrar nada. Quien se sabe amado, ama mejor.

En el fondo, crecer en el amor es ir pasando poco a poco del miedo a la confianza. No de golpe, no perfectamente, pero de verdad. Y cuanto más crece el amor, menos espacio le queda al miedo para mandar.

Porque efectivamente, el miedo no desaparece del todo: todos tenemos miedo, al menos algunas veces, porque es un superpoder evolutivo que nos ha ayudado a llegar hasta aquí, a no morir comidos por los leones o atropellados por los coches un día y otro. 

Cuando el amor es fuerte el miedo no lo eliminas, lo atraviesas.

La mayoría de las personas que logran cosas importantes (vidas con sentido, relaciones estables y duraderas, hijos, proyectos, cambios vitales) lo hacen con miedo, no sin él. La diferencia está en actuar a pesar del miedo, no en esperar a que desaparezca. Y lo pueden hacer precisamente por el amor que se tienen a si mismos, porque se sienten profundamente amados y porque, en la mayoría de los casos, les mueve el amor. 

viernes, enero 09, 2026

La conexión entre la baja natalidad, la frustración vital y el bienestar social










Retomo un tema que ya trabajé y para el que me documenté a fondo en diarisantquirze.cat, porque los datos no solo no han mejorado, sino que confirman una tendencia de fondo cada vez más preocupante: España tiene un problema serio con la natalidad.

Las cifras son claras. En la actualidad nacen menos niños que nunca desde 1941. La tasa de fecundidad se sitúa en torno a 1,23 hijos por mujer, muy lejos del nivel de reemplazo generacional, que está alrededor de 2,1 hijos. España lleva casi tres décadas consecutivas por debajo de 1,5 hijos por mujer, una situación excepcionalmente baja incluso en comparación con otros países europeos.

Si miramos atrás, el contraste es llamativo. A mediados de los años setenta, la fecundidad en España rondaba los 2,8 hijos por mujer, por encima de la media europea. Desde entonces, el descenso ha sido rápido y sostenido. Pero el problema no es solo cuántos hijos se tienen, sino cuándo se tienen.

Los datos muestran un retraso muy acusado de la maternidad y la paternidad. En las últimas tres décadas, la edad media de las mujeres al tener el primer hijo ha pasado de 25,1 a 31,1 años, y la de los hombres de 30 a 34,4 años. España es hoy uno de los países donde el primer hijo llega más tarde. De hecho, ya hay más madres de 40 años que de 27.

Este retraso tiene consecuencias directas. Cuando el primer hijo llega tarde, el segundo muchas veces no llega. Y eso se refleja en otro dato relevante: el 30% de las mujeres en España acaba teniendo solo un hijo, y alrededor del 12% termina su etapa reproductiva sin ninguno. Entre las mujeres nacidas después de 1975, una de cada cuatro no será nunca madre, algo que no había ocurrido en ninguna generación femenina nacida en España durante el siglo XX.

Estos datos son importantes porque desmontan una idea extendida: no es que haya desaparecido el deseo de tener hijos. Las encuestas comparativas muestran que, en los países avanzados, el ideal mayoritario sigue siendo tener dos hijos o más, y ese ideal es muy estable en el tiempo y muy parecido entre países. La proporción de personas que declara no querer hijos es marginal.

Entonces, ¿qué está fallando?

Una primera causa es la inestabilidad vital. Tener hijos requiere un mínimo de seguridad económica, laboral y residencial. En España, esa estabilidad llega tarde. El empleo juvenil es precario, los salarios son bajos y el acceso a la vivienda es difícil. No es extraño que muchas decisiones se formulen en términos de “cuando tenga un contrato mejor”, “cuando podamos independizarnos”, “cuando estemos más tranquilos”. El deseo existe, pero se aplaza.

La comparación con otros países ayuda a entenderlo mejor. En Suecia, por ejemplo, los jóvenes tampoco quieren tener hijos a los 24 años. El deseo de retrasar la maternidad es muy similar al de España. La diferencia es que, a los 30, muchos suecos ya tienen vivienda, estabilidad laboral y autonomía. Se sientan en el sofá, lo hablan y deciden. Aquí, en cambio, cerca de la mitad de los jóvenes de 30 años sigue viviendo con sus padres.

A esta dificultad se suma una segunda tendencia demográfica: hay menos población en edad fértil. Tras décadas de baja natalidad, hoy hay menos mujeres de 30 y pocos años. Incluso aunque todas quisieran tener más hijos, el número potencial de nacimientos es menor. Es una dinámica que se retroalimenta y que agrava el problema.

Una tercera causa es estructural y tiene que ver con la conciliación. Jornadas laborales largas, horarios partidos, escasa flexibilidad, permisos de maternidad y paternidad todavía limitados y una oferta insuficiente de escuelas infantiles de 0 a 3 años convierten la maternidad y la paternidad en una carrera de obstáculos. Todas las investigaciones coinciden en que invertir en educación infantil temprana es una de las políticas más eficaces para combatir la baja natalidad. En España, la oferta ha mejorado, pero sigue muy lejos de cubrir la demanda real.

Todo esto tiene consecuencias claras. El envejecimiento de la población avanza y la relación entre personas activas y personas dependientes se deteriora. Diversos estudios estiman que este envejecimiento tendrá un impacto negativo sostenido en el crecimiento económico a largo plazo. Pero reducir el problema a una cuestión de PIB o de pensiones es quedarse corto.

Porque hay otra dimensión, menos visible pero igual o más importante: el bienestar de las personas. La diferencia entre los hijos que se desean y los que finalmente se tienen no es solo una estadística; es una forma de frustración vital. En países donde esta brecha es menor, como los países nórdicos, los indicadores de bienestar también son más altos.

Y, pese a todo, hay algo que sigue llamando la atención: el silencio. En muchos debates públicos se habla de jóvenes, de vivienda, de empleo, de sostenibilidad. Pero rara vez se habla de natalidad, de hijos, de infancia, de familias. Cuando un tema no se nombra, no se prioriza. Y cuando no se prioriza, no se actúa.

Hablar de natalidad no es imponer modelos de vida ni decirle a nadie lo que tiene que hacer. Es reconocer, a partir de los datos, que muchas personas no pueden vivir la vida que desean vivir. Y preguntarnos si estamos dispuestos a crear las condiciones para que esos deseos —tan básicos y tan humanos— no se queden sin tiempo.

Hasta hace unas décadas, estaba muy extendida la idea de que las mujeres debían quedarse en casa para tener más hijos. Sin embargo, hoy es en los países en los que las mujeres trabajan más donde tienen más hijos. Las tasas de empleo femenina son más altas en el norte de Europa y más bajas en el sur, y es en el norte donde las mujeres tienen más hijos, y no al revés. Esto ha sido parte del trabajo de muchos y de un cambio cultural. Es cuestión de poner dinero (el dinero que dirigimos a políticas de conciliación en España es de alrededor del 1%. En el norte de Europa es del 3%), pero también creatividad, y trabajar conjunta: administraciones, empresas, empresarios, asociaciones, universidades, etc. Investiguemos, hablemos, busquemos nuevos caminos.

Porque, al final, este no es solo un problema demográfico. Es una cuestión de país, de futuro y de felicidad.

miércoles, enero 07, 2026

Rosal-ia y el ingenio humano


Hace un tiempo escuché que el ingenio humano es una realidad tan potente que nunca nos faltará trabajo. Quizá fue Drucker, aunque no lo recuerdo. Él defendía que el motor de la economía moderna no es la fuerza física ni la repetición, sino el trabajador del conocimiento. Para él, mientras una persona piense, aprenda y cree valor con su cabeza, siempre habrá trabajo, aunque cambien las herramientas. La tecnología no elimina el trabajo: lo transforma y lo desplaza hacia el ingenio.

Mientras haya ingenio humano, no faltará trabajo. Lo que faltará, a veces, es la valentía de usarlo.

Rosalía nos da una lección de ello, a lo grande. Nos dice que ha pasado tres años estudiando. Tres años leyendo, parando, buscando: vidas de santas, textos de distintas religiones, escritos de espiritualidad. Estudiando música, canto, técnica, tradición y nuevas formas. Escuchando mucho. Haciendo un viaje interior profundo, silencioso, exigente. No para producir rápido, sino para entender qué quería decir y desde dónde decirlo.

Y de todo eso ha salido un disco. Un disco que no es solo música. Es un cruce de lenguas, de estilos, de referencias culturales muy concretas, de textos que vienen de lejos y de vivencias muy personales. Un disco que no se explica del todo en una escucha, porque no nace de una fórmula, sino de una experiencia humana compleja.

Ahí hay algo difícilmente intercambiable. El ingenio humano no consiste en combinar bien cosas existentes, sino en haberlas vivido antes. En haberlas pensado. En haberlas dejado reposar. En haber pasado por dentro de ellas. Y luego, con todo eso, crear algo nuevo que diga algo verdadero.

Y de ese trabajo van a vivir muchas personas durante mucho tiempo. Económicamente, sí. Pero también culturalmente. Va a inspirar, a empujar, a abrir caminos, a provocar preguntas, a animar a otros a hacer cosas. A crear. A arriesgar. A decir algo propio.

El medio es el mensaje. Y en este caso, el propio disco —cómo se ha hecho, desde dónde, con cuánto tiempo y profundidad— ya está diciendo algo muy potente.

Por eso, cuando escucho que la inteligencia artificial nos va a quitar el trabajo, no puedo evitar pensar que quizá estamos mirando mal el problema. La IA puede ayudar, acelerar, ordenar, amplificar. Pero el ingenio que nace de la experiencia humana, de la cultura acumulada, del silencio, del riesgo y del tiempo… ese no se activa solo.

Tal vez la pregunta no sea si la inteligencia artificial nos sustituirá, sino si nosotros vamos a atrevernos a poner en marcha nuestro ingenio.

viernes, enero 02, 2026

Vuelvo al blog que empecé hace 18 años




Vuelvo a escribir aquí después de muchos años. En concreto, desde agosto de 2018. 

Año nuevo, propósitos nuevos.

Supongo que dejé de escribir en 2018 porque fue entonces cuando me lancé a emprender como freelance de la comunicación, y publiqué mucho sobre branding y marketing, y comunicación... abrí un newsletter, grabé vídeos… y entonces llegó la pandemia, en 2020. Había demasiado ruido. Y decidí no contribuir a poner más ruido. Así que dejé de publicar también newsletters y vídeos. 

Hoy, cinco años después, me pasa algo parecido a lo de la pandemia. Donde he publicado últimamente, Linkedin, hay mucho ruido, también porque con ChatGPT se publica mucho más. 

A mí me interesa escribir para pensar. Para reflexionar sobre temas, para ordenarme las ideas por escrito. Y si a alguien le sirve, mejor. Por eso creo que este blog, sencillo, muy vintage, puede volver a ser un buen lugar. Un espacio más calmado. Un sitio al que volver.

Aquí empecé a publicar en 2008, hace ya 18 años. 

La vida.

¿Cuál es el problema de la tecnología?





¿Cuál es el problema de la tecnología?
 
Este verano he visto un vídeo de Javier García-Manglano, investigador en ciencias sociales, que respondía a esa misma pregunta, tan intuida y comentada por todos, pero tan poco respondida. Aquí van algunas de sus conclusiones que me gustaron.

A su entender, el problema de la tecnología es el "FACILISMO". La tecnología -ese es el elemento común de toda tecnología- viene a facilitar la vida, y estamos en una sociedad fuertemente tecnologizada. Pero, ¿cuál es el problema de la vida fácil? Si pudiésemos, ¿tomaríamos una pastilla para aprender 10 idiomas súbitamente, o para hacer una carrera académica entera?, ¿tomaríamos una pastilla para tener 100 amigos?, ¿una pastilla que nos ahorre todas las comidas del día, o el deporte? ¿Cuál es el problema de decir que sí a todo eso? Nos ahorraríamos mucho tiempo, esfuerzo, etc. Es verdad, pero nos perderíamos el PROCESO. Y el proceso, donde hay esfuerzo, relaciones, fallos y aciertos, es lo que nos hace a nosotros, como personas. Hay cosas que no se pueden acelerar, o tratar como medios de consumo.

En una sociedad tecnologizada, donde se valora preponderantemente lo fácil, lo cómodo, se busca ahorrar procesos, la inmediatez. Y poco a poco se van desnaturalizando las cosas y sin darnos cuenta pasamos de priorizar lo fácil a lo bueno. "Lo que vale cuesta", dicen. Y es así, el bien tiene un componente árduo, y muchas veces escogemos lo fácil a lo árduo. El peligro de la tecnología, entonces, no es la adicción, es la MEDIOCRIDAD. Lo fácil se convierte en criterio de elección prioritario.

Cuando sometes a una gran fuerza los elementos, algunos se rompen, son frágiles. Otros resisten -la famosa "resiliencia"-. Fragilidad y resiliencia son dos términos conocidos. Lo interesante -y aquí entra en juego una tercera palabra- es que los humanos no solo no nos rompemos, ni solo resistimos, sino que mejoramos con el reto, con la fuerza ejercida sobre nosotros. Somos ANTIFRÁGILES: nos beneficiamos del desorden, del caos, del esfuerzo. Y por el contrario, cuando elegimos lo fácil, nos hacemos frágiles. Renunciamos a metas altas. Como en todo, in medio virtus: no se puede educar solo en la seguridad, ni solo en el riesgo, tiene que ser proporcional, conquistar cada vez más zonas de riesgo, salir paulatinamente de la famosa "zona de confort". Sin riesgo no se puede avanzar.

En definitiva, este autor anima a poner el valor, el foco, en lo bueno, no en lo fácil. No hay atajos para lo bueno. Uno se emociona con algo grande, se desemociona, le cuesta, pero sigue, y sigue, y al final llega un disfrute mucho mayor, con aquello logrado. A corto plazo, disfrutamos más de lo fácil. A largo, de lo bueno, de lo árduo, de lo conquistado. En la educación y en la propia vida, hay que ir subiendo el nivel de dificultad y riesgo, porque no estamos hechos para la mediocridad, sino para la grandeza. Y todo ello, sucede, principalmente, fuera de las pantallas.

Publicado originalmente en Linkedin, en agosto de 2025.


El futuro es de quien sepa conectar





Aquí estoy, esperando el vuelo, tomando un café en el aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv. Dos abuelos coreanos sonríen mientras hablan en la tablet con su nieta que está a miles de kilómetros. La pantalla se convierte en puente: la voz viaja, los ojos brillan, la distancia se acorta.
Al mismo tiempo, mientras venía en el bus, he leído dos informaciones que van en la misma línea: muchos jóvenes temen que la inteligencia artificial arruine sus carreras, por una parte. Por la otra, un alto directivo de Google lo confirma: lo que antes hacían cientos, ahora lo hacen tres.

Y pienso: entre esas dos imágenes está la clave.

La tecnología puede asustar si solo la miramos como amenaza. Pero también puede acercarnos, amplificar lo humano, darnos más tiempo para lo esencial.

El futuro del trabajo no será de quien más sepa usar una máquina, sino de quien mejor sepa conectar con otras personas. La empatía, la creatividad, la escucha, la capacidad de cuidar y de imaginar no pueden reducirse a código.

La inteligencia artificial cambiará la forma de trabajar. Sí. Pero lo que nos hará únicos seguirá siendo lo mismo que hace sonreír a esos abuelos frente a una pantalla: lo humano.

En eso está nuestro valor. En eso tenemos que centrarnos.

(La foto la ha hecho la IA: no me atrevo a pedirle una foto a estos entrañables abuelos 😄)

Publicado originalmente en Linkedin, en agosto de 2025.

Cambiarnos a nosotros mismos





"Cuando ya no podemos cambiar una situación dada, la vida nos desafía a cambiarnos a nosotros mismos."

Esta frase de Viktor Frankl que acabo de leer ha dado en el clavo: es sencilla, es bien sabida, pero me ha dado la solución a situaciones en las que estaba pensando. Un amigo mío, ya fallecido, decía "Conviene recordar a diario lo que, a diario, de puro sabido, se olvida". Qué razón tenía. Y es que no por mucho sabidas las cosas las llevamos a la práctica con facilidad... Se nos olvidan a menudo.

Frankl, el de la frase, estuvo preso en campos de concentración nazis de 1942 a 1945. Él sobrevivió, pero su familia no. En medio del inmenso sufrimiento, observó la importancia que tienen nuestras elecciones, actitudes y respuestas a los desafíos de la vida.

Las vacaciones son un momento ideal para echar la vista atrás, agradecer el curso y darnos también cuenta de que hay cosas que no han salido como queríamos, hay personas que no han actuado como esperábamos, hay situaciones que se han enquistado, etc. Muchas no dependen de nosotros.

Y a veces hay que dejar de luchar contra lo que no depende de nosotros y aceptar el regalo que nos da la vida: cambiarnos a nosotros mismos, mejorar.

Y hete aquí el verano, que nos permite parar, con serenidad, para reflexionar, para imaginar cómo queremos empezar el nuevo curso con otra energía, con una mirada distinta. Qué podemos cambiar en nosotros para afrontar con nuevas perspectivas lo que no nos gusta.

Gracias a Dios, la vida no es estática:es una mejora continua, un reto apasionante. Cambiarnos a nosotros mismos, mejorar, no se improvisa. Requiere parar, pensar, planificar y actuar (y siempre, con espíritu deportivo, comenzar y recomenzar de nuevo).

¡Feliz verano!

Publicado originalmente en Linkedin, en agosto de 2025.

La vida va de sembrar





Después de 15 días en Kenia, en una de las zonas más pobres de Nairobi tengo clara una cosa: la vida va de sembrar, sobre todo amor y esperanza.

La vida va de empezar procesos, de servir a los demás en aquello que podamos, por pequeño que sea, hoy.

Da igual si no vemos los frutos de nuestras acciones. Otros los verán. Hoy hay que sembrar. Cada uno con los dones que hemos recibido podemos aportar mucho a nuestros iguales.

Cuando dejemos este mundo, solo nos llevaremos el amor que hemos sembrado.

Publicado originariamente en julio de 2025 en Linkedin